El artículo de hoy es una colaboración entre el biólogo Bastian Gygli y el antropólogo Jens Benöhr, quienes nos cuentan sobre la existencia de un particular ecosistema en las alturas de Nahuelbuta, en el sur de Chile.

En la Cordillera de los Andes, los glaciares resguardan el agua. Durante el invierno, las precipitaciones son convertidas en nieve y hielo. Luego en primavera, el deshielo entrega el agua a los ríos, los cuales pueden seguir fluyendo en verano gracias a este gran aporte a su caudal. Sin embargo, en la Cordillera de la Costa, especialmente en las alturas de Nahuelbuta, ya hace milenios que los glaciares desaparecieron. Entonces, ¿por qué fluyen aún los ríos con fuerza en el verano? ¿Dónde es acumulada el agua de invierno que permite la existencia de ríos y esteros estivales? Parte de la respuesta está en un ecosistema poco conocido, donde pequeños seres se unen para construir enormes reservorios de agua. Esta es la historia de las turberas de Nahuelbuta.

Glaciares verdes

Cada día, una gran cantidad de agua se evapora desde la superficie del océano Pacífico y luego se condensa, agrupándose en forma de nubes. Éstas ingresan al continente americano en forma de vaguada costera. En el sur de Chile, esta vaguada choca con las montañas de Nahuelbuta, una sección de la Cordillera de la Costa que puede alcanzar los 1.500 msnm y que se extiende de sur a norte, desde el río Imperial hasta el río Biobío. Este cordón montañoso se encuentra surcado por inmunerables esteros, cascadas y decenas de ríos. Además, posee dos grandes lagos, Lanalhue y Lleu Lleu. Todo este universo hídrico es alimentado por las lluvias provenientes del mar, las cuales presentan una marcada estacionalidad, precipitando con mayor intensidad en la temporada de invierno y mucho menos en verano.

Debido a esto, muchos de los habitantes de Nahuelbuta han desarrollado mecanismos para acumular agua y así afrontar la estación seca, destacando los organismos sésiles (que no pueden moverse), quienes presentan el mayor desarrollo de estrategias para encontrar agua, debido a su incapacidad de movilizarse en su búsqueda. Uno de los casos más extremos en estrategias de retención y liberación de agua, sucede en un desconocido ecosistema llamado turbera.

Las turberas son antiguas lagunas o depresiones, normalmente de origen glaciar, las cuales se han llenado de depósitos orgánicos en una tasa mayor a la que estos se van descomponiendo. Esto genera un particular ambiente, el cual favorece la aparición de bacterias anaeróbicas. Estos nuevos habitantes terminan por separar la turba (el material orgánico acumulado) del ambiente externo, generando un sistema interno llamado catotelmo, totalmente carente de oxígeno y con una tasa metabólica extremadamente baja. Sobre esta capa se encuentra el acrotelmo, expuesto al oxígeno atmosférico, pero desconectado de muchos de los nutrientes del suelo.

Un turbera en Nahuelbuta © Demetrio Ogaz

La pobreza en recursos del acrotelmo plantea singulares desafíos a los organismos que en él crecen, quienes deben sacar el máximo provecho a los escasos nutrientes que se encuentran en el medio. En este entorno, los musgos, organismos predominantes de las turberas -donde destaca el esfagno, como se conocen a los musgos miembros del género Sphagnum– han desarrollado una particular estrategia. Estos tienen la capacidad de capturar y retener agua en tasas gigantescas, para extraer la mayor cantidad posible de nutrientes disponibles en el acrotelmo. Algunos de estos musgos tienen la capacidad de retener hasta veinte veces su peso en agua, lo cual los convierte en verdaderas esponjas de humedad y transformadores de los ecosistemas (Walker 2019). Además, el esfagno es la fuente de materia orgánica que va nutriendo el catotelmo al morir. Este proceso es lento, pero es la única fuente de nutrientes para la parte inferior de la turbera. Estos procesos, unidos a su lenta tasa de crecimiento (por tanto, bajas necesidades metabólicas), hace que las turberas puedan subsistir en climas fuertemente estacionales. 

