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Caleta Horcón: Viaje a las profundidades del Pacífico en el Alexis II

Texto y Fotos por Diego Arahuetes

“A cinco lukas la pescá” grita a las 10 de la mañana el “Flaco”, pescador de toda la vida en Caleta Horcón. La jornada no fue buena, trajeron cuatro docenas de merluza, una de jureles y alguna jaiba que otra extraviada. Lo que, con suerte, les dará para pagar los gastos de la gasolina, llevarse algún pescado a casa y sacar unos pesos para los cigarrillos y la comida del día.

 Pescadores del Maucho venden en la caleta Horcón después de la jornada.

Este pequeño pueblo pesquero a orillas del Océano Pacífico ha atraído a turistas de todo el mundo desde que, a inicios de los años 60, se convirtió en un santuario del movimiento hippie. Es aquí donde suceden ese tipo de situaciones que invitan a pensar que la locura es la cotidianidad de las corduras individuales. Aunque durante este tiempo de pandemia la caleta está mucho más tranquila, siempre se escucha alguna que otra voz gritando. El “una pulserita pa’ regalar a su polola (novia)“y “empanadas de jaiba y camarón calientitas” acompañan al unísono los cánticos del mar. Hace unas décadas que ya se repartieron entre cuatro familias, (-los– Romos, Cisternas, Sagredos y Olivares), los terrenos que hoy en día ocupa Horcón; años más tarde, esas tierras están llenas de pequeñas casitas de madera. Algunos de esos terrenos se han comprado, otros tomados, algunas casas resisten las lluvias, otras no aguantan ni un viento.

Según datos de la Subsecretaria de Pesca y Acuicultura (SUBPESCA), actualmente en Chile hay 92.000 pescadores artesanales inscritos-de los cuales sólo un 20% son mujeres- y más de 12.750 embarcaciones, que en términos de desembarque de recursos pesqueros, en los últimos diez años su volumen representa en promedio el 32,7% del total del país.

La pesca extensiva ha reducido el oficio de los pescadores artesanales al mínimo.

A las 5 de la mañana ya están todos los pescadores en la caleta preparando el material para salir a la mar. Es noche profunda, hace mucho frío en el Pacífico sur y el cielo está cubierto. Se terminan de poner sus trajes y botas mientras, sentados en las banquetas frente a los almacenes, se cuentan las anécdotas del día anterior. Es el momento de recoger los bidones de gasolina, las redes y los aperos para cargarlos en los botes varados en tierra.

“Ha cambiado mucho la pesca. En aquellos años íbamos con los espineles y volvíamos con 1500 kilos de pescá: cojinovas, congrios y albacora. Pero empezaron a salir los barcos -de arrastre- y ellos mataron todo eso”, dice María Eugenia, última pescadora mujer de la caleta.

El Alexis II, así se llama nuestro bote, espera su turno. Un barco artesanal de madera, de intensos rojos, blancos y azules, que lleva años surcando todas las calas de este paraíso. En esta travesía vamos cinco, según me cuentan los “horconeros” (así se les llama a los nacidos en la caleta). No he podido elegir mejor tripulación para este viaje.

El Bicho ronco, patrón del barco, Lepe y Flaco sus tripulantes, y el sobrino del primero, quien ha decidido acompañarnos para ver si saca algún pescado, nos embarcamos un día cualquiera de este invierno. Son buenos para hablar, aunque no siempre entiendo lo que dicen, entre risas y “quejíos” van narrando qué se cuece en estas tierras.

“Dale, dale, dale”, grita con fuerza Lucho, el encargado de tirar los botes. Él espera en la orilla con sus caballos para arrastrarlos de la arena hacia el mar, lo mismo cuando llegan. Con unos palos en el suelo y dos caballos fuertes tirando de unas cuerdas atadas al bote, se encarga de dar inicio y fin a la jornada de pesca. Cobra cinco mil pesos por la bajada y la subida. “Una tarifa más que generosa, aunque cuando no está el Lucho nos toca a nosotros sacarlos y entrarlos a pulso”, comenta Jesús, pescador artesanal de la caleta.

Don Lucho tira de los botes con ayuda de caballos.

Una vez en la mar El Bicho, patrón del Alexis II, arranca el motor y comienza la travesía. Esta noche vamos en la búsqueda de un caladero del que le han pasado el dato, y aunque el GPS no tiene pilas él conoce el camino a la perfección. El viaje dura 50 minutos aproximadamente hasta que llegamos al punto, en frente de Cachagua, balneario de una comuna vecina y que en lengua Mapudungun significa Kachuwe, “lugar de pastos”.

El Flaco y el Lepe, tripulantes del barco, comienzan a tirar las redes; 150 brazas esparciéndose lentamente por el océano a la vez que el Bicho maneja el timón organizando meticulosamente el recorrido de estos hilos y tejidos. La bolla es el lugar de referencia, nunca se pierde de vista.

El Lepe tirando la red durante la madrugada.

Cuando acaban de lanzarla es el momento de tomar un breve respiro. “¿Quieres un pucho?”, me pregunta el Bicho. Mientras tanto, se aprovecha para pescar todo lo que se pued., Lepe lanza la caña y el Flaco prepara el apero. Es el momento de pescar una buena sierra, estos días se han visto en la caleta algunas de gran tamaño.

