LABVA (o Laboratorio de Biomateriales de Valdivia) es un proyecto independiente compuesto por los arquitectos María José Besoain, Alejandro Weiss, y la diseñadora Valentina Aliaga (actualmente en Berlín). Este espacio, a medio camino entre un laboratorio y una cocina, desde enero del 2018 se ha dedicado a buscar alternativas al paradigma imperante de la globalización de los materiales. El planteamiento es el siguiente: si es sabido que el transporte (ya sea de un producto, sus piezas o su embalaje) suma a la huella de carbono –sin hablar del gran problema que actualmente tenemos con el desbordante exceso de plástico y su pobre reincorporación a los ciclos de la naturaleza– ¿no sería mejor generar materiales que sean locales, contextuales y biodegradables? 

¿Cómo nace LABVA?

Alejandro: Con la Jose llevábamos un tiempo trabajando en Santiago como arquitectos tradicionales y nos dimos cuenta que eso no era lo que queríamos. Con eso en mente, nos fuimos a viajar y en ese viaje conocimos, tanto a personas que trabajaban en oficios utilizando materiales de la naturaleza, como culturas que tienen otra manera de relacionarse con el medio ambiente. En ambos casos coincidía que la sustentabilidad del trabajo provenía del hecho de que se trabajaba desde lo local. Entonces nos dimos cuenta que nos gustaría trabajar impulsando algo en esa línea, y le sumamos el hecho de que siempre nos ha gustado la experimentación, sobre todo aquella que se desarrolla bajo un formato de cocina. Desde ahí nace el laboratorio.

María José: Cuando nos mudamos a Valdivia nos llamó mucho la atención esta paradoja que vimos entre la relación tan inmediata que tiene esta ciudad con la naturaleza circundante (y por ende con las materias primas), y por otro lado el desabastecimiento que se genera porque todo lo que se trae de afuera. Entonces, junto a Alejandro y Valentina, surge esta idea de sacar adelante un proyecto donde pusiéramos en el centro la revalorización del territorio desde sus materialidades. De esta manera, apuntando hacia la fabricación local, además de reducir la huella de carbono, estaríamos promulgando una descentralización para los territorios.

A la vez, nos pareció muy interesante hacernos cargo de ese lugar que existe entre las ciencias y las tecnologías, y la artesanía y las humanidades. Por que para nosotros es igual de importante saber de los materiales y sus propiedades, como conocer a las comunidades, sus problemas y necesidades.

Probando resistencia de un biomaterial en feria PARExplora 29018. © Ramón Vásquez

¿Y cómo es que logran transicionar esta brecha entre la arquitectura y los biomateriales?

María José: Durante todo este año hemos estado en proceso de empaparnos del mundo de los biomateriales, leyendo papers para informarnos y a la vez para entender cómo dialogar con las disciplinas científicas con las cuales ahora nos relacionamos. De manera paralela hemos recibido ayuda y guía de otros laboratorios en Santiago que trabajan con biomateriales: BiofabUC nos ayudó a armar la infraestructura más específica que necesitábamos, y a pulir nuestro conocimiento respecto a los hongos; asimismo FedericiLab Synbio Lab nos ayudó con los hongos desde la biotecnología. Ambas instituciones pertenecen a la RedFungi, de la cual nosotros ahora también formamos parte, y han sido indispensables para nuestro desarrollo como proyecto.

Alejandro: Somos súper curiosos, por lo que estamos siempre haciéndonos preguntas de todas las disciplinas, pero a la vez somos respetuosos y responsables al no pensar que vamos a responderlo todo nosotros solos, en este sentido nos definimos como un proyecto fundamentalmente colaborativo. Nosotros no estamos asociados a ninguna universidad, nos planteamos como un laboratorio independiente, lo que es bastante raro, pero a la vez tremendamente útil a la hora de lograr colaboraciones y difundir nuestro material, porque no tenemos problemas con patentes restrictivas.

Bioplástico comestible, elaborado a partir de algas, tinte de cúrcuma y pétalos de caléndula. © Ramón Vázquez

Cuéntenos acerca de sus materiales y cómo los trabajan.

María José: En LABVA trabajamos con biomateriales no convencionales. Se debe precisar, que al ser este un campo bastante nuevo los conceptos recién se están generando, por lo que puede que no exista necesariamente unanimidad con la terminología en los distintos laboratorios.

