Bernardo Reyes es un ecólogo con amplia experiencia en ecología social y planificación participativa comunitaria de restauración de ecosistemas críticos. Trabaja como director de Ética en los Bosques, ONG dedicada a la protección y restauración de ecosistemas boscosos. También ejerce a tiempo parcial en la Facultad de Agronomía, en el departamento de Recursos Naturales y facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile.

Es además miembro del secretariado del Consejo de Defensa de la Patagonia y coordinador del proceso del Comité Iniciativa por la Restauración y Conservación de la Cordillera de Nahuelbuta. En este comité brindan capacitación y apoyo a diversas organizaciones locales como las recolectoras de productos forestales no madereros o la cooperativa de restauradoras de Nahuelbuta, entre otras organizaciones locales que impulsan la protección de los bosques, la biodiversidad, los ríos y los espacios y procesos culturales de este territorio. En los últimos años se ha dedicado a recorrer a pie y a caballo con los habitantes de Nahuelbuta esta ancestral cordillera. En Endémico conversamos con él sobre el impacto de la industria forestal en el sur de Chile y esto es lo que nos ha contado.

 ¿Es una plantación de pinos o eucaliptos un bosque?

Una plantación de pinos y eucaliptos no es un bosque, es un cultivo industrial, con fines industriales de producción de celulosa, papel o madera, por lo tanto siempre es y siempre va a ser una plantación. Ciertamente que la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) y los técnicos que la asesoran, en algún momento fueron parte del análisis generalizado de que las plantaciones eran bosques.

En inglés se habla de forests de una sola manera, pero en el caso del español nosotros decimos bosque a aquellos conjuntos vegetacionales que evolucionan junto con el territorio por millones de años versus una plantación de cultivo industrial de corto ciclo, de 12 años para el eucalipto y de 30 a 35 años para el caso del pino.

Una plantación de pino tendría que adaptarse y reproducirse varios siglos para poder transformarse en un bosque y desarrollar complejas relaciones con la flora del suelo, con el clima y con todas las especies de hongos, epífitas y conjunto amplio de plantas, insectos, aves y bacterias para llegar a ser un bosque. Un bosque es un ecosistema extraordinariamente complejo y cuando ingenieros forestales formados con una mirada productivista en Chile han dicho “estamos plantando bosques para Chile”, están tratando de confundir y distraer la atención para que los chilenos pierdan la mirada crítica de que estábamos perdiendo los bosques. Esto ha sido una estrategia publicitaria para distorsionar el concepto de bosque y la imagen de que el bosque nativo de Chile está en peligro.

Foto: María Paz Acuña

¿Cómo describirías el modelo forestal de Chile?

El modelo forestal chileno fue incubado bajo una dictadura militar que impuso, a sangre y fuego, un determinado modelo económico. El éxito del modelo forestal, que se refleja en la concentración de la riqueza en dos grandes familias que controlan los territorios forestales, es un reflejo de algo construido en ausencia de democracia y que ha persistido a causa de la débil democracia que actualmente tenemos. En los últimos 30 años no ha habido una transformación mayor, no ha habido redistribución ni devolución de las tierras usurpadas, esquilmadas o compradas bajo presión a miles de campesinos y mapuche.

En los territorios forestales persiste la pobreza, persiste la fragilidad, persiste la vulnerabilidad, y no me refiero a pobreza como vida de campo, como vida tradicional, no me refiero a pobreza material, como una vida sin electricidad o sin televisor, me refiero a la pobreza mental, afectiva  y la extrema vulnerabilidad que acompaña a los pueblos que pierden el arraigo con la naturaleza.

¿De qué forma la industria forestal está afectando la biodiversidad de los bosques del sur de Chile?

Hay por lo menos tres elementos que la plantación forestal altera en cuanto a la biodiversidad en el sur de Chile. Primero es la escala que tienen las plantaciones. Cuando se cubre  el 20, 30, 40% y en algunas cuencas hasta  más del 70% del territorio, las pérdidas en biodiversidad y servicios ecosistémicos son gigantescas porque con rotaciones muy cortas, como los eucaliptos cada doce años, después de dos o tres rotaciones el suelo no solamente va quedando exhausto, sino que la posibilidad que hayan semillas que vuelvan a regenerar el soto bosque, son muy escasas.

