Muchos episodios azarosos de nuestras vidas definen destinos y vocaciones. Para Antonia Lara, ilustradora y naturalista, esa vocación se expresó definitivamente en el 2012, año en que estaba terminando la carrera de ilustración digital en el instituto DUOC UC y debía realizar su proyecto de título. Fue así como nació “Támaro, y la vasija originaria”, su primer libro ilustrado.

Durante este tiempo, ella vivía en la localidad de Cachagua, uno de los balnearios más ricos en bosque nativo de la V Región. Poco a poco, fue aprendiendo más de la naturaleza con una familia que vive allá, “los Figueroa, que son todos naturalistas”, recuerda. Sin embargo, antes de ese este encuentro, vivió con dos amigos con quienes se pasaba escuchando The Doors y fue con ellos que empezó a desconectarse del sistema hegemónico de la sociedad, y se percató que es el orden económico es el que destruye nuestra relación con la naturaleza. Fue así como comenzó a rechazar toda idea parecida al “capitalismo”.

Con su primer libro, Antonia desarrolló todo lo abstracto de sus pensamientos, imaginando la conexión que los animales pueden tener con los seres humanos en la misión de rescatar el entorno natural que nos rodea. A través de su cuento, describe el trabajo del joven Támaro, quien -a través de un curioso viaje- se encuentra con una ballena, un chungungo, unas yacas, y La Roca, quienes lo ayudan a completar su misión de salvar a la naturaleza de la maldad de los seres humanos ambiciosos, encarnados en un hombre violento y obsesionado con las comodidades de la vida moderna.

En esa cruzada, la autora e ilustradora aprovecha de describir varias especies de flora y fauna nativas que están presentes en la costa central, indudablemente su inspiración para un trabajo que mantiene en el tiempo a través de la ilustración.

    

¿Cómo surgió la idea de Támaro?  ¿De qué se trata?

Cuando me fui a vivir a Cachagua, viví con dos personajes bien divertidos y metidos en el  “saber, saber y saber”. Yo en medio de ellos, estaba odiando el sistema y dándome cuenta que nuestro sistema económico neoliberal es responsable de la actual destrucción de la naturaleza. Por otro lado, estaba terminando la carrera y había que hacer un proyecto y resolverlo.

Ahí me motivé para empezar a escribir con harta imaginación, yéndome a escribir a la Puntilla (de Cachagua). Me gusta imaginarme cómo habría sido el mundo antes de la llegada de los seres humanos, entonces hice que Támaro viajara al pasado en el cuento, y ahí empecé a volarme cada vez más con esa idea. Comencé a descubrir todo un concepto  sobre mezclar a la vegetación nativa y a la fauna con escenarios de aventura, para  que no fuera todo con tono científico. Siempre he sentido que las ciencias estaban muy alejadas de nuestro vivir diario, y es todo lo contrario, están presentes todo el tiempo. Entonces, la idea era llevar eso a cabo, para que los niños alucinaran con las especies de Chile, y no con el león. 

¿Cuál es el rol del profesor en la travesía de Támaro?

Es que en resumen, mi inquietud era el capitalismo. Entonces, estaba la idea de mostrar a todas estas personas que odian los movimientos medioambientales, y por otro lado, la gente que ama la naturaleza, que ni la conoce tanto desde el punto de vista científico, pero le encanta el contacto con ella. Támaro es una unión de las dos cosas, y la imagen del profesor es el que ama la naturaleza, pero vive perturbado todo el tiempo, porque está dentro de ese sistema que la destruye.

¿Existe una continuación para este proyecto?

Ahora estoy trabajando en una segunda parte, que  tendrá un énfasis más espiritual que el libro anterior, y está pensado para niños y adolescentes más grandes.

Otros Proyectos

¿Cuáles otros proyectos has desarrollado?  Entiendo que trabajaste en el álbum Atacama Ilustrada y la guía de avistamiento. ¿Qué fue primero?

Primero conocí y formé parte de Trival, una empresa que hace diseño e ilustración para la conservación y con ellos empecé varios proyectos, entre esos, la guía de avistamiento en Chañaral de Aceituno, luego fueron saliendo otros relacionados, ahí participé en Atacama ilustrada con 70 ilustraciones de aves y 20 de mamíferos.

Anteriormente, ¿los pescadores de Chañaral de Aceituna sabían cómo identificar las especies?

Sí, tenían conocimientos, pero no mucho material para enseñarlo. Entonces, hicimos un trabajo bien bonito ahí,  Arrendamos una cabaña y me puse a dibujar desde ahí mismo.  Después los pusimos en las paredes, e invitábamos a que los boteros fueran a revisar si les gustaban o no, para así incluir a la comunidad en las ilustraciones, porque quién mejor que ellos iba a conocer a los animales.

