Los plásticos efímeros de Margarita Talep

Por Antonia Cordero

Margarita Talep (24) creó su primer bioplástico a partir de la proteína de la leche el año 2016, cuando estudiaba Diseño Industrial en la Universidad Diego Portales. Tras meses de investigación y exploración, “Caseína” fue su primera aproximación a este tipo de material, pero no la última.

Durante su práctica profesional creó una biblioteca de biomateriales para el Fab Lab Santiago y para su proyecto de título inventó el que espera sea el primer bioplástico a partir de algas que se venda en el país: un sustituto para el plástico de un uso que se demora menos de 6 meses en degradarse.

Margarita egresó en enero de este año y hoy está 100% enfocada en conseguir los fondos para desarrollar su marca de bioplásticos “Desintégrame” a gran escala. 

Primero, ¿Nos puedes explicar qué se entiende por un bioplástico?

El plástico es un polímero sintético, entonces, para crear un bioplástico lo primero que hay que hacer es investigar qué biopolímeros existen, es decir, que se pueden extraer de manera natural. Después de eso, la fórmula es simple: es polímero, más plastificante, más aditivo. Es como hacer una pizza: tienes la harina, que sería el polímero, lo que endurece la mezcla; el agua, el plastificante, que es dónde se esparce ese polímero; y las semillas, que serían los aditivos y que en el caso de los bioplásticos podrían ser los colorantes. 

En general, ¿este era un tema que te interesaba desarrollar?

Siempre me interesó. Yo soy de Rancagua y desde chica en mi casa existían costumbres sustentables, desde fabricar nuestro propio yogurt a partir de hongos, hasta reciclar. No existía tanto esa costumbre de lo procesado, entonces, cuando llegué a Santiago a estudiar y tuve que enfrentarme a vivir sola y a comprar más cosas envasadas, me cambió el switch. Tenía que preocuparme de qué metía a mi casa y de qué terminaba en la basura. Se estima que 8 millones de toneladas de plástico de un solo uso ingresan a nuestros océanos cada año y Chile es uno de los países con más consumo de plástico en Latinoamérica con 50 Kg al año. Venirme a Santiago me abrió mucho los ojos en este tema. 

¿Nos puedes contar sobre tu proceso de trabajo en Caseína y ahora con Desintégrame?

Caseína fue el resultado de un taller semestral que tomé en la universidad. El primer encargo fue investigar sobre algunos biopolímeros y en mi caso tomé la proteína de la leche, la caseína. A partir de esa investigación, y utilizando la misma fórmula, trabajé después con las algas. En el proceso yo me encargo de todo, desde el estudio a la fabricación del material. Me gusta mucho darme el tiempo para trabajar la parte teórica, porque sería súper apresurado empezar a juntar cosas porque se me dio la gana. Entonces, lo que me tinca, lo busco. Después la investigación te queda y es mucho más fácil hacer conexiones de ideas.

¿Por qué elegiste trabajar con algas?

Por un lado, porque tenía un límite de tiempo. Esto es algo que surge a partir de mi proyecto de título, que es un proyecto de un año. Yo quería trabajar con bioplásticos, pero me cuestionaba la caseína porque hay que procesar la leche para recién extraer el polímero. Tenía que buscar algo que fuera más fácil, que estuviera en mayor cantidad y que no tuviera que sacarlo de un animal. Buscando encontré el alga y conecté la investigación que había hecho con la leche, a esta nueva materia prima. Además, el agar, que es el biopolímero que se extrae del alga, es algo que venden ya procesado. Ese era un plus, porque no tenía que ir yo a buscar las algas y trabajarlas en mi cocina. 

Pero también, porque quería trabajar con una materia prima local y conocer su origen, de dónde se extrae. 

Y de ahí en adelante te empezaste a meter de pleno en el tema. 

