Enter Captcha Here : *

Reload Image

Enter Captcha Here : *

Reload Image
A password will be e-mailed to you.

Enter Captcha Here : *

Reload Image

Cascadas, un Ecosistema en Movimiento

Por Bastian Gygli, Jens Benöhr y Paulo Urrutia

Río o estero que cae. Esas aguas verticales son las cascadas, uno de los fenómenos más bellos que nos brinda nuestro planeta. Las hay de todas las alturas, anchos y formas. Cascadas altísimas, como el Salto del Ángel en Venezuela, otras pequeñitas, que ni nombre tienen, ocultas en medio del follaje del bosque. Hay cascadas que caen a través de páramos desiertos y cascadas que revientan estruendosas en medio de la jungla. Algunas, las más grandes, son llamadas cataratas, como Iguazú o Niagara, pero sin duda todas despiertan una antigua fascinación ante nosotros, un fuego líquido que nos rocía de humedad y roba nuestra mirada. ¿Recuerdas haber estado junto a una cascada sin mirar hipnotizado la caída del agua? Sin embargo, más allá de su belleza, las cascadas cumplen diversas funciones ecológicas que suelen ser pasadas por alto. Oxigenación, barreras naturales como fuente de biodiversidad, refugios para especies, entre tantas otras aún por entender.

Salto del Río Bravo. El tipo de roca, su nivel de compactación o la presencia de fallas geológicas contribuyen a la formación de cascadas. Foto: Bastián Gygli.

Un ecosistema que cae

Los ríos son ecosistemas en movimiento. Muchas veces son barreras infranqueables para los organismos vivos, cortando el mundo en dos o más partes, pero al mismo tiempo representan caminos que transportan nutrientes, sedimentos, energía, seres vivos y por supuesto agua, desde montañas a océanos.

Pero estas carreteras no corren siempre expeditas. El suelo, las rocas y todos los componentes que forman el relieve están en constante cambio, motivados por fuerzas internas de la tierra (terremotos y tectónica de placas) y por fuerzas erosivas externas (vientos, glaciares y flora). Estos elementos del paisaje definen el curso de los ríos, el cual puede ser suave y sinuoso, o rápido y torrentoso. A veces este camino cae en picada, formando cascadas.

Una cascada es una caída de agua de río o estero debido a un importante desnivel en su cauce, donde la gravedad logra una fuerza tan grande que el agua se abalanza directamente hacia el suelo en vez de fluir con suavidad en la pendiente. Condiciones como el tipo de roca, el nivel de compactación que éstas presentan o la presencia de fallas geológicas contribuyen a la formación de cascadas. 

Generalmente éstas se forman a medida que la acción constante del agua sobre distintos tipos de roca erosiona aquellas de menor dureza. Tras años de erosión, el canal del río se corta tan profundamente en el lecho que solo queda una roca más dura, como el granito, por ejemplo. Las cascadas se desarrollan a medida que estas formaciones de granito forman acantilados por los cuales cae el curso de agua. Sin embargo, otras veces las cascadas se forman debido a un terremoto, un deslizamiento de tierra, un glaciar o la erupción de un volcán que alteran los cauces fluviales.

Agua y sedimentos caen por la cascada, erosionando la base de ésta constantemente.  La erosión resultante en la base (la zona inferior) de una cascada puede provocar que la cascada “retroceda”. El área detrás de la cascada se desgasta, creando una estructura hueca, similar a una cueva, llamada “refugio rocoso”. Eventualmente, el borde de la cascada (también llamado repisa rocosa o afloramiento) puede caerse, enviando rocas al lecho del arroyo y sumergiendo la piscina debajo. Esto hace que la cascada “retroceda” muchos metros aguas arriba. Así, el proceso de erosión de la cascada comienza de nuevo, rompiendo las rocas del antiguo afloramiento.

La mayoría de las cascadas son permanentes. Hitos de los ríos grabados en la roca, pero en lugares donde la lluvia es abundante, como en los bosques tropicales o en la Patagonia norte, las cascadas pueden ser eventos efímeros que se descuelgan de las cimas de los cerros. Estos ecosistemas están tan saturados de agua que el suelo no es capaz de capturarla en las frecuentes tormentas, sumado a que están compuestos de rocas graníticas con baja o nula capacidad de retención de agua, lo que hace que esta escurra por la superficie, formando cascadas temporales, las cuales pueden durar unas pocas horas. El impacto erosivo de éstas es mucho menor que el de sus contrapartes permanentes, pero forman un espectáculo digno de admiración.

Cascadas temporales después de una tormenta en las laderas de los fiordos patagónicos. Foto: Bastián Gygli.