Las gaviotas y pelícanos marcan el lugar donde se aglutinan los bancos de peces, varios lobos marinos aprovechan para comer. Ahora toca observar lo que sucede en ese inmenso mar, todas las especies hacen sus movimientos, nosotros esperamos. Después de una hora, se vuelven a recoger las redes y nos preparamos para regresar a la caleta.

Bicho ronco, Lepe y Flaco atentos a la captura.

Aunque Horcón no está en cuarentena, la pesca artesanal ha sido fuertemente azotada por las dificultades al vender el pescado durante la pandemia. La ausencia de restaurantes abiertos -importantes compradores- y la disminución del turismo ha dificultado sacar al mercado el producto.

Para Francesco Galleguillos, investigador del Instituto de Fomento Pesquero (IFOP), este y otros problemas como la disminución de recursos, pueden entenderse desde un análisis multidimensional.

Pero no ha sido la pandemia la única responsable de las difíciles condiciones por las que atraviesa este colectivo. María Eugenia, la última pescadora mujer de la caleta, nos explica cómo ha sido el paso del tiempo para el sector artesanal. “Ha cambiado mucho la pesca a como era antes. En aquellos años íbamos con los espineles y volvíamos con 1500 kilos de pescá: cojinovas, congrios y albacora. Pero empezaron a salir los barcos -de arrastre- y ellos mataron todo eso”.

Un oficio en inminente amenaza

La pesca artesanal corresponde a la actividad pesquera extractiva que incluye la recolección de recursos en los sectores costeros, el buceo, la actividad de las flotas de características diversas, en tamaño y autonomía o el trabajo como tripulante en embarcaciones de hasta 18 metros de eslora y 50 toneladas de registro grueso (TRG).

María José Ochoa, bióloga marina Universidad de Valparaíso y fundadora de CIDEMAR comenta que “la pesca artesanal en Chile ha sido afectada por diferentes motivos tales como los cambios de temperatura en el agua marina, la pesca deportiva, la pesca industrial y la contaminación por empresas cercanas al borde costero”.

Pelícanos y gaviotas atentos a conseguir algo de la captura.

Según la académica, “las decisiones con respecto a la gestión y manejo de los recursos marinos siguen basándose en intereses mayores con una visión cortoplacista de ese recurso, lo cual supone una problemática en cuanto al desarrollo sostenible de nuestro medio marino. Las principales demandas de los pescadores parten de la necesidad de considerar a la ciencia y sus datos como fundamento para tener recursos de manera sostenible y cómo se va a subsidiar a aquellos que están en un territorio sin recursos, sobre todo con la jivia, la anxoveta, la merluza y el jurel.”

“Los precios que se pagan por los productos de pesca son muy bajos. Tienes que pescar mucho para tener un sueldo. No hay valor agregado ni cadenas de comercio justo”

De vuelta a la caleta toca sacar el pescado de las redes y prepararse para la venta. Los limpiadores de pescá hacen su parte, recibiendo su cuota por dejar el pescado listo para la cocina. Los pelícanos y gaviotas, compañeros de la mar desde principio a fin, observan muy de cerca la jugada, saben que al final llega su recompensa.

El Bicho, el Flaco y el Lepe sacando el pescado de las redes.

Francesco Galleguillos comenta que “los precios que se pagan por los productos de pesca son muy bajos. Tienes que pescar mucho para tener un sueldo. No hay valor agregado ni cadenas de comercio justo.” Y termina diciendo “es importante mejorar los esfuerzos para conservar los recursos para todos –pescadores, consumidores y el país en general”

Limpiando la pescá.

El Palta limpia la pescá para la clientela. 

En la caleta está todo el mundo: compradores, vendedores, transeúntes, algún puestecito de comida, el del café y las empanadas y entre todos ellos, un grupo muy importante, los trabajadores de tierra. Los remendadores y encarnadores reparan y preparan las redes y espineles para la próxima jornada. Ellos esperan a que lleguen los pescadores para dejar el material listo. Sin su trabajo meticuloso y detallista no llegarían los peces a nuestros platos. Con ellos acaba la jornada, se cierran las puertas y se apagan las luces.

Congrios y espineles, el uno para el otro. 

Esta es una de las tantas historias de los pescadores artesanales de este territorio, historias llenas de magia, tragedia y supervivencia.

Encarnadores preparando los espineles para los congrios.

Sobre el Autor

Diego Arahuetes es Psicólogo y Musicoterapeuta. Aprendiz de reportero e investigador en antropología. Miembro del equipo de CASA y de Transalud Comunitaria. Su trayectoria profesional se desarrolla por un lado, en el campo de la migración, tanto a nivel de acompañamiento como de gestión de proyectos. Por otra lado, ha formado parte de diferentes fundaciones, colectivos y ONGs en Túnez, España, Chile, Ecuador. Perú y México, en la línea de trabajo de las cooperativas agrícolas, la economía social y solidaria, la educación alternativa y la salud comunitaria. Dentro de sus intereses se encuentran los procesos participativos, el desarrollo local, los sistemas agrarios localizados, los movimientos migratorios y los Derechos Humanos.

Imagen de portada: Pescadores, limpiadores, encarnadores y pelícanos en Caleta Horcón. Foto de Diego Arahuetes.

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