Cuéntanos sobre el libro ilustrado de Atacama.

Es un álbum con láminas de toda la historia natural de la región, un FONDART realmente maravilloso. Al tiempo después, con esas ilustraciones hice una exposición en Cachagua junto a Cocó Obach, Diseñadora e Ilustradora científica de la costa central. Luego hice la continuación de esa obra con marcos antiguos y usados. Aves enmarcadas según sus colores y sus actitudes, algo más artístico que lo anterior, una propuesta estética que fue la mezcla de lo pulcro de la ilustración naturalista, con la ilustración y el oficio, en contraste con lo roñoso y teatral de marcos coleccionados por la ciudad.

En esta colaboración con científicos, ¿qué te ha tocado aprender sobre la conservación?

Bueno, haciendo ese proyecto aprendí mucho. También he trabajado con Senda Darwin, y así he ido haciendo varios contactos y amistades que tienen que ver con la naturaleza. Me gusta ser una herramienta de comunicación para ellos, y ellos, por su parte, alucinan con que sus resultados se difundan, porque muchas veces hay resultados que están incomunicados.

Participé también en un curso de Biogeografía de Chile, de la Universidad de Chile, con dos grandes personajes: Juan Armesto y Carolina Villagrán.

Me encanta la unión de las disciplinas, por eso me gusta mezclar la música con el arte, el arte con la ciencia, y esas uniones me han resultado bastante últimamente. He conectado grupos de gente de ciencia con quienes están del lado más espiritual, y es bonito ver que, en el fondo, todos quieren lo mismo: comunicar la importancia de proteger la naturaleza, y soy una buena mediadora para eso.

¿Como diseñadora, has visto avances positivos en el área del diseño que contribuyan al cambio socioambiental?

Sí, totalmente.  Creo hay gente que se apasiona con el arte que ha apoyado ese concepto. Por ejemplo, conozco el caso de un profesor que es historiador, y tiene un tema con la naturaleza y la identidad de los chilenos. Él es Miguel Laborde, con el cual he llevado a cabo la parte abstracta del arte y he aprendido sobre artistas en la historia de Chile –como Pedro Prado, la Violeta- que se han unido en este mismo concepto: el valor de la naturaleza y su sencillez. Por otro lado, se da harto entre artistas callejeros, que son bien capos interiormente y que han llevado el arte no sólo como algo estético, sino que como un estilo de vida, personas interesadas por la naturaleza y lo nativo. Bueno, tengo que reconocer que tengo harto optimismo; tengo harta fe en los seres humanos y en nuestras capacidades.

¿Te consideras activista de alguna forma?

De ser activista, sería desde el arte, llevando a cabo proyectos que sirvan para la conservación.  Igual, si hay que meter las manos en la maza, supongo que las meto. Me gusta la idea de luchar por lo que vale la pena, apoyo a gente como Javier Trivelli, que está protegiendo la zona de Quirilluca. Para mí, toda esa clase de personajes son héroes.

Por otro lado, rechazo los proyectos que tengan que ver con publicidad, que es algo con lo que no estoy de acuerdo. Me declaro totalmente anti capitalista, lo digo así, libremente. He llevado mi capacidad como ilustradora a proyectos que de verdad no tienen plata, y no espero lucrar, Lo hago porque creo que son aportes para hacer reales cambios y están dirigidos a gente que de verdad quiere hacer esos cambios.  Porque si hay que defender algo, voy a ir a defenderlo.

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Antes de terminar esta conversación, Antonia nos cuenta que una de las tareas que su vocación le ha encomendado para difundir el caos socioambiental del último tiempo, fue grabar un documental sobre Chiloé, durante la época en que se produjeron  las olas de marea roja que alborotaron a miles de chilenos. “Llegamos allá cuando había fuego en la calle, estuvimos en la calle grabando con al Paisano (Ernesto Paisano), un artista, músico y poeta, con quien estamos llevando a cabo este proyecto que es una mezcla entre ciencia, música y arte, y que busca explicar a fondo el conflicto que ocurrió en la zona austral”, dice.

Otro de sus proyectos más llamativos es “Habitantes del Cosmos”, un juego de cartas que muestra la relación entre pueblos originarios con la naturaleza. Dice que a través de él, se usarán energías de la Tierra y ritos de plantas, entre otros trucos que permitan conectar los conocimientos de nuestra cultura. Un desafío, que al igual que Támaro, pretende mostrar ese lado humano que nos exige escuchar un pasado que nos permite mantenernos vivos.