La idea detrás de este artículo es convocar a la reflexión sobre qué es lo que consideramos como un organismos vivo. Resulta así este breve pero alegórico paseo por la muy interesante historia de la complejidad detrás de tal definición, no sólo para  nuestra propia concepción, sino incluso para las ciencias naturales.

 

En nuestro afán de categorizar cosas, hemos tratado de definir siempre entes discretos. Así, es común concebir que un organismo vivo tiene sus límites claros y es lo que constituye una “unidad”. Esa idea, aunque muy práctica, simplifica y/o ignora un sinfín de procesos vitales para la definición de organismo, especialmente en relación con las interacciones que éste genera. Ésta y otras características comunes a lo vivo han llevado a expandir enormemente lo que hoy consideramos como una entidad viva, incluyendo estos conceptos antiguamente ignorados.

Una de las iniciales y principales expansiones del concepto clásico de especie fue aquella que reconoció la multitud de interacciones que un individuo genera con su entorno, y sus efectos por sobre los procesos evolutivos de las entidades involucradas. Uno de los primeros científicos en desarrollar esta teoría fue el biólogo Richard Dawkins, quien en 1982 propuso la posibilidad de agregar parte de estas interacciones a la identidad de los seres, en un concepto llamado fenotipo extendido (1)

Para comenzar a entender esta idea es necesario definir el fenotipo, que corresponde a las estructuras físicas tangibles de un ser, cosas como el tronco de árbol, los tejidos de un animal o las hifas de un hongo. Todas estas partes han sido definidas genéticamente y luego se han desarrollado en un entorno particular. Esto último es importante, pues el mismo organismo (genéticamente) se desarrollará de forma diferente en una playa que en una montaña, lo que nos recalca la importancia que tiene el entorno en determinar al organismo. Pero, dentro de esta relación también hay un efecto opuesto: el del organismo en su entorno cercano.

Si un organismo se desarrolla en un lugar particular, lo modificará particularmente. Esta interacción determina una nueva identidad emergente, la cual es conocida como fenotipo extendido, y su reconocimiento busca básicamente entender la modificación del entorno por parte de un organismo como parte del organismo en sí. Cosas tan simples como la utilización de nutrientes (que originalmente estaban en el entorno) para la conformación de los tejidos, o tan complejas como la transformación del entorno para completar los ciclos de vida, como podría ser la construcción de un nido.

Obviamente este proceso está asociado a la historia de vida del organismo y no siempre será idéntico, especialmente en especies que presentan comportamientos complejos. Por ejemplo en el ser humano. ¿es una casa, construida en base a constructos culturales, parte del fenotipo extendido de un ser humano? ¿cuán fundamental es esta modificación del entorno para completar su ciclo de vida? Ese es un tema aún debatible (ver 2), pero para organismos cuyos comportamientos siguen patrones más sencillos la importancia de este proceso es más clara. Estos organismos se han denominado arquitectos o ingenieros ecosistémicos, debido a su notoria capacidad de alterar el ambiente donde habitan (3).

Los carpinteros impactan fuertemente los entornos boscosos donde habitan                  (c) Bastián Gygli

El primer tipo y el más intuitivo, son los arquitectos alogénicos, los cuales modifican los materiales vivos y no-vivos de su entorno de forma mecánica y directa. Un claro ejemplo de esto es el carpintero negro (Campephilus magellanicus). Estas aves están especializadas en vivir en los bosques templados maduros. Esto debido a que buscan su alimento y refugio entre las cortezas de los árboles adultos y los ya muertos. En estos troncos los carpinteros buscan su alimento picoteando la superficie y escuchando los ecos que producen las cavidades donde se esconde su alimento, estadíos larvales de escarabajos. Luego proceden a extraerlos usando su fuerte pico y su extremadamente larga lengua. Además los adultos realizan agujeros en los árboles, donde posteriormente depositan sus huevos. Esta suma de modificaciones es un cambio en la configuración de los árboles y por ende del bosque, afecta la estructura de las cortezas y genera potenciales nidos para otras especies que no tienen la capacidad de construirlos, los llamados nidificadores secundarios. Todo por el actuar de una única especie.

