Por Jens Benohr y Alejandro Díaz

Es probable que algunos de ustedes ya hayan oído o leído sobre el concepto de “resiliencia”, el cual ha cobrado cada vez más importancia en los medios de comunicación. Nicholls & Altieri definen resiliencia como “la tendencia de un sistema a mantener su estructura organizacional y productividad después de una perturbación”. Algunos investigadores han descrito una relación entre la biodiversidad agrícola y una mayor resiliencia de los sistemas de producción agrícola.

Actualmente, ante el inminente cambio climático y todos sus efectos asociados, la diversidad de alternativas que los recursos fitogenéticos brindan hace posible la diversificación de cultivos, alimentos y métodos de cultivo, todos los cuales son índices de la resiliencia de los sistemas agrícolas. Los recursos fitogenéticos representan la diversidad genética correspondiente al mundo vegetal, especialmente variedades de especies cultivadas, tanto tradicionales como comerciales. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), los recursos fitogenéticos constituyen un patrimonio de la humanidad de valor incalculable y su pérdida es un proceso irreversible que supone una grave amenaza para la estabilidad de los ecosistemas, el desarrollo agrícola y la seguridad alimentaria del mundo.

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Serigrafía de Erik Drooker

En los últimos años la biodiversidad agrícola en Chile ha sufrido un acelerado proceso de “erosión genética”; esto quiere decir que se ha producido una pérdida de genes individuales y de combinaciones de genes, especialmente en variedades adaptadas localmente. La causa principal de la erosión genética en el mundo, -de acuerdo a la FAO-, es la sustitución de las variedades locales por variedades modernas. En la misma línea, la principal causa de la pérdida de recursos fitogenéticos de Chile se debe al abandono del uso de las semillas. En general, los agricultores han preferido el cultivo de variedades más comerciales por sobre el uso de los diversos recursos fitogenéticos locales. Se suma a ello el hecho que los agricultores nacionales tienen cada vez menos acceso a semillas de variedades tradicionales y ello los obliga a utilizar variedades foráneas.

Investigadores chilenos han identificado 32 recursos fitogenéticos agrícolas de Chile, entre ellos: frijol, quínoa, maíz, mango, madi, camote, arracacha, kañihua, kiwicha, caigua y otros diversos cultivos. También existen variedades antiguas introducidas, como el trigo, los garbanzos y las lentejas, que se han naturalizado y adaptado a las condiciones locales. Las variedades cultivadas actualmente están muy por debajo de la riqueza fitogenética característica de Chile, pues se prefieren variedades con mayor potencial comercial de exportación, tal como arándanos, frambuesas, paltas y kiwis.

El fomento de cultivos de especies frutícolas de exportación, -que percibe mayores ganancias que otras actividades agrícolas-, perjudica a la especies de cultivo para consumo interno. Según registros, la superficie de cultivos tradicionales ha disminuido de 1.235.206 hectáreas en 1970, a 794.480 hectáreas en el año 2000.  Estos cultivos compuestos por leguminosas y cereales han ido perdiendo terreno, a pesar de ser vitales para la seguridad alimentaria y la base productiva de un gran número de pequeños agricultores del país.

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Imagen: www.papachile.cl

Es impresionante que frente a este escenario de disminución de tierras para el cultivo de consumo local, las políticas agrarias nacionales sigan favorecido la importación de productos por sobre la producción nacional. Esto significa que, a pesar de los altos costos logísticos y de transporte, el Estado ha optado por importar maíz de Argentina o Estados Unidos y reconvertir las tierras, que antes ocupaba la  pequeña agricultura de producción local, al desarrollo de actividades ganaderas y forestales.

Al mismo tiempo, para poder responder a la demanda de exportación, la agricultura mantiene una lógica productiva de gran escala, la cual va de la mano con el uso de pesticidas y fertilizantes químicos. Según el informe sobre la Situación de la Biodiversidad en Chile, elaborado por María Manzur, la demanda de agroquímicos, o como realmente deberían llamarse, “agrotóxicos”, creció notoriamente de la mano de la exportación frutícola, de 5.577 toneladas de plaguicidas en 1984 pasó a 21.196 toneladas en el 2003. Estos químicos destinados a eliminar “malezas”, que no son útiles para la producción agrícola, permanecen en el suelo, afectando la microfauna y contaminado las napas de agua subterránea.

Actualmente, los métodos tradicionales de cultivo han sido reemplazados por el progreso tecnológico, realizado a través  del uso de fertilizantes, pesticidas y transgénicos. Lo primero consiste en una agricultura diversa, orientada a la subsistencia y la alimentación de poblaciones locales, mientras lo segundo se vale de un extensivo e intensivo monocultivo, donde prima la producción en masa para la exportación por sobre la alimentación de las poblaciones locales. En este contexto, el sistema de libre mercado homogeniza en poco tiempo la heterogeneidad generada en siglos de selección de las especies agrícolas por nuestros ancestros.

Además, la sustitución de los métodos tradicionales fuertemente relacionados con el estilo de vida rural, están generando las condiciones de para una nueva ruralidad, un mundo rural sin campesinos (Manzur & Cárcamo, 2014). Los campesinos son fundamentales para el desarrollo de una agricultura respetuosa con el ambiente y sostenible a escala humana, por ello la Vía Campesina declara:

“Nos enorgullecemos de ser lo que somos, no queremos migrar forzadamente a las ciudades o al extranjero. Queremos seguir cumpliendo nuestro papel fundamental: alimentar a la humanidad con nuestro trabajo, nuestros saberes y nuestros bienes naturales,  asegurando que el derecho a la alimentación se cumpla para todos y todas sin excepción.” (La Vía Campesina, 2014)

Considerando el efecto que ha tenido el desarrollo de una agroindustria capitalista, ciega a sus propios impactos negativos en el ambiente, y con el cambio climático como una realidad inminente, es momento de apoyar los métodos ancestrales de cultivo y preferir las variedades locales. Ya hay ejemplos de cooperativas articuladas con redes de comercio justo, las cuales tratan directamente con los agricultores, de donde obtienen productos locales, libres de agrotóxicos y resultado de métodos de cultivo más cuidadosos con la tierra, ¡es tarea de todas nosotras construir una soberanía alimentaria justa y equitativa!

Ilustración por Beyoun Kim

Fuentes:

www.fao.org

Manzur, M. (2005). Situación de la Biodiversidad en Chile: Desafíos para la sustentabilidad. Santiago: Chile Sustentable.

Manzur, M. & Cárcamo, M. (2014). América Latina: La transgénesis de un continente. Visión crítica de una expansión descontrolada. Santiago: EDICIONES BÖLL.

Nicholls, C. & Altieri, M. (2012). Modelos ecológicos y resilientes de producción agrícola para el siglo XXI. Agroecología 6: 28-37.

Presentación de la Vía Campesina en el Encuentro Mundial de Movimientos Populares, por Francisca Rodríguez (2014)

**Foto de portada: Maite Franchi