¿Se han preguntado por qué algunas sociedades perduran en el tiempo, mientras que otras se extinguen? Y ¿Por qué son, principalmente, los pueblos indígenas los que más se han arraigado en perdurar a través de los años?

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Colapso, de Jared Diamond,,

Jared Diamond publicó en el 2006 un interesante libro llamado “Colapso”, en el cual analiza el porqué de la destrucción de ciertas sociedades. En su análisis, el escritor (y biólogo) estadounidense identifica cinco factores principales que causaron la desaparición de algunas sociedades. Estos son el deterioro ambiental, el cambio climático, la hostilidad e invasión de los vecinos, los socios comerciales amistosos y la respuesta propia de esos grupos a sus problemas ambientales. Si bien cada uno de estos factores puede aparecer como uno de los causantes del colapso de  algunas de las sociedades analizadas por Diamond, el factor determinante y común a cada uno de los casos analizados, es la respuesta de la sociedad a sus problemas  ambientales.

Sin ir más lejos, Diamond  ilustra el colapso de la sociedad maya, y evidencia como uno de los factores más importantes es la división política de pequeños reinos que estaban en guerra perpetua entre sí y que nunca llegaron a unificarse en grandes imperios como el Imperio Azteca del valle de México. Sin embargo, afirma que el motivo más grande fue la sobre-explotación de los territorios, en base al abuso de los recursos agrícolas que provocaron el agotamiento de los suelos, causadas por la erosión, la agricultura intensiva y la competencia de pastos de sabana.

Curiosamente, problemas muy comunes para nosotros hoy en día.

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Pensemos ahora en un caso de una sociedad totalmente distinta… ¿Han escuchado hablar alguna vez sobre el pueblo Huichol, los huicholes o wirraikas? Este es un pueblo que ha perdurado por cientos de años, incluso desde antes que las grandes civilizaciones de Mesoamérica. Este pueblo se caracteriza por ser nómade, pero se mueve solamente entre los puntos cardinales de la sierra madre de México.

Su cosmovisión está muy arraigada al cosmos, lugar en el que le otorgan el honor a las mismísimas fuerzas que gobiernan la vida. A estas no las llaman dioses, sino hermanas/os. Existen para ellos tres fuerzas principales: el Abuelo Fuego, Tatevari; la Madre Agua o Tatiei Matinieri; y el bisabuelo Cola de Venado, Tamatz Kayaumari. Todas son encarnaciones de la naturaleza, de la energía que fluye en el universo y ellos, los wirraikas, se sienten parte de ese fluir constante.

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Además, son “Los últimos guardianes del Peyote”, tal como titula la película documental realizada el 2014. Esta retrata la última problemática de este pueblo, cuando una minera buscaba instalarse en la zona Wirikuta, el territorio más sagrado para este pueblo, ya que la creación del mundo ocurrió en dicho sitio según sus creencias. En dirección a esas tierras realizan una peregrinación al año, para la cual se preparan con anticipación. Una vez en Wirikuta, dedican parte de su jornada a recolectar peyote, el cactus sagrado y medicinal el cual consumen para alabar a las fuerzas creadoras de este universo.

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Cuando comen este cactus, dicen alcanzar un estado de comunión con las energías que están presentes en este universo. Es a través de este ritual que ruegan por la abundancia de la tierra y el agua. Un momento sagrado y de reencuentro espiritual con sus saberes.

Hace unos días presencié una charla en la que el ecólogo chileno Juan Pablo Orrego propuso una visión sobre este fenómeno: “ Los pueblos originarios tienen una manera distinta de relacionarse con el entorno o el medio ambiente, sofisticados, en absoluto. Ellos se paran en el mundo natural de manera más igualitaria, y la aplican en sus prácticas (…) Por ejemplo, los campesinos aimaras, quienes antes de cultivar 500m2 de terreno le piden permiso y perdón a la pachamama por intervenirla. De alguna manera ellos saben y reconocen las leyes de la naturaleza que trascienden a nuestros espacios. Conocen mejor las leyes de termodinámica y entropía que nosotros”.

Pensemos en el caso de las comunidades mapuches y su forma de relacionarse con los cultivos: ellos creen que la tierra se puede intervenir, pero después de un tiempo, hay que dejarle descansar, pues la pachamama está viva. Tal como los espacios sagrados donde corre el agua, fuente de toda vida.

La civilización al borde

El caso de los mayas es un ejemplo que sirve para advertirnos de que las sociedades más avanzadas y creativas también pueden sufrir colapsos. Sin embargo, las clásicas grandes civilizaciones desaparecieron una a una ¿Qué irá a pasar con nuestra gran civilización humana hoy en día? Claramente estamos en el mundo globalizado. Basta con que varíe un poco la economía en Estados Unidos o China y el mundo entero tambalea con el precio del dólar. Basta con un cambio en la extracción del petróleo para sentirnos más vulnerables, en fin, todos nos movemos a su ritmo. Basta con una guerra más, y todos nos vemos afectados por ella.

¿Quiénes somos? ¿Para dónde vamos? ¿Qué mundo estamos construyendo? ¿En qué momento nos metimos en esta debacle tan complicada? Estamos todos juntos en esta mierda. Para superarla y construir una civilización que pueda sobrevivir al cambio climático no necesitamos más hectáreas y hectáreas de cultivos intensivos, ni industrias forestales, ni minería.

Cuando me aburro del sonido de los autos, el reguetón del vecino y la violencia de la gente, cierro los ojos y me traslado a lugares con grandes montañas, escucho el sonido del agua, el viento y el cantar de los pajaritos. Luego vuelvo a poner atención a los sonidos de la ciudad y le cambio la escenografía: imagino todo este desorden y caos, sustentados en una economía horizontal, donde las energías tienen un origen más limpio y, por supuesto, con un olor más agradable. Abro los ojos y sigo en Santiago de Chile de 2016, pero sé que para el 2050 quiero un Santiago más limpio. Y un mundo más limpio. Con ciudades más inteligentes y construidas por todos nosotros.

No nos cerremos a los mundos posibles. Dejemos de creer que la era andrógena es la que domina el Universo ¿Existirían las pequeñas comunidades con sus ancestrales creencias, si aun el mundo se construyese en base a ese imaginario (andrógeno)? ¿Habrían tales obras, como las que conocemos, que estudian la energía cósmica que fluye entre todos los seres?

Miremos a nuestro alrededor y generemos conciencia de los recursos. Si no los cuidamos, corremos tanto riesgos económicos, como espirituales. Me pregunto en qué momento nos desconectamos tanto del poder del cosmos, de la naturaleza, de la información que fluye entre todos los seres que habitamos este planeta ¿Usted ha sentido conexión con algún perro, gato, caballo, e incluso, con algún pajarito? ¿Ha dedicado tiempo a ver crecer una planta? Más claro echarle agua. Estamos vivos gracias a algo que nos une. No es dios reencarnado en Jesús, o tal vez sí, quién sabe. En fin, es algo que nos mantiene unidos y que el mismo ciclo de la vida se está encargando de unir. Es por algo que hemos llegado al mundo interconectado tan grandiosamente que tenemos hoy en día.

Tenemos las herramientas para complementarnos, si lo logramos, probablemente el escenario será distinto. Deconstruyamos el mundo. Imaginemos y actuemos por uno diferente.

-Javiera Romero