El segundo tipo de arquitecto ecosistémico son los autogénicos. Estos cambian el medio a través de sus propias estructuras físicas y a medida que crecen y se vuelven más grandes, sus tejidos vivos y muertos crean hábitats para otros organismos y cambios en las interacciones ambientales. Un buen ejemplo de esto son los árboles viejos del bosque. Un koiwe (Nothofagus dombeyi) puede llegar a los 45m de altura y a pesar varias toneladas. Esto implica que en su crecimiento consumió grandes cantidades de nutrientes y aguas del suelo, y en su estado adulto es capaz de almacenarla y luego liberarla lentamente, regulando la humedad ambiental. Su follaje, distribuido en capas, impide la incidencia directa del sol, cambiando los niveles de radiación, la temperatura y la humedad bajo su gran cuerpo. En su corteza es posible que hayan pasado miles de generación de otros habitantes, colonias de bacterias, líquenes, musgos, larvas de insectos y murciélagos, todos aprovechando las posibilidades entre sus ramas y recovecos.

Un koiwe adulto en medio del bosque camino a Laguna Cañicura, en Alto Biobío                 (c) Bastián Gygli

Más interesante aún, se plantea la posibilidad de que este mismo nuevo entorno modificado sea un factor que pueda estar ligando el desarrollo evolutivo de ciertos linajes, mal que mal es bien sabido que el entorno afecta a los organismos. Si un pequeño insecto excavador crea sistemas de cavernas, puede aportar a la generación de un contexto ideal para el desarrollo de la misma especie en el corto plazo, pero pasado el tiempo la misma presencia de extensos sistemas cavernosos preexistentes pudiera implicar una posterior pérdida de las capacidades excavadoras de los mismos insectos. Esta idea es conocida como construcción de nicho, donde los mismos organismos son actores fundamentales de su propia evolución (2).

Estas ideas revolucionarias han sido el motor de teorías modernas, incluyendo la propuesta del concepto conbiota (4), que de plano descarta la dicotomía entre lo biótico y lo abiótico, proponiendo que ambas categorías, en constante interacción, son simplemente parte de una misma idea, pues todo lo “no vivo” está constantemente influenciado por lo “vivo”. Dentro de esta lógica, por ejemplo, la presencia y forma de un río, además de existir por razones geológicas y geográficas, está definida por los organismos vivos que cohabitan su espacio, árboles ribereños, microorganismos del suelo circundante y del flujo de agua, etc… A su vez, esta idea disminuye la importancia de las estructuras a la hora de clasificar. La química, orgánica o inorgánica, que es tradicionalmente una de las principales diferencias entre lo vivo y lo no vivo, pierde relevancia,  tomando protagonismo las interacciones como eje ordenador.

Ideas como éstas han sido capaces en el último tiempo de cuestionar preceptos antiguamente aceptados e ir generando nuevas visiones, usualmente con conceptos creativos que desafían las definiciones rígidas del pasado. Es increíble que hoy el mismo concepto de especie (junto a la célula es la unidad básica de estudio de la biología) esté siendo sometido a estos cuestionamientos, pero todo es parte de una necesidad de avanzar en un entendimiento más acertado de nuestro entorno, finalmente el fin último de las ciencias naturales.

Foto Portada: (c) Bastián Gygli

Referencias

(1) Dawkins R. (1989). The Extended Phenotype. Oxford: Oxford University Press.

(2) Laland KN, Odling-Smee J, Feldman MW. (2005). On the breadth and significance of niche construction: a reply to Griffiths, Okasha and Sterelny. Biology and Philosophy 20(1): 37-55.

(3) Jones CG, Lawton JH, Shachak M. (1994). Organisms as ecosystem engineers. In Ecosystem management (pp. 130-147). Springer, New York, NY.

(4) Fath B, Müller F. (2018). Conbiota. In: Reference Module in Earth Systems and Environmental Sciences. Elsevier. 

 

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