Nuestra colaboradora invitada de hoy es María Luciana Manelli, ingeniera ambiental y docente universitaria oriunda de Argentina, quien nos comparte su reflexión sobre el valor de las huertas urbanas en un mundo cada vez más alejado del origen de sus alimentos.

 

El éxodo del campo a la ciudad en las últimas décadas nos alejó de la sana costumbre de producir alimentos en nuestro hogar. Según la CEPAL, el 80% de la población latinoamericana vive en zonas urbanas, donde los espacios verdes son mucho más reducidos o a veces inexistentes, al menos en el ámbito privado. Sin embargo, últimamente muchas de estas ciudades están experimentando un acercamiento a la producción de alimentos gracias a las huertas urbanas y peri urbanas. Alertados por el contenido de agroquímicos en los alimentos asociados a una ola de enfermedades, los patios internos, terrazas y balcones reverdecen, ya no con plantas decorativas, sino con tomates, lechugas, cebollines y demás.

En la mayoría de las grandes urbes latinoamericanas podemos encontrarnos con programas municipales u organizaciones sociales que fomentan las huertas urbanas y se preocupan de educar y entregar información al respecto. Y es que componen un universo de beneficios cuyos costos no le hacen sombra. El ejemplo más emblemático en la Argentina tal vez sea el programa ProHuerta, dependiente del Estado. Este programa, que ya tiene más de 20 años en marcha sobreviviendo a los ajustes y cambios de las políticas públicas, entrega semillas en las dos temporadas de siembra, articula con las organizaciones en territorio, brinda capacitaciones y genera y fomenta la creación de ferias agroecológicas.

Fuente: noticiasambientales.com.ar

Seguridad y Soberanía alimentaria 

Tener una huerta, aunque no sea más que un par de maceteros y cajones, nos permite domesticar el tan mentado concepto de la seguridad alimentaria, el cual es definido por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) como el derecho a acceder en forma oportuna y permanente al acceso físico y económico a suficiente alimento seguro y nutritivo para llevar adelante una vida activa y sana. Es decir, que nuestros alimentos estén al alcance de nuestras posibilidades económicas y necesidades nutricionales y culturales, saber con qué agua fue regado, qué productos fitosanitarios se utilizaron en su proceso, quienes los producen. Y el de Soberanía: poder decidir qué sembrar en nuestra tierra  y que poner en nuestras mesas.

©María Luciana

Revalorizar los mercados y la labor de los agricultores 

El cultivar alguno de nuestros alimentos nos hace repensar el rol de aquellos que ponen la comida en nuestras mesas y valorar el trabajo y los recursos necesarios para producirlos: el acceso a la tierra, agua segura, las inclemencias del tiempo, el control de malezas y la aparición de insectos u hongos, las dificultades para su transporte y venta. 

Cuando ingresamos al círculo de productores de alimentos y conocemos las ferias, los encuentros y le ponemos rostro a las personas que trabajan para nuestra alimentación, ya no somos los mismos consumidores. Le imprimimos a nuestro acto personal y político de consumir el significado que realmente tiene: apostamos al modelo de consumo y desarrollo en el que volcamos nuestro dinero. 

©María Luciana

Reducir el desperdicio de alimentos

Incursionar en la generación del propio alimento nos hace repensar nuestra relación con él. Al producir en casa e ir cosechando a medida que vamos necesitando, disminuye el desperdicio de alimentos pero a su vez aumenta el aprovechamiento de la totalidad de los mismos, hojas, tallos, cáscaras y zonas que en los supermercados ya han sido retiradas del alimento o no se pueden aprovechar debido a que durante el transporte o en la conservación se han estropeado o nos parece poco seguro consumirlos. Lo mismo acontece con alimentos comprados a productores locales, los cuales no dejan de vender una fruta o verdura por su forma “atípica” 

Aportar al cuidado de los polinizadores 

Según la FAO de las 100 especies de cultivos que proporcionan el 90 por ciento del suministro de alimentos para 146 países, 71 son polinizadas por abejas (casi toda silvestres), pero también por otros insectos como avispas, moscas, escarabajos y polillas.

La pérdida de biodiversidad en general y de polinizadores en particular, debido a factores como las prácticas agrícolas intensivas, cambios en el uso de la tierra, plaguicidas, especies exóticas invasoras, enfermedades, plagas y el cambio climático, se traduce a que casi el 35% de los polinizadores invertebrados –en particular las abejas y las mariposas–, y alrededor del 17% de los polinizadores vertebrados –como los murciélagos– están en peligro de extinción a nivel mundial. 

En este contexto las acciones que llevemos adelante para la conservación de especies son cruciales. En nuestros patios y jardines sembrar especies nativas que florezcan en diferentes épocas del año y no utilizar plaguicidas puede ayudar a estas especies y por lo tanto a nosotros mismos. 

Fuente: daily.jstor.org

Reducir la generación de residuos 

Aproximadamente el 50% de los residuos que genera una familia son orgánicos. Este tipo de residuos, que provienen de la elaboración de los alimentos, son los responsables de la generación de lixiviados que ensucian el resto de los residuos dificultando o imposibilitando su reciclado. Los residuos orgánicos son también los responsables de las emisiones de metano en los vertederos.

Al comenzar a cuidar la propia huerta, un recurso esencial es el suelo, y el suelo de calidad. Para ello nada mejor que producir compost en casa, reduciendo los residuos que enviamos a disposición final y recuperando los nutrientes para nuestras plantas al tiempo que le otorgamos al suelo una estructura mejor para recibir el agua de regado. Es un verdadero ejemplo de la economía circular.  

Aparte de todo lo dicho hasta el momento, el movimiento de huertas urbanas ayuda a proteger los recursos genéticos, la memoria colectiva y los vínculos comunitarios que se generan en el intercambio de semillas, productos y saberes; en derredor de una de las alternativas que tenemos para reducir nuestros impactos sobre el planeta. Sin mas que decir: ¡a sembrar! 

Fuente: elmueble.com

*Ilustración de portada: elmueble.com

Referencias

Organizacion de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en su pagina web http://www.fao.org/fao-stories/article/es/c/1129811/

Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) “Estimaciones y proyecciones de población total, urbana y rural, y económicamente activa.” Revisión 2017

*Otro ejemplo en la Argentina es el programa de Agricultura Urbana en Rosario. Se pueden consultar también experiencias similares en diez ciudades latinoamericanas y del caribe en el Reporte de la FAO sobre agricultura Urbana y PeriUrbana en la región (el mismo puede descargarse pinchando aquí.)

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