Por Jens Benöhr, Paulo Urrutia, y Patricia Letelier

Hoy Chile arde, pero no arde por casualidad. La extensa superficie de pinos y eucaliptos que cubre nuestro país es propuesta como una de las principales causas por la cual el fuego prolifera y persiste. A raíz de los catastróficos incendios que afectan a las regiones de O’Higgins, Maule y Biobío, ha surgido un intenso debate en torno al papel de las plantaciones de eucalipto (Eucalyptus globulus) y pino (Pinus radiata) como un factor relevante en la dispersión del fuego.

Actualmente existen diversos estudios que alertan sobre la inflamabilidad y el peligro del uso extensivo de monocultivos cercanos a zonas urbanas. Al respecto, investigadores de la Universidad Austral han señalado que la alta inflamabilidad de eucaliptos y pinos, responde a que han evolucionado en países donde el fuego ha sido una perturbación natural durante miles de años. Estas especies suelen depender del fuego para la apertura de sus frutos y diseminación de sus semillas. Dada esta relación, la inflamabilidad resulta  beneficiosa porque de paso se elimina la competencia con plantas vecinas. Las especies que poseen estas características son las llamadas “pirófitas”. Estudios realizados por el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2) han demostrado que la probabilidad de que ocurra un incendio es altamente mayor en las plantaciones forestales de pino y eucalipto que en las áreas de bosque nativo.

Por tanto, el principal problema detrás de los actuales incendios, no es sólo quien los inició (naturalmente que cada uno culpará a su contrincante ideológico), sino por qué persisten y se propagan tan fácilmente. Esto evidencia la vulnerabilidad cotidiana en que vivimos, sitiados por monocultivos altamente inflamables. Además, estas plantaciones están directamente ligadas a la escasez de agua y la producción de suelos extremadamente secos en verano, lo cual es agravado por las altas temperaturas de los últimos años. Por otra parte, el bosque nativo, que presenta algunas formaciones vegetales con características ignífugas (resistentes al fuego), se encuentra prácticamente reducido a pequeños remanentes dispersos por el territorio, y con su superficie en constante retroceso.

¿Qué pasó con el bosque chileno?

La memoria colectiva mapuche recuerda como abundantes y sagrados los húmedos bosques del sur de nuestro continente. Estas formaciones boscosas fueron también descritas por los primeros españoles en llegar a la zona como espesas e impenetrables selvas. Los bosques nativos representaban para el pueblo mapuche fuente de sustancias medicinales, alimentos y madera para la fabricación de construcciones, embarcaciones y herramientas, lo cual se tradujo en una equilibrada relación de uso y respeto. Esto culminó con los primeros combates contra los españoles, quienes quemaron grandes superficies de bosques y sembrados para eliminar el refugio y sustento de los mapuches.

Este desapego occidental hacia los bosques nativos puede cuantificarse a partir de las primeras estadísticas de la superficie de bosque en Chile, realizadas poco después de la Independencia. En el libro “Huella del fuego”, del ingeniero forestal Luis Otero, se calcula que a inicios del siglo XIX, en Chile había 24.000 millones de hectáreas de bosque nativo, las cuales para el año 1912 fueron reducidas a 15.700 millones, llegando hoy en día a una superficie de aproximadamente 5.000 millones de hectáreas. Es decir, entre 1800 y 2000, a través de la quema para habilitar terrenos agrícolas, la tala para la obtención de madera nativa y la sustitución de bosques por plantaciones de monocultivo forestal, hemos destruido más de dos tercios de nuestra superficie de bosque nativo.

Actualmente, entre las principales causas de la deforestación del bosque nativo está la sustitución por plantaciones de pino y eucalipto. El estado chileno inició los primeros monocultivos de pino a gran escala en las décadas de 1950 y 1960, los cuales estaban destinados a recuperar el suelo erosionado por la intensiva agricultura de trigo. Posteriormente, se instalaron las primeras industrias estatales de pulpa y papel, privatizadas en plena dictadura y actualmente parte de las empresas que monopolizan el rubro forestal. Destacan entre ellas Arauco y CMPC, un duopolio de forestales pertenecientes a las más acaudaladas familias de Chile, Angelini y Matte respectivamente. Con exención de impuestos y subsidios estatales desde 1974, además de miles de plantaciones y varias plantas de celulosa establecidas en el país, el rubro forestal en Chile se convirtió en un negocio lucrativo sin medidas efectivas que regulen su actividad.

Los principales impactos socioambientales de esta deforestación han sido la disminución de biodiversidad, la erosión y acidificación de los suelos, la disminución de la calidad y cantidad de agua en los ríos y esteros, el aislamiento de las comunidades humanas por deterioro de la red vial y la migración campo-ciudad con los consiguientes cordones de pobreza urbanos. Además, el bosque nativo es considerado por la industria forestal como un obstáculo para el crecimiento de las plantaciones, siendo denominado “maleza” y como tal eliminado.