Segundo, el bosque nativo va quedando totalmente fragmentado, entonces el efecto de las temperaturas mayores, la elevada evapotranspiración asociada a la demanda de agua de las plantaciones también destruye la salud del bosque nativo, y este va presentando ya síntomas de muchas enfermedades. Ahí estamos perdiendo musgos, estamos perdiendo líquenes, miles de microorganismos que no vemos y que no alcanzamos a entender ni estudiar sus funciones; esto significa un cambio en la estructura y  función de los ecosistemas boscosos y sus servicios ecosistémicos.

El tercer elemento es que para que  las plantaciones se establezcan bien,  normalmente aplican glifosato  en la forma de roundup como herbicida para matar los rebrotes de especies nativas para que no haya competencia con el pino o ecucalipto. Después de la cosecha y antes de volver a plantar  aplican glifosato para que no crezca nada y luego plantan el pino o el eucalipto. En ese momento están provocando un ecocidio mayor. Luego esos venenos escurren por las napas freáticas hacia las fuentes de agua, alterando los sistemas acuáticos y llega más tarde a través de las tuberías a las ensaladas y comidas de la gente y a la agricultura. Su persistencia en suelos con varias aplicaciones no se está midiendo, porque la ciencia agronómica en estos territorios no está enfocada en eso.

Demasiadas facultades están focalizadas en producir más rápido, no mejor,  y más preocupadas en responder a las demandas que el mundo corporativo le hace a las ciencias que a las preocupaciones de los pobladores, de campesinos  o de ecologistas. Hay demasiados científicos trabajando para el mundo corporativo y para que este modelo siga funcionando y pocos preocupados de proteger el bien común.

¿Cómo es la relación entre la industria forestal y las comunidades locales en la Cordillera de Nahuelbuta?

Es una relación que ha ido cambiando con los años. Yo llevo poco más de doce años recorriendo Nahuelbuta, conversando con la gente. Es una década en la cual la gente ha aprendido a hablar, ha aprendido a expresar su malestar con el modelo forestal.  Es una relación tensa; una relación que todavía es ciertamente ambivalente: el papá trabajó deforestando y plantando, el abuelo cuestionó al papá que iba a plantar eucaliptos, porque plantaba los eucaliptos que secaban la tierra; los hijos que no quieren trabajar para las forestales o no tienen espacio en el modelo forestal.

Todo gira en torno a las expectativas de una riqueza que jamás llegó, es la riqueza que ven pasar en camiones, y dicen “¡Ahí se va la riqueza! ¿Qué queda para nosotros? El polvo, los caminos malogrados, la contaminación  y agotamiento de las aguas  y la represión que acompaña este proceso”.

¿Ves una relación entre la industria forestal y la disminución del agua en la Cordillera de Nahuelbuta?

Acá está clarísima la relación de pérdida de recursos hidrológicos por aquello que técnicamente llamamos cambio de uso de suelos, es decir, sustituir bosque nativo por plantaciones forestales. Esto ha implicado una disminución drástica de los caudales de los ríos. Los pobladores antiguos de nahuelbuta cuando hacemos los talleres de Memorias del Agua, hablan que grandes carretas no podían pasar por estos ríos debido su elevado caudal; no podían pasar los caballos porque se los llevaban los ríos, o sea, los caudales de agua que fluían por estos ríos eran enormes. Hoy fluye el 30 o 40% de los caudales originales o menos.

Ciertamente que también hay un efecto del cambio climático, ciertamente que hay menos pluviosidad, pero la disminución de los caudales se debe en gran parte al cambio de la cobertura del suelo, la ausencia del bosque significa menor frecuencia de bajas presiones,  que a su vez implican el movimiento de nubes y niebla costera y menos captura de agua, menos lluvia:  los bosques de Nahuelbuta son fabricantes de lluvia y su ausencia altera el ciclo hidrológico sustancialmente. Si además se pierde el efecto de esponja vegetal, que retiene agua durante los periodos lluviosos  y la libera en verano, el efecto es tremendo.

¿Qué acciones han realizado las comunidades respecto a eso?

