“El agua, la tierra y el aire son bienes escasos, por tanto debemos cuidar nuestros recursos naturales para seguir creciendo de manera sustentable con el ambiente.”

Para muchos, esta frase representa el nuevo paradigma del cambio, la esperanza de un futuro con autos eléctricos y muros verdes como prótesis respiratorias de la ciudad. Para otros, este es un enunciado de una ecología superficial, que si bien entiende que el planeta impone límites al avance de la industrialización y la explotación de los recursos naturales, no cuestiona la estructura económica de las sociedades contemporáneas. Mientras la tecnología lo permita, es posible seguir creciendo hasta el infinito. El único cambio necesario es tener electrodomésticos más eficientes que usen menos electricidad, es decir, el progreso tecnológico.

En este contexto, se ha adoptado una palabra que muchos hemos escuchado hasta el cansancio: sustentabilidad, cómo seguir creciendo y no destruir el mundo en el intento. Los usos más frecuentes de este concepto están basados en el reporte «Nuestro futuro común», preparado por la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo (CMMAD, 1987), también conocido como informe Brundtland (en referencia al apellido de la coordinadora de esa comisión), donde se definió a la sustentabilidad como:

“… la capacidad de satisfacer necesidades de la generación humana actual sin que esto suponga la anulación de que las generaciones futuras también puedan satisfacer las necesidades propias…”

Se encuentra el compromiso con las generaciones futuras, todo bien hasta ahí,  pero la definición prosigue:

Cuadro New Pioneers por Mark Henson

“… el concepto de desarrollo sostenible implica límites, no límites absolutos, sino limitaciones que imponen a los recursos del medio ambiente el estado actual de la tecnología y de la organización social y la capacidad de la biósfera de absorber los efectos de las actividades humanas, pero tanto la tecnología como la organización social pueden ser ordenadas y mejoradas de manera que abran el camino a una nueva era de crecimiento económico” (CMMAD, 1987).

Tras una breve consigna de compromiso, se abordan los límites al desarrollo. Si bien se los acepta, se sostiene que son relativos, donde se puede manejar tanto la tecnología como la organización social, frente a los determinantes ecológicos. Esto permite llegar a una llamativa conclusión, la defensa del crecimiento económico (Gudynas, 2011).

¿Y qué sucedería si el crecimiento económico es simplemente incompatible con una verdadera sustentabilidad, comprometida con las generaciones futuras? La velocidad actual de la economía no sólo se fundamenta en innovaciones tecnológicas, existe una estructura política vinculada a una industria de la extracción, la cual a pesar de todos los informes y comisiones, persiste como un brutal saqueo de los elementos de la tierra, principalmente en los países en “vías de desarrollo”, todos periféricos y prescindibles, ubicados en Sudamérica, África y Asia. Primer, segundo y tercer mundo en este sentido son posiciones en una dolorosa carrera hacia la autodestrucción.

Arne Naess. Foto por Petter Mejlaenders

Al respecto, ante esta tardía comprensión de la finitud de los elementos, especies y ecosistemas del planeta, durante los años 60 surgieron dos movimientos ecologistas. El filósofo noruego Arne Naess, en su artículo “The shallow and the deep. Long-range ecology movements”, los distingue como: “un movimiento ambientalista antropocéntrico, tecnocrático y ‘poco profundo’, preocupado esencialmente por la contaminación, reducción de las materias primas, y de la ‘salud y prosperidad de las personas en los países desarrollados’”, y un “movimiento ecologista profundo y de largo alcance”, de ‘carácter ecocéntrico’”. Este último caracterizado por conclusiones científicas e intuiciones ecológicas similares en muchas partes del mundo, afines a filosofías y cosmovisiones indígenas. La expansión de esta conciencia ambiental ha influido también sobre el campo de la filosofía, de donde surge el movimiento de ecología profunda.

Para este movimiento, la complicada cuestión de cómo las sociedades industriales pueden incrementar la producción de energía con consecuencias menos dañinas es generalmente un desperdicio de tiempo si este incremento carece de sentido para las comunidades que habitan los territorios, tanto humanas como no humanas. Cuando se argumenta desde premisas ecológicamente profundas, la mayoría de las soluciones tecnológicas que se puedan proponer, como el uso de centrales hidroeléctricas, termoeléctricas, minas a tajo abierto, pesca de arrastre, tala rasa, fracking y otros medios de extracción de recursos o producción energética, no necesitan ni siquiera ser discutidas.