Nosotros diferenciamos los materiales en dos categorías. Están los “Cultivables” o GIY (grow it yourself), que crecen en un sustrato y toman la forma del molde que le damos. Nosotros solo tenemos que alimentarlos y su ciclo vital hace el resto del trabajo; luego cuando adquieren la forma deseada, detenemos su crecimiento con calor u otros procesos, y nos queda la estructura. También están los “Aglomerables” o CIY (cook it yourself) que son el resultado entre un aglomerante que extraemos de fuentes naturales, más un relleno, donde nos gusta usar algún desecho domiciliario o industrial que abunde en el territorio y necesite ser reincorporado a los ciclos de producción.

Ejemplos de materiales cultivables son el micelio (que es el aparato vegetativo de los hongos) y el Scoby (cultivo simbiótico de bacterias y levadura utilizado para el preparado de Kombuchas). Ejemplos de materiales creados con aglomerantes hay varios, y es algo que varía mucho según el territorio, asimismo varían las características del material según la mezcla que se haga. Nuestro favorito es la combinación entre el alginato (que es un polisacárido que se encuentra en las células de las algas) con el carbonato de calcio (que está presente en las conchas de los moluscos). Cuando se juntan estos materiales, se combinan los enlaces químicos de tal manera que cambian la composición del material original, quedando un material súper resistente.

Diversos biomateriales CIY en feria ANEB Octubre 2018. © Ramón Vásquez

¿Y cuáles son los productos que pueden elaborarse a partir de esto materiales?

Alejandro: En realidad más que la elaboración de productos, nuestro desafío es llevar a cabo un catálogo que ofrezca una estandarización de las propiedades mecánicas de los materiales que creamos. Esto quiere decir que nos interesa describir, por ejemplo: qué grosor se puede lograr con tal biomaterial, cuánta tensión aguanta, qué tan flexible es, qué tan resistente a la compresión, etc.

Habiendo dicho eso, estamos súper conscientes de la importancia de “hacer algo” con los materiales que estamos creando. Desde que comenzamos con LABVA, hacemos periódicamente exposiciones para divulgar nuestro trabajo, y la pregunta que más nos hacen es “¿y esto para qué sirve?”. Nosotros intentábamos incitar la creatividad respondiendo a esta pregunta: “bueno, eso me lo tienes que decir tú,” pero veíamos cierta distancia en las reacciones, en este tiempo presentábamos nuestras muestras como láminas. Un día decidimos hacer algo más tridimensional, y las reacciones cambiaron rotundamente. La gente ralló, porque en las muestras ellos vieron infinitas formas de hacer maceteros. Entonces nos dimos cuenta que al mostrar una forma concreta era mucho más fácil lograr hacer esa bajada de la idea que estamos buscando.

LABVA opera bajo el sistema código abierto (open source) y estamos subiendo todas nuestras recetas a la plataforma materiom con la idea de que cualquiera que se interese pueda tomar estas recetas y elaborar con ellas productos finales. En este sentido estamos súper interesados en lograr colaboraciones, y por lo mismo también realizamos talleres constantemente.

Equipo de LABVA en feria ANEB 2018. © Ramón Vásquez

¿Cómo se ordenan para trabajar con los materiales?

María José: Es algo complejo, porque las opciones son tantas que hasta nosotros nos llegamos a marear. Ha sido una exploración intuitiva, principalmente guiada por lo que leemos y por los materiales que vemos que abundan en el territorio, especialmente los desechos que vemos que no se reincorporan a los ciclos productivos.

Sin embargo, con el tiempo nos hemos ido dando cuenta de algunas cosas que han afinado nuestra manera de trabajar. Lo primero fue entender que necesitamos dividir nuestros ciclos de trabajo según los materiales que utilizamos, porque, como son experimentos necesitamos hacer muchas muestras, para explorar las distintas maneras en que se puede tratar el material. También nos dimos cuenta que hay materiales que no se pueden mezclar, porque –como todo está vivo– se generan contaminaciones, sobre cuando trabajamos con hongos (que son los que necesitan de un ambiente más controlado). Lo segundo, es que como hacemos talleres de manera regular, nos resulta ordenarnos según la temática del próximo taller a realizar.

Pero a veces las cosas simplemente suceden, Alejo es del tipo de personas que constantemente se pregunta “¿y qué pasa si?” solo por las ganas de experimentar. Por ejemplo, una vez se le ocurrió echarle sal a un scoby, y cuando se secó ¡quedó una hermosura! parecía una caparazón cristalizada. La dificultad de eso es que luego hay que replicarlo, y hay veces que no logramos identificar que fue lo que hicimos. Porque en las pruebas de materiales anotamos todo, pero en los momentos “¿y que pasa si?” prima la libertad.

