Aner y Tikay son un duo de muralistas que pintan juntos hace dos años. Cuando descubrieron que ambos arrastran un pasado familiar de torturas a sus antepasados mapuche, decidieron empezar a retratar la cosmovisión de los pueblos nativos y las costumbres del mestizaje. A continuación, el cruce de dos relatos que convergen en una historia común.

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Tikay significa “Florecer” en Quechua, un pueblo muy inteligente en cuanto a medicina que trabajó la ideología globalizadora del cuerpo y el espíritu -persona, sociedad y cosmos-. Así nace la creación, de la unión de dos partes insospechadamente conectadas por un hilo que no se corta, más bien crece.

Cuando Aner Urra y Paula Ferrer –más conocida como Tikay– se conocieron, coincidieron en tres cosas: son muralistas, lo que más les gusta es viajar haciéndolo y ambos tienen descendencia mapuche. Pero son mestizos, y esa es la temática que abordan en los muros desde que comenzaron a pintar juntos hace dos años.

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Un niño con hojas de coca, Cochabamba, Bolivia.

Ellos han unido sus apuestas y han creado un estilo con una temática común. En este tiempo han retratado una serie de personajes con trabajos tradicionales y han llevado este sello a Coroico, La Paz y Cochabamba en Bolivia, también en Bogotá (Colombia), Santa Cruz (Chile), Concepción y  distintos lugares de Santiago.

Endémico: ¿Cómo creen que aportan ustedes con su trabajo a la resistencia de los pueblos originarios de Latinoamérica?

Tikay (T): Nosotros promovemos la cosmovisión. No pintamos una lamngen tirando piedras o en un momento de enfrentamiento con la policía, por ejemplo. Eso es algo que otros muralistas sí hacen: representan la resistencia y a la vez denuncian. Nosotros nos enfocamos en las costumbres y simbolismos del pueblo, no sólo desde lo originario, ya que también mostramos el encuentro con el mestizo, lo que es igualmente una lucha identitaria. La cosmovisión es lo más importante de un pueblo. Muchos pueden salir a luchar, pero si no conocen eso que le da el empuje, la mesa queda coja y rescatar la relación entre ambas culturas es una forma de  practicar nuevas formas de conocimiento.

¿Y cómo entramos en ese conocimiento a través de un mural?

– Aner (A): Hay que saber cómo entrar en ese conocimiento, porque, por ejemplo, en San Juan hacia la costa hay una comunidad Huiliche. Ellos decían que están cansados de los antropólogos, sociólogos, incluso de nosotros, porque les preguntamos sobre historias del lugar. Después escribimos libros y tesis doctorales, pero la comunidad no recibe ninguna retribución ni visitas. Creemos que es necesario encontrarnos con la cosmovisión ancestral, pero cuando uno busca sólo la cáscara para lucrar en su defensa, no tiene sentido. Si se habla de una recuperación, hay que pensar en sus dos planos: el material, compuesto por lo sólido y todo lo que necesitamos para vivir: agua, tierra, comida, empleo; y el otro es invisible, ideológico, y que completa la esfera de la cosmovisión. Con los murales, nosotros hacemos un llamado a hacerse consiente de esta identidad que todos cargamos.

Y cuando ustedes van a pintar ¿Se relacionan con las comunidades?

– A: Es relativo porque hay veces que estamos un mes y otras que vamos por una semana, entonces es mejor informarnos y llevar una idea preparada.

– T: Igual hay instancias en las que la gente nos cuenta la historia de la comunidad y nosotros pintamos lo que ellos nos cuentan. En Bolivia o Colombia íbamos con una idea de la lucha que esos países mantienen y que compartimos como latinoamericanos. Pero cuando estábamos pintando, llegaba la gente en la calle y nos contaba mucho más de lo que nosotros sabíamos. Nos enteramos, por ejemplo, qué estaba pasando con las tejedoras en Colombia, donde su lucha y su trabajo ya no se reconocían, y ellas agradecían que las hubiésemos representado porque así ayudábamos a reivindicar su oficio.

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Homenaje a las mujeres tejedoras de la Guajira en el Festival Cromasur, Bogotá, Colombia.

– ¿Cómo creen que este muralismo enfocado en la cosmovisión de los pueblos originarios puede contribuir a las causas medioambientales?

– A: Bueno, pintando con aerosol no creo que contribuyamos mucho jajaja (risas).

– T: Al menos estamos reutilizando las latas que ocupamos en la casa que estamos construyendo en Villarrica.

