A principios de diciembre, tras casi siete meses de ardua movilización, los pueblos Dakota y Lakota, de la Reserva Sioux de Standing Rock ubicada en North Dakota (EEUU), consiguieron la revocación del permiso de construcción de un oleoducto del proyecto petrolero Dakota Acces Pipeline (DAPL), el cual tenía contemplado atravesar tierras que son consideradas sagradas por los indígenas.

La noticia fue informada por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército, el que, a través de un comunicado, declaró que “la mejor manera de completar este trabajo de manera responsable y expedita es explorar rutas alternativas para el cruce del oleoducto”, además de la elaboración de un estudio de impacto ambiental mucho más amplio.Dicha decisión fue celebrada por Dave Archambault, presidente de la tribu Sioux, quien expresó que “todos los territorios indígenas estarán siempre agradecidos a la administración Obama por esta decisión histórica”.

El DAPL, que se encuentra en una tasa de avance de construcción cercana al 90%,  pretendía la instalación de un oleoducto de casi 1900 kilómetros, el cual permitiría el transporte de 470 mil barriles diarios de crudo desde los campos petroleros de Bakken, en Dakota del  Norte,  hasta las refinerías de Illinois.

Precisamente, es esta parte del proyecto la que atravesaría tierras que por siglos han pertenecido a los Sioux, poniendo en peligro no sólo una zona de gran importancia arqueológica, al pasar por sobre sitios sagrados y por sobre cementerios indígenas; sino que también resulta una preocupante amenaza medioambiental, al adentrarse por debajo del lecho del Río Missouri.

Éste posee la cuenca hidrográfica más grande de Estados Unidos, con casi 3.800 kilómetros de longitud, y atraviesa los estados de Montana, Dakota del Norte, Dakota del Sur, Nebraska, Iowa, Kansas y Missouri, abasteciendo de agua potable a la no despreciable suma de 17 millones de personas.

En septiembre de 2016, la relatora especial de la ONU sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, Victoria Tauli-Corpuz, ya había advertido al gobierno de Estados Unidos que suspendiera la construcción del oleoducto, pues el proyecto constituía un grave riesgo para el agua potable de la Reserva Sioux.

Además, la funcionaria de la ONU expuso que “a la tribu se le negó el acceso a la información, y fue excluida de las consultas realizadas durante la planificación y la evaluación ambiental preliminar del proyecto, que no tomó en cuenta la presencia de la reserva en sus proximidades”.

Según un informe del Centro para la Diversidad Biológica, desde 1986 a 2014,  se han registrado más de 8.700 incidentes significativos con tuberías petroleras en Estados Unidos, que implican la muerte, lesiones y daños económicos y ambientales.Dicha cifra revela que el promedio de derrames es de 300 al año.

Por ello, es entendible que los defensores del agua de Standing Rock dudaran   que el oleoducto no ocasionara daños perjudiciales para el ecosistema y sus habitantes.

El DAPL siendo instalada en medio de dos campos en North Dakota. Foto: Tony Webster

 

Antecedentes de una lucha constante

A raíz de esta preocupante amenaza hídrica es que comenzó a gestarse este movimiento por la protección del agua por parte de los pueblos Lakota y Dakota,  los que, como la mayoría de los indígenas norteamericanos, ya habían sido víctimas de la usurpación de tierras por parte de intereses privados desde los tiempos de la colonización.

Como la apropiación de los terrenos que los Lakota tenían en Black Hills,  grupo de montañas ubicadas al oeste de Dakota del sur, que habían sido asignadas como su propiedad  en el Tratado de Fort Laramie, el cual se firmó en el año 1851, en el que el Gobierno definió los territorios de cada tribu.

Tras el descubrimiento de oro en la década de 1870, se provocó una fiebre por el mineral, lo que trajo consigo  la llegada de miles de  personas, quienes se asentaron en la improvisada ciudad de Deadwood,  la que rápidamente alcanzó una población de alrededor de 5.000 habitantes.

Esta intromisión del hombre blanco, que fue una manifiesta violación del tratado de 1851, gatilló una cruenta batalla, conocida como la Guerra de Nube Roja (1866-1888), en la que se unieron los pueblos sioux, cheyennes y arapahoes en contra del ejército norteamericano. Todo terminó con la muerte de cientos de indígenas y civiles, y con la flamante victoria de los nativos, encabezados por el guerrero Nube Roja.