Oxígeno en el agua

En las torrentosas aguas de montaña, y especialmente en las cascadas, el agua se llena de aire, es decir, se oxigena. La dispersión del agua al momento de caer aumenta la superficie de contacto con el aire y la fuerza del impacto entrega la energía necesaria para capturar las moléculas de oxígeno libre en el aire, las cuales se intercalan entre las partículas acuáticas para seguir fluyendo por el río (Spellman & Whiting, 2006). Este oxígeno es fundamental para la vida acuática, como parte de los procesos bioquímicos de la respiración celular, algo que tanto organismos fotosintéticos como heterótrofos (que deben buscar su alimento pues no pueden producirlo) deben realizar. Esto hace que el oxígeno disuelto en el agua sea un elemento imprescindible para sus habitantes, desde los más pequeños como el fitoplancton o pequeños invertebrados, hasta grandes truchas y salmones.

Un indicador de la oxigenación del agua es la presencia de ciertos organismos, los cuales solo se desarrollan si se dan condiciones de oxígeno mínimas. Estos se conocen como bioindicadores, concepto que se usa para cualquier indicador biológico que nos dé información sobre el estado de un ecosistema (presencia de toxinas, contaminación acústica, presencia y tipos de nutrientes, entre tantas otras). En el caso del oxígeno disuelto en el agua, normalmente puede inferirse a través de larvas de insectos (dípteros, plecópteros y efemenópteros, todos grupos que presentan estadio de larvas acuáticas con branquias), los cuales son claros indicios de la oxigenación y también de la pureza del agua.

Refugio y hábitat particular

Las cascadas son hábitats que presentan condiciones ecosistémicas únicas. Una de ellas es el “refugio rocoso” mencionado anteriormente y ubicado detrás de la caída de agua, el cual queda protegido del entorno por el torrente de agua. Este refugio suele ser habitado por diversas especies que encuentran seguridad en estos sitios de difícil acceso para sus depredadores. Un ejemplo son los vencejos de cascada (Cypseloides senex) en Iguazú. Estos valientes pájaros anidan bajo una de las cascadas más poderosas del mundo. Bajo su cobijo el único peligro es la cascada misma, pues los depredadores no tienen ninguna forma de acceder a sus nidos.

Otro ejemplo, más local, es el de los patos cortacorriente (Merganetta armata). Estas intrépidas aves han encontrado sus hábitat en las partes torrentosas de los ríos, cerca de las altas montañas andinas. Entre los rápidos y cascadas los depredadores no tienen accesos fáciles, por lo que nuevamente las condiciones mismas del hábitat se alzan como el peligro más importantes.

Parto cortacorrientes macho en medio de las turbulentas aguas del río Ñuble. Foto: Bastián Gygli.

Cascada escondida en el parque Pumalín, en la Patagonia. Foto: Bastián Gygli.

La diversidad a todo nivel implica que existen múltiples respuestas a los cambios en el entorno, generando ecosistemas resilientes y preparados para los cambios.

Especiación

El flujo ininterrumpido de un río suele implicar que los organismos vivos se muevan constantemente. Normalmente río abajo, con la corriente, pero también río arriba, en busca de oportunidades. Esto cambia radicalmente con una cascada. Éstas suelen representar a veces barreras infranqueables. Esto hace que las identidades ecosistémicas sean distintas cascada arriba y cascada abajo, y cuando una población queda dividida por la formación puede llevar a especiación por vicarianza. Este concepto se usa para describir una población ancestral que queda dividida por una barrera, en este caso una cascada, formando luego dos poblaciones y si pasa suficiente tiempo, dos especies distintas.

Este proceso hace que las cascadas puedan ser promotores de biodiversidad (Dias et al. 2012) y esta es una característica fundamental de los ecosistemas sanos. La diversidad a todo nivel implica que existen múltiples respuestas a los cambios en el entorno, generando ecosistemas resilientes y preparados para los cambios.

Conservemos nuestras cascadas

La próxima vez que tengas la oportunidad de contemplar una cascada, recuerda el valor ecosistémico que representa. Su existencia nos parecerá bella, pero es mucho más que un mero hito turístico generado para satisfacer nuestra mirada; es el refugio de especies perfectamente adaptadas a ellas, es un gran obstáculo geográfico que ha contribuido a la diversidad de la vida, y es un ecosistema primordial para la purificación del agua. Las hay grandes y pequeñas, con y sin nombre, ocultas y a plena vista, pero cada una de ellas es importante y merece ser cuidada.

Referencias

www.world-of-waterfalls.com

Dias et al. (2012). Natural fragmentation in river networks as a driver of speciation in freshwater fish. Ecography, 35: 1-7.

Offem, B. & Ikpi, G. (2012). Distribution and dynamics of a tropical waterfalls ecosystem. Knowledge and Management of Aquatic Ecosystems, 404: 10.

Spellman, R. & Whiting N. (2006). Environmental Science and Technology: Concepts and Applications. Government Institutes.

Imagen de portada: Salto de Maule. Crédito: Redbull

0

Tu Carrito