El océano cubre más del 70% de nuestro planeta, y de él obtenemos inmensas riquezas que no siempre estamos conscientes. María Isidora Ávila, candidata a doctora en ecología, nos comenta sobre cómo una visión comunitaria de los organismos marinos es vital para que tales riquezas nos sigan acompañando.  

 

Los océanos son el ecosistema más grande de la tierra, y son vitales para mantener la biodiversidad en nuestro planeta. Desde los océanos, se evapora la mayor cantidad de agua que contribuye al ciclo del agua en el planeta. Además; ayudan a regular la temperatura y minimizar los efectos del cambio climático, ya que capturan dióxido de carbono (gas de efecto invernadero que aumenta la temperatura del planeta) y producen más del 50% del oxígeno que respiramos (Harris 1986).

Los océanos también son vitales para la especie humana. De ellos proviene, por lo menos, una sexta parte de las proteínas animales que las personas consumen (FAO 2016); y es el principal sustento nutricional (pesca por subsistencia) y económico de pequeñas caletas. 

Todos los beneficios que el océano le provee a la especie humana han producido que, desde tiempos antiguos, el hombre explote los ecosistemas marinos. Esta explotación fue evolucionando desde la simple recolección manual hasta el uso de herramientas más sofisticadas, tales como como lanzas y pequeñas embarcaciones. En aquellos tiempos, el número de personas que poblaban el planeta, y en consecuencia el número de bocas que alimentar, permitían que la explotación fuese sostenible. No obstante, a partir de la Revolución Industrial, la población humana y la economía comenzó a crecer exponencialmente, lo que permitió el desarrollo de nuevas innovaciones y la industrialización de las pesquerías, aumentando su eficiencia. Así, hoy en día la intensificación de la pesca ha llegado a magnitudes tan altas, que la alteración de los ecosistemas marinos no tiene precedentes, y estos ecosistemas se han transformado en menos productivos, menos predecibles y en donde la recuperación de la pesquería es más difícil.

Actualmente, la sobreexplotación de especies de interés alimenticio es la principal causa de pérdida de biodiversidad en los ecosistemas marinos (WWF 2018). En el 2010, más del 60% de las especies explotadas se encontraban agotadas o colapsadas (Worm 2016). Es decir, la pesquería extrajo más organismos de los que una misma especie es capaz de producir para recuperar o mantener su abundancia (cuánto hay). De seguir con las mismas estrategias de explotación; se espera que, de aquí al 2050, el colapso de las especies aumente al 90% (Costello et al. 2016). En Chile la situación no es muy diferente, ya que más del 60% de las pesquerías están colapsadas (Sernapesca 2018). Estas cifras son alarmantes, y dejan en evidencia que la forma en la que se maneja la explotación de las especies es inapropiada e ineficiente. Por lo tanto, es urgente comprender y mejorar las formas en las que nos beneficiamos de los océanos. 

(c) Riddhiman Bhowmik

Tradicionalmente, el manejo de las especies que están sujetas a explotación humana se basa sólo en la medición de su abundancia. El problema con esta técnica es que ignora que los ecosistemas son complejos, y que la abundancia de cualquier especie presente en una comunidad no sólo depende de sí misma, sino que también de cómo se relaciona con otras especies, a través de redes de interacciones ecológicas. Por ejemplo, si un tiburón se come a un pez, significa que esas dos especies están relacionadas por lo que se denomina una interacción trófica. Además, existen otros tipos de relaciones que no tienen que ver con quien se come a quien (interacciones no tróficas). Por ejemplo, algunas especies, como los bosques de macroalgas o kelps, proveen de refugio y/o zona de anidamiento a muchos otros organismos de la comunidad. Entonces, la extracción de una especie podría dejar sin comida y/o sin hogar a otras especies, produciendo efectos muy negativos en la comunidad y que no se observan fácilmente de evaluar al tan sólo al organismo que pescamos.

La extracción de organismos produce entonces efectos tanto directos (en la especie que se está removiendo) como indirectos (en la red de interacción). Entre los efectos directos, además de disminuir la abundancia de la especie que está siendo extraída, las pesquerías seleccionan a los organismos más grandes para el consumo, dejando libres en la población justo a los individuos más pequeños y jóvenes, encargados de mantener la reproducción de la especie (la producción de nuevos organismos). Esta selección produce entonces que los organismos que nacen sean más pequeños, y que la siguiente pesca se necesiten extraer más para alcanzar la misma cantidad de pesca. Un ejemplo de esto es la Sardina y la Anchoveta, donde cada año los organismos son más pequeños. Estos cambios son capaces de propagarse por la red mediante las interacciones, generando los efectos indirectos. Tal propagación podría generar un aumento o disminución en la abundancia de las especies que no son explotadas, cambios en el número de especies y/o en las especies que componen la red.