Tras esta legendaria hazaña, el año 1868 se firmó el segundo tratado de Fort Laramie, en el cual se garantizaba a los Lakota la propiedad de Black Hills, y las tierras y los derechos de caza en Dakota del Sur, Wyoming y Montana. Sin embargo, y tal como denunció Nube Roja, el acuerdo tenía cláusulas que fueron hechas para engañar a los indígenas, que no sabían leen ni escribir. Una década después, y como era de esperar, el ejército volvió a la carga, dando origen en 1876 a uno de los mayores conflictos armados entre los uniformados y los nativos americanos en la historia de Estados Unidos, el que terminó en 1989 con la derrota de los indígenas  y la división de la Gran Reserva Sioux en seis reservas menores.

Un siglo más tarde, en 1980, ambas partes se volvieron a enfrentar en la Corte Suprema, la que resolvió que las tierras habían sido usurpadas de manera ilegal,  determinando que el Estado debería cancelar a los Sioux $11,5 millones de dólares,  equivalentes al valor de la tierra en 1887, además de 103 años de valor de interés al cinco por ciento. Monto que  actualmente se empina por sobre los mil millones de la divisa americana, pero que aún los indígenas se rechazan a aceptar, pues quieren la devolución de un terreno que tiene carácter sagrado, a pesar de la creciente pobreza que atraviesa la nación Sioux, la que ha debido afrontar el aumento de las tasas de desempleo y la infertilidad de sus áridas tierras, entre otras problemáticas.

Foto: Voices of Standing Rock

La mayor resistencia indígena de los últimos años

El 1 de abril de 2016 , y luego del inicio de las construcciones del DAPL, los miembros jóvenes de Standing Rock decidieron levantar dentro de la propia reserva indígena el campamento Sacred Stone,  el que fue erigido como centro de vigilia y oración en las cercanías de las intersecciones de los ríos Missouri y Cannonball.

A medida que fueron avanzando las tareas de construcción, el campamento fue creciendo exponencialmente.  A finales de julio, el Sacred Stone Camp ya contaba con la presencia de cientos de indígenas pertenecientes al Concilio de los Siete Fuegos, el que es formado por los pueblos Lakota, Dakota y Nakota, y quienes acudieron tras la invitación de los nativos de Standing Rock.

A este llamado también respondieron decenas de naciones nativas y miles de  personas no nativas. Ante esta creciente población, se tuvo que levantar otro campamento dentro de la misma reserva, el cual se dispuso junto a la carretera 1806 y cuyo nombre fue Rosebud.

Como seguían llegando más y más personas, se debió implementar un tercer campamento, el que se convirtió en el refugio principal de los Oceti Sakowin. Esta vez, y en una acción mucho más directa, se tomó la decisión de tomar terrenos pertenecientes al Cuerpo de Ingenieros del Ejército, al otro lado del Río Cannonball.

Dentro de las acciones directas, que los autodenominados “guardianes del agua” comenzaron a efectuar en las cercanías del Oceti Sakowin Camp, destacaron las tácticas de “lockdowns”, las que consistieron en el encadenamiento de los equipos de la constructora y al bloqueo de éstos mediante candados.

 

A inicios de septiembre, la población en Standing Rock ya superaba las 5.000 personas, entre las cuales se encontraban delegaciones de cerca de 300 tribus reconocidas federalmente. Uno de los mayores símbolos de esta unión tribal fue la  solidaria llegada de representantes de pueblos indígenas que por años habían sido enemigos de los Lakota.

Justamente, fue durante este mes en el que se produjeron uno de los momentos más álgidos de la movilización, debido a la contratación de  servicios de una empresa de seguridad por parte de los empresarios a cargo del DAPL, para la  protección de las obras y la prevención de los sabotajes. Esto significó el aumento de las tensiones y al desencadenamiento de una espiral de violencia en contra de los manifestantes, la que fue ejercida no sólo por las fuerzas privadas, sino que también por la policía federal.

Producto de esta oleada de represión, la que se mediatizó a través de las imágenes de los protectores del agua siendo rociados con gas pimienta, reprimidos a golpes y mordidos por perros; fue así como el gobernador de Dakota declaró estado de emergencia, solicitando  la intervención de la Guardia Nacional.

Después de esto, diversas entidades del Gobierno Federal pidieron la detención temporal y voluntaria de las obras en un radio de 40 millas desde el cauce del río Missouri. Para fiscalizar esta eventual interrupción de las faenas, los manifestantes decidieron implementar un cuarto campamento, el Frontline, que se levantó en un terreno que oficialmente era propiedad del DAPL, y en el cual estaba contemplado el trazado del oleoducto.

