Raíces de la Tierra es un encuentro entre los sabios abuelos indígenas de América y aquellos que buscamos un poco más de conexión. La iniciativa nace en los años 70’ en los Estados Unidos, y desde entonces ha recorrido diversos territorios tanto en América como Europa y próximamente en Asia.

Cada cuatro años se crea una Kiva, que es un excavación circular —una apertura al vientre o al corazón de la madre tierra— donde los sabios tienen una puerta de entrada para rezar entre sus latidos. Nosotros, los asistentes, los acompañamos para que el rezo sea un solo canto de agradecimiento y sanación. Este año, se realiza la primera Kiva en Cihol, a unos dos kilómetros al sur de Rancagua, por primera vez en Chile.

Raíces es un encuentro de carácter masivo, para esta versión asistieron alrededor de 2000 personas. Logísticamente funciona como un gran campamento y cuenta con cocina comunitaria, baños secos, (que contribuyen ahorrando alrededor de 1800 litros de agua), una Kiva, seis temazcales y un espacio de rogativa mapuche.

Viviendo en comunidad

El sentir comunitario fue una de las primeras cosas que recalcó Heriberto Villaseñor Tecolozintli (el actual director del movimiento), durante la primera Kiva. Yo llegué sola, pero pocas veces me he sentido tan acompañada. Entablé amistades que rápidamente se sintieron como hermandades, y existí como parte de un grupo donde había cariño entre todos, y la intención de aprender y disfrutar juntos. La fila para el baño o el almuerzo podía despertar una buena conversación, las duchas compartidas un momento para reír, o trenzarse el pelo entre desconocidas, disfrutando del agua fría y el vigor que esta entrega.

Durante los cuatro días pude vislumbrar la relevancia espiritual de compartir en comunidad: Qué importante fueron las conversaciones con los pares para aterrizar todo lo que estábamos aprendiendo. Qué fundamental los muchos abrazos que nos dimos, para sentir que el cuerpo no es un lugar doloroso para habitar, más bien un lugar donde el amor y el cariño y el cuidado mutuo son posibles.

Entregarse a compartir la búsqueda con aquellos que comparten una visión similar del mundo es de por sí una experiencia sanadora.

Sensibilizarse ante el mundo

“Quien utiliza su tiempo en buscar poder lo pierde, pero quien lo utiliza en sensibilizarse gana un universo”. Esta es una paráfrasis de las palabras de Heriberto durante el temazcal del primer día.

A mi modo de ver, apuntan a la base del sentir de la espiritualidad indígena. ‘Ser sensible’ puede entenderse como alguien que es perceptivo, que es capaz de darse cuenta de cambios sutiles; o bien como alguien que es emocionalmente receptivo, que llora o se alegra fácilmente, que siente de manera profunda.

En este caso ambas van de la mano, la preocupación por el medio ambiente —por ejemplo— no viene solamente desde una fundamentación lógica. No preocupa la tierra solo porque si esta se altera no habrá alimento, preocupa la tierra porque existe por ella un gran amor y hacerle daño duele.

Ser sensible es darse cuenta de la red que compone todas las cosas, y ser capaz de equilibrar los propios deseos con un bien común, no desde un altruismo idealista, si no que desde un amor que se sostiene desde la gratitud — reconociendo que todo aquello que nos nutre (aire, agua, alimento) son dones obsequiados por la tierra.

Las naciones unidas del espíritu

Raíces de la Tierra es un movimiento unitario que junta a los distintos pueblos indígenas en lo que han llamado ‘las naciones unidas del espíritu’, en el entendimiento de que las cosmovisiones indígenas, por muchas diferencias que tengan comulgan en una cuestión central: la lucha por conservar la tierra con toda su diversidad desde la conexión espiritual con la misma.

En la actualidad, muchos de los lugares que conservan buenos índices de biodiversidad son territorios habitados por comunidades indígenas. Según un estudio publicado por FMAM el año 2007, los territorios indígenas abarcan hasta el 24% de la superficie terrestre mundial y contienen el 80% de los ecosistemas sanos todavía existentes en la tierra.

Esto evidencia que las culturas originarias logran aquello que la cultura occidental aún no es capaz de lograr: mantener el equilibrio de la vida humana y la salud de la tierra. Esto tiene que ver con la sensibilidad que mencionaba Heriberto. Hasta que no nos sensibilicemos y comencemos a amar la tierra y a toda su biodiversidad, desde el corazón y no desde los “recursos” o “servicios” que esta nos provee, estaremos perdiendo el tiempo.