La siguiente tabla compara lo que sería una ecología superficial, basada solo en cambios tecnológicos, y una ecología profunda, con cambios políticos y económicos basados en fundamentos filosóficos:

Tabla de Rozzi (2007)

El movimiento de ecología profunda es por lo tanto “el movimiento ecologista que analiza más profundamente” (Naess, 2001). En este sentido, la ecología profunda no es sólo una propuesta de desarrollo alternativo, sino también una alternativa al desarrollo (Gudynas, 2011) fundamentada en ocho principios que definen las condiciones para vivir y trabajar en pos de cambios en nuestras relaciones humanas y con el planeta. Aquellos puntos son los siguientes:

1. El florecimiento y el bienestar de la vida humana y no-humana en la Tierra poseen un valor por sí mismos. Estos valores no dependen de la utilidad del mundo no-humano para los objetivos humanos.

2. La riqueza y la diversidad de las formas de vida contribuyen a la realización de estos valores y constituyen además valores por sí mismas.

3. Los seres humanos no tienen derecho a reducir esta riqueza y diversidad excepto para satisfacer necesidades vitales.

4. El florecimiento de la vida humana y no-humana requiere una población humana más pequeña.

5. La interferencia humana actual con el mundo no-humano es excesiva, y la situación está empeorando rápidamente.

6. En consecuencia, las políticas deben ser cambiadas. Estas políticas afectan estructuras económicas, tecnológicas, e ideológicas básicas. El estado de las cosas resultante será profundamente diferente del actual.

7. La transición ideológica principalmente será la de apreciar la calidad de vida (que prospera en situaciones de valor intrínseco) más que adherirse a un estándar de vida cada vez más elevado. Habrá una profunda conciencia de la diferencia entre el “tamaño grande” y la grandeza.

8. Aquellos que suscriben los puntos anteriores tienen directamente o indirectamente una obligación de intentar implementar los cambios necesarios.

Respecto al primer punto de los ocho principios, es interesante que esta formulación se refiere a la ecósfera en su totalidad (ecocentrismo). Esta incluye individuos, especies, poblaciones, hábitats, así como culturas humanas y no-humanas. Esto implica una preocupación y un respeto fundamental por la vida. El término “vida” se utiliza aquí en una forma no técnica y más absoluta para incluir también lo que los biólogos clasifican como “no vivo”: ríos, lagos, humedales, montañas y otros elementos “inertes” del paisaje. Para los partidarios de la ecología profunda, consignas del tipo “dejen vivir al río” ilustran este uso más amplio tan común en muchas otras culturas.

Los principios de la ecología profunda proponen un enfoque ecocéntrico hacia los problemas socioambientales que afectan a la Tierra, con sus normas filosóficas y un llamamiento al activismo ecologista. Una de las premisas de este movimiento es que las estrategias de protección y restauración son implementadas más ansiosamente por personas que aman lo que están resguardando, y que están convencidas que lo que aman es intrínsecamente digno de ser amado. Ellos poseen una ética genuina de conservación, no simplemente un instrumento tácticamente útil para la supervivencia humana.

En síntesis, se propone que el movimiento ambientalista debe ser ecosófico más que ecológico. La ecosofía es un tipo de sabiduría, que contiene tanto valores, como hipótesis concernientes al estado del planeta.

Actualmente, en Chile y el mundo, existe la necesidad de justificar estadísticamente los beneficios de la protección de la naturaleza. A través de la monetarización de “servicios ecosistémicos”, se le asigna un valor arbitrario e infinitamente minúsculo a ecosistemas milenarios.

Dentro de este afán, conocido como economía de la naturaleza (Fatheur, 2014), debemos recordar que también podemos defender las cosas por un simple hecho: porque las amamos.

La ecología profunda hace especial énfasis en el valor de los elementos que nos rodean por sí mismos, independiente de su utilidad para la especie humana. Además, hace un llamado al compromiso y la acción. Un buen ejercicio mental para comenzar la acción es pensar ¿cómo pensamos al referirnos a la naturaleza? ¿Es esta un baúl de riquezas, siempre abierto para su extracción, o es la naturaleza un sistema de relaciones misteriosas, donde el baile entre viento, mar y mareas es tan valioso como el primer llanto de la vida?

Quizás pensar otra frase ya es un primer paso, “El agua, la tierra y el aire son elementos antiguos que componen nuestros cuerpos, por tanto debemos reconocer, proteger y amar su historia para seguir curioseando por ahí en este planeta.”

Referencias:

Fatheur, T. (2014). Nueva economía de la naturaleza. Ediciones Böll.

Gudynas, E. (2011). En: “La Tierra no es muda: diálogos entre el desarrollo sostenible y el postdesarrollo”. Alberto Matarán Ruíz y Fernando López Castellano (editores). Universidad de Granada, Granada.

Naess, A. (2001). El movimiento de ecología profunda. Algunos Aspectos Filosóficos. Traducción por Paolo Catelan.

Rozzi, R. (2007). Ecología superficial y profunda: Filosofía ecológica.

Foto portada: cuadro por Lynn Randolph