Los seres vivos somos principalmente agua y desde siempre hemos sido conscientes de nuestra dependencia de este elemento. Pero, ¿en qué medida depende el agua de nosotros? Tal vez mucho más de lo que imaginamos. Investigaciones recientes han demostrado que los bosques, los ecosistemas donde se concentra la mayor cantidad de biomasa del mundo, están en constante interacción con el agua; la que recorre la tierra, la que se filtra bajo ella y la que fluye en los cielos.

Agua es vida / Vida es agua

Todos los seres vivos necesitamos agua. Los móviles, como nosotros, podemos ir a buscarla a los lugares donde se concentra, como los ríos y lagos. Los seres sésiles, como las plantas, no tienen ese lujo. Es por eso que para enfrentarse al desafío de tener agua disponible han desarrollado mecanismos para optimizar su captación y almacenamiento.

Las raíces son equivalentes a pequeños pozos que penetran la tierra en busca del agua subterránea, pudiendo llegar a enormes profundidades para encontrarla. Para hacer efectivo este transporte, el cual debe ir en contra de la fuerza de gravedad, la planta se vale de pequeños tubos que mueven el agua, que en conjunto forman el xilema. Estos tubos funcionan debido a la capilaridad y al efecto sifón que genera la diferencia de gradiente de concentración entre las napas y el aire. Una vez que es captada, el agua es almacenada en estructuras especiales dentro de las células, organelos llamados vacuolas. Esto asegura que la planta disponga de agua en caso de tener que afrontar periodos de sequía. Así, un árbol –con sus varias toneladas de masa– es capaz de almacenar enormes cantidades.

Bosque laurifolio de la cordillera de Nahuelbuta, en Monumento Nacional Contulmo ©Bastian Gygli

El efecto sifón, al ser mediado por diferencias de gradiente, funciona bidireccionalmente, permitiendo a las plantas liberar humedad al entorno. Si la planta se encuentra saturada de agua y el ambiente está seco, la diferencia en el gradiente de concentración generará un flujo de humedad hacia el aire, produciendo literalmente nubosidad.

Esto se suele observar en las mañanas, cuando el sol empieza a secar el aire y los árboles parecieran “humear”. Esto es realmente la humedad almacenada en la planta liberándose al entorno. Es interesante que evolutivamente este proceso se haya conservado, pues en teoría para el individuo sería una pérdida de un recurso valioso, pero si consideramos que liberando humedad el árbol está aportando al mantenimiento de un ecosistema sano y balanceado, finalmente es beneficioso también para el árbol en particular.

Musgos con agua condensada entre sus foliolos ©Bastian Gygli

Pero la historia no termina ahí. Una vez que la humedad es liberada al entorno, queda a merced de los vientos, los cuales, mediados por sus propias dinámicas y la geografía, generan verdaderos ríos de humedad en el cielo. Es así como, incluso a miles de kilómetros, el agua captada por el bosque puede influenciar otros ecosistemas.

En resumen, los bosques son verdaderas bombas de vida, capaces de captar el agua subterránea y de la superficie, almacenarla y luego liberarla lentamente a medida que se hace necesario para el ecosistema, donde luego puede moverse por el aire para afectar otros lugares. Es por eso que los bosques pueden considerarse dentro de los ecosistemas más relevantes para los ciclos del agua.

Bosque caducifolio altoandino en medio de la neblina ©Bastian Gygli

Aguas y bosques en Chile

Cada lugar tiene sus propios ecosistemas nativos, donde millones de años de evolución han ido dando forma a la identidad propia de los territorios, donde tanto la vida como el entorno geográfico están adaptados mutuamente.

En Chile encontramos bosques en la zona centro y sur, donde el clima es templado, con estaciones muy marcadas; inviernos fríos y lluviosos y veranos cálidos y secos. Esto hace que los ecosistemas estén adaptados a constantes influjos estacionales de agua, para luego dar paso a periodos de sequía, todos en intervalos relativamente regulares. Además, la geografía particular de nuestra tierra, con una pronunciada pendiente entre la costa marina y las altas cordilleras, genera innumerables ríos, los cuales, alimentados por el derretimiento glaciar y las lluvias, proveen de una constante fuente de agua.

Los colores del bosque ©Bastian Gygli

Esta situación genera la estrategia básica de la mayoría de los árboles, la cual es presentar un crecimiento relativamente lento y raíces no tan profundas, pues el agua nunca es extremadamente escasa. Esto hace que los bosques chilenos sean ecosistemas de ritmos lentos, con una exuberancia que se ha formado en miles de años, donde los componentes del marco ambiental se van reemplazando en largos intervalos.

Muchos de estos “bosques lentos”, con sus antiguos gigantes cubiertos de variados tipos de organismos epífitos, presentan gran cantidad biomasa. Esto, unido a la poca filtración de luz solar y suelos ricos en materia orgánica, hace que los bosques nativos de Chile sean especialmente eficaces a la hora de retener agua y funcionar como bombas hídricas.

Cambios violentos

El agua, además de ser un elemento fundamental para la vida, es uno de los reguladores más importantes de la temperatura. Al ser una molécula muy estable, requiere de mucha energía para cambiar su estado de agitación, haciendo que cueste mucha energía modificar su temperatura. Esta es la razón por la que zonas costeras o riberas de lagos y ríos tengan condiciones climáticas más moderadas, y también es la razón que zonas con abundantes bosques tengas temperaturas más moderadas, pues como ya describimos, los bosques son esponjas que captan, disponen y liberan grandes cantidades de agua al entorno.

Es por esto que la modificación de los sistemas boscosos, especialmente los densos bosques nativos chilenos, tiene un efecto tan importante en la regulación de las dinámicas hídricas y de temperatura.

Este es, sin duda, uno de los factores más relevantes para los cambios que hemos presenciado en los últimos años en Chile central, zona donde los bosques han sido reemplazados por monocultivos agrícolas y forestales. La escasez de agua en localidades donde antes abundaban esteros –que se han secado totalmente–, la alarmante tasa de incendios, los aumentos brutales de las temperaturas, todos son parcialmente provocados por la destrucción y reemplazo del bosque nativo, el guardián ancestral de las aguas de nuestro territorio.

Esteros y bosques tienen una profunda dependencia ©Bastian Gygli