Sí. Además, mi práctica profesional la había hecho en algo relacionado al tema. Trabajé en el Fab Lab Santiago y el encargo que ellos me hicieron fue fabricar una biblioteca de biomateriales. Ahí también tuve la posibilidad de crear materiales con los descartes del propio taller, como aserrín y corcho. Me costó encontrar un nicho, porque era, y sigue siendo, algo súper nuevo en Chile.

El nombre de tu marca, Desintégrame, ¿de dónde surge? 

Cuando desarrollé mi proyecto de título, mi profesor guía veía como una característica negativa de mi producto que fuera un material que se desintegrara tan fácilmente. Por darte un ejemplo, una bombilla demoró 2 meses en desintegrarse por completo entre agua y tierra. Para mí, eso siempre fue un plus. Si un envase está pensado para usarse una vez y después termina en la basura, es lógico que no duré millones de años. 

A partir de esa reflexión, que es muy obvia, pero que no parece generar un cambio en la forma que consumimos plástico, nace este material que piensa en el ciclo completo del producto y no sólo en su uso. 

El plástico es un material contradictorio. Porque claro, si alguien tiene problemas al corazón y le pueden construir uno nuevo a partir de plástico, tiene sentido que sea un material resistente y duradero, pero se ha utilizado de manera errónea. Se usa cinco minutos algo que dura para siempre, porque el plástico no se degrada, se descompone hasta formar micro plásticos, que se quedan en el agua y en nuestros alimentos. Esto surge como una alternativa a esa realidad. 

Se podría tender a pensar que este tipo de innovaciones o desarrollos surgen más propiamente desde otras disciplinas, como la ciencia o la química. 

A mi parecer, el desarrollo de nuevos materiales es absolutamente propio del diseño. Porque la manera en la que yo miro mi disciplina es como una que se hace cargo del ciclo completo del producto: de la extracción, fabricación, uso y eliminación. Hay que pensar que se crea algo que va a ser usado y después desechado. Hay que pensar en ese objeto en todos sus momentos. 

Me he dado cuenta que todos usan el plástico como material para crear un producto, pero nadie se cuestiona si se puede reemplazar por otra cosa. El gran desafío, sobre todo en Chile, es que no existen los espacios para hacer estas investigaciones. Existen los talleres, con herramientas y máquinas, pero faltan laboratorios para que los mismos diseñadores puedan investigar entorno a estas problemáticas. 

Ahora, ¿qué necesitas para comercializar tu bioplástico?

Si quiero comercializar el material al por mayor, antes tengo que hacer dos cosas. Por un lado, hay que comprobar que el material le aporta positivamente al alimento que va a conservar. Eso se demora, porque hay que tercerizar estos estudios, y porque para financiarlos, tengo que buscar fondos. En sí mismo el costo del material no es elevado, se puede vender al mismo precio que el cartón. 

Y, por otro lado, no tengo las máquinas para crear rollos de este material que le sirvan a las grandes empresas. Ese es el primer paso que tengo que dar ahora. Crear está máquina que me permita hacer rollos de bioplástico.

Y esa máquina no existe, tú la tienes que inventar.

Sí. 

Existe gente que trabaja con esto, ¿Por qué nadie ha llegado más lejos?

Porque es muy lento avanzar en este terreno. Lo que existe hasta ahora son registros y fórmulas, pero no existe la comercialización industrial. Ese es el gran pero, que esto aún no se ocupa. Espero poder seguir y dar el próximo paso. Buscar al equipo correcto y empezar a cambiar el plástico de un solo uso, por un bioplástico menos contaminante. Pero, más allá de eso, hay que ser súper conscientes de cuánta materia prima se puede extraer, dónde y cómo. La solución a largo plazo es dejar de crear envases desechables que terminen en la basura tras un único uso, independiente de su materialidad, porque claro, se podría pensar que las algas o la leche son la solución, pero la sobre producción de los bioplásticos, también puede generar un conflicto de explotación de la materia prima y terminar dañando a los ecosistemas que busca ayudar.

Antonia Cordero es Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Dedicada al manejo de Redes Sociales y a la escritura de temas de actualidad.

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