¿Por qué las plantaciones no son bosques?

De acuerdo al último informe de la Evaluación de los Recursos Forestales Mundiales, emitido por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) para el año 2015, en Chile el área de “bosques y otras tierras boscosas” alcanzó las 17.735 millones de hectáreas. Sin embargo, tan sólo 5.355 millones de ellos son bosques vírgenes, es decir, menos de un tercio de las áreas boscosas de Chile son bosques nativos prístinos.

La idea de bosque hace referencia a los ecosistemas donde la vegetación predominante está compuesta por una gran heterogeneidad de árboles y arbustos. Estas plantas crecen al ritmo que la disponibilidad de agua y nutrientes en el ambiente permiten, siendo ellas a su vez sustento ambiental para múltiples organismos, con los que finalmente forman ecosistemas repletos de vida. El proceso que genera estas asociaciones boscosas consiste en un fenómeno denominado sucesión ecológica: transición desde zonas abiertas generadas por diversos eventos (incendios, erupciones volcánicas, etc.), pasando por varios estados intermedios hasta la etapa de bosque maduro, transición que dura cientos de años. Esta idea es contraria a la de plantación, en la que el manejo humano mantiene un ecosistema inestable, explotando la tierra de forma insostenible a partir de plantaciones que rotan cada 10 a 15 años -rotaciones cortas- antes de ser cortadas por tala rasa. Un ejemplo de esta diferencia es el denso y biodiverso sotobosque (plantas que crecen cerca del suelo) de los bosques y el yermo y casi inexistente sotobosque en las plantaciones de pino o eucalipto, donde las pocas plantas que logran crecer son eliminadas por tóxicos pesticidas como el glifosato, generando verdaderos desiertos verdes.

Alternativas al modelo de especies inflamables

A pesar del desolador panorama, hoy en día existen diversas iniciativas para la recuperación del bosque nativo. Entre ellas se proponen sistemas de producción alternativos al monocultivo de pino o eucalipto, como las plantaciones multiespecificas de árboles nativos; utilizando, por ejemplo, el coigüe para la producción de madera; el avellano para la obtención de avellanas y el ulmo como fuente de la deliciosa miel de ulmo. También existen agrupaciones recolectoras de productos no maderables del bosque nativo, quienes se dedican a la recolección de dihueñes, changles, nalcas, murtilla y maqui, entre otros. Además, destaca el turismo como herramienta para poner en valor la observación y comprensión del patrimonio natural, más allá de la extracción de recursos del mismo. Este tipo de iniciativas benefician directamente a las comunidades donde se emplazan, generando una mejora sustancial en la calidad de vida de sus miembros. Para los propietarios de pequeñas o medianas plantaciones, surge entonces la pregunta: ¿Por qué no cambiar los cortoplacistas monocultivos inflamables por un manejo sostenible a largo plazo de bosque nativo, de igual o mayor capacidad productiva?

Además, y considerando que a corto plazo el sistema de plantaciones pirófitas no va a cambiar, es urgente y prioritario la instauración de un plan maestro que apunte a la disminución de la vulnerabilidad de las ciudades a incendios, cada vez más severos y frecuentes. Este plan debiera contemplar la restauración de la vegetación nativa en la interfase urbano-forestal. Esto implica la creación y mantención de un perímetro libre de eucaliptos y pino en torno a las áreas urbanas, construcción de cortafuegos y la restauración del paisaje forestal con diversas especies nativas, algunas de ellas resistentes al fuego. En el venidero período de elecciones, éstas deberían ser parte de las exigencias a la agenda de tu candidato. Es hora de levantar la voz y decir adiós a las plantaciones de monocultivo cercanas a los poblados humanos y, por qué no, meter las manos en la tierra y plantar pequeñas semillas de boldo, peumo, coigüe u otra linda planta, que ya germinará y del fuego nos protegerá.

Recolectoras de dihueñe en un bosque nativo en la cordillera de Nahuelbuta. Foto: Erick Vigouroux

*Fotos por Erick Vigouroux y Claudio Vicuña

Fuentes:

Bengoa, J. (2002). Historia de un conflicto: el estado y los mapuches en el siglo XX. Santiago: Editorial Planeta/Ariel.

Frene, C. & Núñez, M. (2010). Hacia un nuevo Modelo Forestal en Chile. Revista Bosque Nativo 47: 25-35.

Heilmayr, R. et al. (2016). A plantation-dominated forest transition in Chile. Applied Geography 75: 71-82.

Miranda, A. et al. (2016). Native forest loss in the Chilean biodiversity hotspot: revealing the evidence. Reg Environ Change, 16: 1-13.

Otero, L. (2006). La huella del fuego. Santiago: Pehuén editores.