– A: En realidad, lo que hacemos es cambiar la vibración de los lugares. El arte mural mejora la condición de vida de la gente, sobre todo en la ciudad, donde no hay mucho tiempo para salirse de la rutina y se vive en un sistema ultra estructurado. El arte tiene la función de sacarte de ahí y pegarte un remezón. Nosotros lo orientamos a volver a nuestro origen.

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Muro ciclovía Rosas, Santiago.

Es un frío viernes de abril y nos encontramos en la ribera del río Mapocho, lugar donde se realiza el Festival La Puerta del Sur. Tikay abre un termo que huele a canela y jengibre, luego sirve un poco de esa pócima en la tapa y nos cuenta que nació en el Barrio Yungay,  el sector patrimonial santiaguino donde las murallas hablan. Luego entró a estudiar arte a la Arcis y fue allí donde pintó su primer mural.

Aner toma un poco de ese tecito que Paula nos convida y cuenta que él nació a cientos de kilómetros más al sur, en Villarrica. En el 2003 entró a estudiar diseño en el INACAP de Temuco y allí fue donde conoció a un grupo de graffiteros con quienes salió a experimentar la experiencia de pintar en la calle. Confiesa que antes su área era el cómic, pero cuando este grupo se fortaleció, conformaron el colectivo A la Pinta.

A pesar de que ellos vivían y trabajaban en lugares diferentes, lo que los terminó de unir fue la historia que comparten, en la cual se cuentan pasados familiares marcados por la represión mapuche.

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Mural realizado durante el encuentro Concegraff en calle Ongolmo con Los Carreras, Concepción.

E: Ambos han dedicado parte de su trabajo a mostrar la cosmovisión mapuche ¿Qué los motivó a abarcar estos temas?

T: Yo creo que la historia de nuestras familias, porque ambas fueron violentadas en algún minuto, y nosotros estamos en la lucha de volver a recuperar lo que trató de ocultarse. Por mi parte, lo desarrollé en Artistas sin Futuro y después en el taller de serigrafía más intensamente.

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Mural realizado durante el 2014 en Cochabamba, Bolivia.

Pero ¿Qué sucedió específicamente en sus historias?

T: A mi tatarabuela la mataron y a mi bisabuela la separaron de su familia, le cambiaron como tres veces el apellido y después la casaron con un italiano siendo una niña. Cuenta la historia que ella se hizo pipí encima del loco varias veces. Después de eso, se arrancó con su hijo a la ciudad y fue la única que sobrevivió de la matanza de su mamá, su papá y su hermano.

Esta historia es reflejo de toda esa pérdida y el origen de la vergüenza que existía -y  lo más probable es que siga existiendo- por tener apellido, rasgos y colores mapuche. Cuando me independicé, esa fue mi decisión: que mi trabajo tuviese un trasfondo no solamente social, sino también de sanación familiar de aquí para atrás y para adelante.

A: A mi abuelo también lo mataron. Y hubo varias mezclas de muerte, depresión y muchas otras historias fuertes en mi familia. Hay cosas de las que uno se sorprende y dice cómo fueron capaces de hacer eso.  Por ejemplo, mi mamá no fue criada por su mamá, si no que por unos amigos de mi abuelo.

¿Cómo lograron hacer este recorrido?

A: Es un ejercicio súper importante que nadie hace y hay que tomarse el tiempo para lograrlo. Llamar a la tía, ver fotos, investigar en internet. Para poder seguir para adelante, hay que rebobinar y escudriñar en el pasado y eso sirve para darle sentido todo lo que uno hace.

T: Es necesario para sanar y superarse. A veces uno tiene trancas o malas relaciones y no sabe porqué te pasa. Yo caché la historia de las mujeres de mi familia y me di cuenta que era una wea terrible y ahí dije “ya, esto se tiene que cortar aquí o si no va a seguir para adelante y mis hijos lo van a vivir también”.

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Aner y Tikay en un el mural que pintaron en el poblado de Coroico, Bolivia.

Hoy en día, los caminos de Aner Urra y Paula Ferrer están unidos al punto de encontrarse construyendo una cabaña en Villarrica, que está rodeada de comunidades mapuche. La casa, cuentan, la están armando a pulso con técnicas de bioconstrucción y para afirmar el ensamble de las paredes han depositado cientos de latas de sprays, además de neumáticos y otros materiales reutilizados.

Esta es la obra que más tiempo les ocupa por ahora y creen que será la que les dará la seguridad para hacer lo que más les gusta: pintar y viajar.

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Este es el mural que Aner y Tikay dejaron en la ribera del Río Mapocho. Representa a una mujer mestiza con un vestido formado por hojas de plátano oriental.

*Imagen destacada de esta nota es de León Calquin.