Muestra de láminas a partir de Scoby en feria PARExplora 2018. © Ramón Vásquez

¿Cuáles son los desafíos y las oportunidades de trabajar con biomateriales no convencionales?

Alejandro: Hay que tener presente que los biomateriales solo tienen sentido asociados a un territorio específico. Por ejemplo, no tiene sentido que yo trabaje con aglomerantes hechos a partir de algas en la cordillera. Esto sería precisamente replicar el modelo del cual estamos buscando diferenciarnos: la homogeneización material, el hecho de que en la industria tradicional se utilice el plástico para todo —que además de nos ser biodegradable ni siquiera se produce en nuestro territorio.

Esto significa que hay materiales que van a poder masificarse industrialmente (postulamos los que se producen partir de hongos) y otros que no; por otro lado significa que cada caso exige respuestas diferente, hay materiales que sirven para una cosa y otros materiales para otras. Entonces, requiere de un poco más de creatividad, pero es enriquecedor porque no solo se cumple una función, sino que además se crea una cultura de material. El material creado representa una revalorización tanto del territorio y como de toda la cadena que va desde la naturaleza, pasando por las comunidades y finalmente por el proceso de investigación y producción.

Por ejemplo, en Valdivia estamos trabajando con cenizas de combustión, debido que aquí la leña sigue siendo la fuente principal de calefacción. Hay toda una dinámica cultural entorno al fuego, entonces, los productos generados a partir de cenizas estarán portando algo de esta tradición y esa identidad.

Biocompuesto aglomerable elaborado a partir de cenizas. @ Ramón Vásquez

María José: Algo muy interesante de este enfoque local de los materiales es que, por un lado, permite una cierta autonomía de la industria, y por lo tanto incentiva a la descentralización, ya que las comunidades se ven habilitados para fabricar sus propios materiales y dejan de depender del cargamento que viene de las ciudades o los puertos. Por ejemplo, para nosotros fue muy emocionante el momento en que logramos extraer Agar Agar (aglomerante) de las algas, ya que hasta ese punto habíamos tenido que comprarlo de China (que sin dudas compran las algas de Chile).

Y por otro lado, el hecho de que los materiales sean locales permite una mayor interacción regional, ya que al no estar trabajando con los mismos materiales no existe una competencia directa, más bien lo que se genera es una colaboración. A nivel latinoamericano, por ejemplo, en Ecuador trabajan bioplásticos a partir de Yuca, nosotros [los chilenos] a partir de algas, y nadie se siente amenazado ni en competencia con el otro.

Esta es un área reciente. ¿Hay algún país o territorio que vaya a la vanguardia de la fabricación de biomateriales no convencionales?

María José: En Ámsterdam y en algunos países de nórdicos de Europa están impulsando el área, y lo interesante es que son los mismos países que están desarrollando la cocina molecular, que es la cocina ligada a la química y a los procesos biológicos. De esta relación entre la cocina y el laboratorio se generan muchos cruces interesantes, sobre todo en cuanto a técnicas, como por ejemplo la esférificación (que es una técnica que se ocupa para crear caviar falso) también funciona a la hora de elaborar un biomaterial.

Sin embargo, guardando las proporciones de que en Europa son más los fondos que se invierten en la investigación, nos hemos visto gratamente sorprendidos, porque pese a que en un principio pensábamos que íbamos a tener mucha información de “los países desarrollados”, nos fuimos dando cuenta que desde Latinoamérica estamos a un nivel bastante similar, sumándole que aquí tenemos la riqueza en cuanto a materias primas.

Entonces nos parece súper interesante darle una vuelta al extractivismo, e impulsar la noción de que Latinoamérica podría llegar a convertirse en un referente en cuanto biomateriales. Esta es una tremenda oportunidad, para independizarnos no solo como ciudades o pueblos respecto a las capitales, sino también como continente, pero para esto hay que posicionar la temática. Por esto, en Valdivia, el año pasado inauguramos una “Semana de la Biofabricación”, que se realizará nuevamente en Noviembre de este año, con la intención de que sea una evento anual que cada vez otorgue más relevancia a este tema y todas sus aristas.

Biocompuesto aglomerable elaborado a partir de cáscaras de huevo. © Ramón Vásquez

 

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