Hermoso es darse cuenta que uno no necesita haberse criado en una cultura originaria para compartir este sentir, de las 2000 personas asistentes a Raíces la mayoría somos mestizos, hijos de estas nuevas naciones post-coloniales que pertenecen más a una cultura global —con fuerte influencia occidental— que a una herencia milenaria. Tanto porque nuestros antepasados han venido de múltiples lugares, como por que por diversos motivos — muchas veces traumáticos— no perpetuaron los saberes tradicionales.

Sin embargo estábamos allí, buscando aprender, emocionándonos hasta las lágrimas con las ceremonias y los cantos, sintiendo movimientos profundos en nuestro interior. “Hoy es momento de la unión inclusiva”, así lo plantearon los abuelos de Raíces, y así se vivió.

Alimentando la espiritualidad

El aprendizaje que me llevo, es que todo, incluso (o quizás aún más) aquello que existe innatamente dentro de nosotros, debe ser alimentado con tiempo e intención para no morir, la espiritualidad es una de estas cosas y ella es la base para sostener el amor por la vida.

Se nutre de las cosas más sencillas, en el actuar de los abuelos y abuelas se vislumbraba esta verdad. Cada acto lo realizaban con tanto sentido y convicción, que podían quedarse hasta bien salidas las estrellas realizando curaciones, y luego estar en pié a primera hora para guiar los temazcales, y las rogativas.

La abuela Ana Luisa Solís nos hablaba del pensamiento-corazón. Según su cosmovisión tolteca el corazón es el que siente y la mente procesa ese pensamiento para que podamos comunicar. Para un buen vivir el pensamiento debe sentirse primero desde la totalidad del ser, y no perpetuarse desde una mente aislada del corazón.

De no ser así, los pensamientos se asemejan a la plataforma de inicio de alguna red social: siempre hay mucho contenido, una idea se sobrepone a la otra sin correlación, estas se van sumando sin fin, invitando a la angustia existencial; en cambio, al unificar el pensamiento con el sentir el sentido y el amor se plasman en cada una de nuestras acciones.

La medicina del lenguaje

El lenguaje crea realidad. Las estructuras y cotidianidades de un idioma canalizan la manera en que nos expresamos. Asimismo las palabras que utilizamos para pensar el mundo tienen una influencia sobre el pensamiento mismo. No tiene el mismo efecto decir “ la tierra” que “la madre tierra”, “el cielo” que “el padre cielo”, “el expositor” que “el abuelo”, en la segunda manera de expresarnos nos sentimos inmediatamente más acogidos, más integrados, menos aislados.

Una de las charlas de los abuelos trataba justamente de todo lo que resguardan las lenguas nativas, sus palabras y las formas de su estructura se originaron y evolucionaron en dialogo con el territorio.

Al adentrarme en esta búsqueda por la sabiduría y espiritualidad indígena, fue muy interesante ver como palabras ajenas se iban infiltrando en mi vocabulario y el de mis compañeros; de esa manera mágica que sucede cuando sientes que una palabra vibra con un significado y crees comprenderla, pero si alguien te pidiera definirla entonces no podrías hacerlo.

Y no solo con el lenguaje verbal, también en todas las formas que toma el cuerpo para expresarse: cantar, bailar, abrazar, llorar son todos actos portadores de medicina. El cuerpo es un realizador y un vehículo de conexión, danzar un rezo es muy diferente a rezarlo en la mente. Nuestro cuerpo es nuestra tierra personal, cuidar de él y cuidar de la tierra son muy similares.

Sin embargo estas acciones no son gratuitas, eso lo tienen muy claros los pueblos indígenas, llevan siglos defendiendo la tierra en todas sus dimensiones. La lengua occidental utiliza palabras como “progreso” y “desarrollo” para justificar zonas de sacrificio, violencia, enfermedad; utiliza ideales como el “ser profesional” para separar nuestro pensar de nuestro sentir.

Hoy es necesario plantearnos qué es lo que se sostiene detrás de las palabras que guían nuestra manera de percibir el mundo, y decidir si aquello que sostienen es lo que queremos perpetuar, aún tenemos opciones.

* Fotos por Matías Lorenzo Muñoz