Las comunidades están en un proceso de despertar y reaccionar a los impactos de la industria forestal que es relativamente reciente. Cuando hablamos de comunidades en la zona costera, que están viviendo con mucha más intensidad la escasez de agua y que les reparten agua con camiones aljibe una o dos veces por semana, la sensación es claramente de molestia, de demanda al Estado por más agua. Aún no hay claridad para plantearse acciones concretas como  “vamos a proteger las nacientes de agua o vamos a proteger los humedales”. Hay un segundo grupo que vive de los alimentos que generan los humedales y que entrega el agua. Algunos pequeños agricultores, pero sobretodo unos cuantos centenares, sino unos miles de recolectores, muchos de ellos campesinos sin tierra o expulsados a la ciudades y que recolectan plantas medicinales y alimentos en los remanentes boscosos de Nahuelbuta. La desaparición de los humedales es la desaparición de las plantas medicinales, pero también hay una tercer tipo de organización social que ha ido emergiendo, más bien de corte ecologista, que son personas que han descubierto que pueden construir una economía con los ríos, ya sea a través del turismo o ya sea protegiéndoles para poder mantener la economía de la agricultura de subsistencia que tienen. Se lo ve en Elicura, se lo ve acá mismo en el río Trongol o Carampangue. Son comunidades que están buscando las formas de frenar el deterioro de los ríos y mantener un vínculo estacional o permanente con los ríos de este territorio.panoramica

¿Cómo sería una alternativa a la actual industria forestal y sus prácticas, cómo ves que serían las prácticas adecuadas de manejo forestal, tanto de bosque nativo como plantaciones de monocultivo?

El modelo forestal necesita integrar conceptos y miradas más holísticas, como territorio por ejemplo. El concepto de territorio es un concepto muy amplio y un tanto difícil de comprender. Un territorio está compuesto por muchas cuencas, entonces si tú tienes la mirada de un paisaje forestal en un territorio, lo que queremos conservar es un paisaje en el cual tiene cabida un mosaico de estructuras productivas que tenga la capacidad de adaptarse frente al cambio climático y que sean complementarias y adaptativas entre si. De parte del sector forestal, el cambio que nos gustaría ver es la reducción de la cobertura de plantaciones, pensado a nivel de cuencas para que el tamaño de las plantaciones asegure que todos los servicios ecosistémicos estén protegidos. No plantaciones monoetáneas, de una misma edad, sino de diferentes edades y mixtas.  Hoy en día tenemos cuencas claramente saturadas de plantaciones. Y esto no es algo que estén estudiando muchas universidades, pero la Universidad Austral está estudiando cómo funcionan las cuencas y que porcentaje de una cuenca podría tener una plantación y qué porcentaje tiene que ser restaurado a una cobertura vegetacional original con bosque nativo y praderas para asegurar que los servicios ecosistémicos críticos como el abastecimiento de agua, estén adecuadamente protegidos.

¿Existen ejemplos concretos de conservación y restauración en Chile?

Existen algunos ejemplos de restauración de microcuencas en particular en la zona en torno a Valdivia, donde la cuenca de Llancahue está siendo manejada, administrada y estudiada por los académicos de la Universidad Austral. Es de las pocas que hay en Chile. Nosotros tenemos algunas experiencias muy incipientes acá en la cuenca del río Elicura, que es una de las tres cuencas más importantes para la renovación del lago Lanalhue, que es un lago eutrofizado por la actividad forestal, por los sedimentos que fluyen de la actividad forestal principalmente. Si no se protegen las nacientes de agua que aportan al lago Lanalhue, este cuerpo de agua va a sufrir una eutrofización mucho más rápida y se perderá este patrimonio lacustre maravilloso, uno de los dos lagos costeros que hay en el país. En la parte alta de su cuenca hemos comenzado un programa de restauración, donde el Diálogo Forestal nos está ayudando a identificar cuáles son las áreas de esa cuenca que prioritariamente tienen que conservarse para demostrar que con restauración podemos recuperar el caudal de los ríos. Creo que una de las respuestas a los problemas de la degradación y pérdida de los bosques en el sur de Chile es crear una nueva economía a pequeña escala, que es asociada al turismo, a la agricultura campesina y a la recuperación del paisaje. Hemos visto que esto ya comienza a ocurrir acá en Curanilahue, como en el valle de Elicura y es simplemente fabuloso ser testigo de como la gente va descubriendo nuevas formas de hacer vida en estos territorios, en comunidad y construyendo una nueva economía con un fuerte vínculo con la naturaleza a través de los ríos.