Para poder ejemplificar todos estos procesos, utilicemos un ecosistema básico esquematizado en la Figura 1, en donde aparece un sistema relativamente sencillo de un litoral rocoso, en su estado natural (A) y luego de ser perturbado por la pesquería (B). Allí, los pescadores hicieron desaparecer a la nutria, principalmente al capturarlas para vender de su piel (Valqui 2012). No obstante, vemos cómo luego de esta decisión, la red pierde dos especies (la nutria y los tiburones, que dependían de la nutria), además de ver disminuciones significativas en la abundancia de siete de las doce grupos de especies que se grafican en la red (coloreadas en gris en B), incluidos los peces e invertebrados que se querían pescar. Notamos también un cambio importante en la estructura de la comunidad, al pasar de ser un bosque de kelps a un sistema rocoso, pues la nutria era quien mantenía en control poblacional a los erizos (que aparecen ahora en B con mucha más abundancia). Así, en ausencia de nutrias y mayoría de erizos, estos últimos consumieron hasta agotar los bosques de algas.

Figura 1. Esquema comparativo de una red trófica sin (A) y con (B) pesca sobre la nutria de mar. Los dibujos representan grupos de especies, y las flecha determinan interacciones tróficas. En gris y con flechas punteadas se reflejan los grupos de especies que disminuyeron su abundancia por efecto de la desaparición de la nutria.

Queda así en evidencia cómo las interacciones entre especies y/o su intensidad se modifican enormemente con la remoción o impacto de una especie, el cual es imposible de predecir sin hacer un análisis comunitario. Detectar el cambio de las intensidades de la red comunitaria luego de una remoción puntual puede llegar a ser muy difícil de analizar, pues los efectos, como vimos, se expanden más allá de las especies que están directamente relacionadas (erizos y tiburones, en nuestro ejemplo de la nutria). Por lo tanto, es necesario entender y aceptar que la pesquería produce múltiples efectos en la red de interacción, pudiendo transformarlas en redes más vulnerables con menos abundancia y número de especies, así como también alterar la comunidad y el entorno físico.

Sin duda la pesquería juega un rol importante en las especies que extraen y en la red de interacción, y es evidente que no podemos ignorar el rol de las interacciones dentro del manejo de los recursos. Pese a esto, aún existe un desbalance entre el conocimiento de los efectos que la pesca produce en las especies que son explotadas versus los efectos que se producen en la red de interacción, ya que construir redes que representen a las comunidades naturales no es una tarea fácil, y es un importante desafío para los ecólogos. Mientras tanto, si queremos seguir contando con las inmensas funciones de nuestros océanos, tenemos que ser conscientes de que las especies no están solas y que el entendimiento de sus interacciones es vital para mantener los ecosistemas saludables. Entretanto, las pequeñas acciones que podemos hacer en contraposición se asocian a evitar comprar pescados y mariscos que se encuentran en veda (etapas temporales de reproducción de las especies) y/o comprar sólo aquellos que cumplen con los tamaños mínimos de pesca. De esta forma, todos podemos aportar con un pequeño grano de arena.

(c) Sebastian Pena Lambarri

Referencias.

Costello C., D. Ovando, T. Clavelle, K. Strauss, R. Hilborn, et al. 2016. Global fisheries prospects under contrasting management regimes. Proceedings of the National Academy of Science 113: 5125 – 5129

FAO. 2016. El estado mundial de la pesca y la acuicultura 2016. Contribución a la seguridad alimentaria y a la nutrición para todos.

Harris GP (1986) Phytoplankton ecology: structure, function and fluctuation. Springer, Berlin

Sernapesca. 2018. Estado de la situación de las principales pesquerías chilenas, año 2017.

Valqui, J. 2012. The marine otter Lontra felina (Molina, 1782): A review of its present status and implications for future conservation. Mammalian Biology-Zeitschrift für Säugetierkunde 77.2: 75-83.

Worm B. 2016. Averting a global fisheries disaster. PNAS 113: 4895-4897.

WWF. 2018. Living Planet Report – 2018: Aiming Higher. Grooten, M. and Almond, R.E.A.(Eds). WWF, Gland, Switzerland.

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