Belleza escénica

Las turberas también representan lugares extraños y de una belleza única, mostrándonos grandes explanadas rodeadas de bosques y árboles como la araucaria. De lejos parecen lagunas, y de cerca te das cuenta de que no estás tan equivocado, pues son verdaderas lagunas verdeamarillas, donde múltiples musgos dominan un paisaje de colores y formas revoltosas.

Es en estos extraños ambientes donde llegan seres particulares. Por ejemplo, la falta de nutrientes del suelo ha hecho que algunas plantas prefieren buscar fuentes alternativas, atrapando insectos en estructuras especiales, para luego lentamente digerirlos en búsqueda del preciado nitrógeno, tan escaso en medio de la turbera. 

Drosera sp., una planta carnívora ©Vicente Valdés, cortesía de Biodiversidad Chilena

Reservorios de agua

El agua de origen oceánico que precipita sobre la Cordillera de Nahuelbuta alimenta los ecosistemas de las numerosas cuencas del territorio. El trabajo conjunto entre las turberas anteriormente descritas y los bosques, ambos ecosistemas ricos en mecanismos para acumular agua en invierno -la cual liberan lentamente en verano-, permite que los cuerpos de agua fluyan en Nahuelbuta todo el año.

Esta liberación es un efecto secundario de la propia necesidad de almacenar agua de bosques y turberas. Debido a que este proceso de almacenamiento depende de las concentraciones ambientales, cuando en el ambiente escasea la humedad, el agua es liberada al entorno por los organismos que presentan un remanente de ella en sus estructuras de almacenaje, brindando el preciado líquido a muchos de los otros componentes del ecosistema. Esto permite que éste pueda persistir en el tiempo y afrontar incluso periodos de sequía de varios meses. 

Es un increíble mecanismo de defensa ante las condiciones ambientales fluctuantes, pero incluso estos mecanismos podrían ser insuficientes ante un nuevo y violento factor de cambio.

Turberas de Nahuelbuta. © MVMT

Destrucción y extracción

Lamentablemente nuestra sociedad no ha mantenido la relación de equilibrio de los ecosistemas nativos y el agua, en la cual los diversos mecanismos que se desarrollan para afrontar las potenciales sequías logran mantener un balance hídrico constante para todo el ecosistema. En cambio, nuestra constante modificación y destrucción de los entornos naturales para abastecernos de los diferentes “recursos” hace que el agua y otros nutrientes vitales escaseen.

Esto es especialmente preocupantes para las turberas, pues el proceso de acumulación de material orgánico es extremadamente lento. Un bosque tarda cientos de años en recuperarse, pero una turbera puede demorar miles de años en retomar su función ecológica, lo que podría generar un colapso ecosistémico que finalmente afectará tanto a los bosques y praderas nativas, como a las personas que dependen de las aguas acumuladas.

Por ahora, las turberas de Nahuelbuta se encuentran relativamente resguardadas, ocultas en las partes más altas de la Cordillera de la Costa. Sin embargo, incluso esta lejanía podría no hacerlas inmunes ante el avance de la industria forestal. Al respecto, no existen estudios exhaustivos sobre la pérdida de las turberas en Nahuelbuta. 

Conocer para proteger

Las turberas y bosques de Nahuelbuta, a través de los ríos Carampangue, Trongol, Caramávida, entre otros, alimentan localidades humanas y poblaciones de otras especies de la zona. Pero esto puede no continuar. Año tras año han disminuido sus caudales. Las araucarias están enfermas. El puma baja a la ciudad en búsqueda de alimentos. A veces se le ve, vulnerable, perdido entre interminables filas de pinos, o expuesto completamente en sitios donde la tala rasa ha destruido todo a su paso. En esta zona de sacrificio afrontamos una catástrofe ambiental, en la cual las turberas juegan un rol clave. 

Turberas de Nahuelbuta © Demetrio Ogaz

Imágen de portada: © Demetrio Ogaz

Referencias

Walker MD. (2019) Sphagnum: the biology of a habitat manipulator. Sicklebrook Publishing, Sheffield, U.K.

 

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