Sin embargo, y pese a los masivos bloqueos de las caravanas, organizadas por los manifestantes durante los meses de octubre y noviembre, y a la masificación de  la problemática medio ambiental, las obras no se mantuvieron por mucho tiempo paradas.

Del mismo modo en que tampoco se detuvo la represión de la policía, la que con el paso de los días se fue incrementando aún más, mediante la aplicación de gases  lacrimógenos, balas de goma y el uso de carros lanza aguas, los que, debido a las bajas temperaturas de la zona, causaron decenas de cuadros de hipotermia en los protectores de Standing Rock.

Uno de los hechos más violentos se registró el 20 de noviembre, cuando una joven manifestante de 21 años, que se encontraba repartiendo agua, resultó gravemente herida al ser alcanzada por una granada de contención, lanzada por las fuerzas policiales de Morton. El brutal incidente terminó con la amputación de su brazo izquierdo.

Otra de las jornadas que sobresalieron por el uso de la violencia fue el desalojo del Frontline Camp, el que fue comandado por la Guardia Nacional junto a cinco departamentos de policía de otros estados, y que terminó con el incendio de varios coches policiales, civiles y  de maquinaria de construcción, además del arresto de una decena de protestantes.

A raíz de este incremento de la violencia, cerca de 2.100 veteranos militares estadounidenses se sumaron a la resistencia  a principios de diciembre, con el objetivo de  defender de forma no violenta los terrenos que históricamente han sido de los Siuox, lo que sin duda, fue un factor trascendental en la decisión de revocar las obras del oleoducto.

Arte por Leila Abdelrazaq

La unión hace la fuerza

La solidaridad que generó la problemática de Standing Rock trascendió todas las fronteras y barreras culturales, recibiendo el apoyo no sólo de sus semejantes indígenas y  activistas, sino que también de una heterogénea gama de personas, la que se pudo sensibilizar ante la delicada situación de la Nación Sioux.

Aquello se pudo evidenciar en las más de doscientas  manifestaciones que se llevaron a cabo durante el mes de noviembre en contra del DAPL en diferentes estados de la nación norteamericana; en las más de cinco mil personas que se sumaron a los campamentos de la resistencia; y en las múltiples campañas que diferentes colectivos desarrollaron a favor de la causa.

Como los murales con la leyenda “#WaterisLife”, que se pintaron en las ciudades de Cleveland, Flint, Detroit, Chicago y Minneapolis, y que fueron llevados a cabo por un colectivo de artistas que utilizaron “el poder del arte para interrumpir el apagón de medios sobre el  DAPL, desafiar la violencia colonial y  movilizar la acción para Standing Rock”.

Para la socióloga estadounidense, Grace Kiyonaga, esta  empatía generalizada se podría explicar porque “Standing Rock representa una protección de tierras ancestrales de los nativos, una tierra que históricamente ha sido arrancada de ellos de maneras violentas y codiciosas. Creo que esta es la forma en que la gente está reivindicándose por las atrocidades del pasado”.

Además, Grace considera que “lo que realmente hizo eco fue la hermosa relación que este grupo tiene con todas las formas de agua. Ellos ven el agua como parte de su ser. Creo que cuando las personas comenzaron a entender realmente la conexión de estos nativos a su tierra, es cuando la gente  sintió el deber de apoyar y luchar con ellos”.

Arte por Ossie Michelin

El  extraordinario ejemplo de unión y resistencia que representa Standing Rock, sin duda, marca un importante precedente para cientos de movimientos que luchan por proteger sus ecosistemas de los insaciables intereses corporativos, y que también tienen que bregar contra  la represión policial y la invisibilización de los grandes medios de comunicación, tal como sucede en Chile con una decena de organizaciones que se oponen a perjudiciales proyectos mineros e hidroeléctricos.

Esta trascendental victoria indígena ya está sirviendo como fuente de inspiración  para la movilización de los habitantes de Alpine, Texas, quienes han comenzado a replicar sus estrategias de acción en  las protestas en contra del oleoducto Trans-Pecos,  el que pasaría por debajo del Río Bravo.

La historia, tal como nos demostraron soberbiamente los Sioux, está hecha para ser cambiada, y aquello depende exclusivamente de la unidad y de la determinación de los pueblos y de la ciudadanía.    

** Actualización 31 enero 2017: El Dakota Access Pipeline fue aprobado por orden ejecutiva del actual presidente de los EEUU, Donald Trump.

Marcha de apoyo en San Francisco. Foto: Peg Hunter

Arte por Jackie Fawn