Imaginemos una especie de mamífero que vive en poblaciones, en un ambiente en particular, haciendo usufructo de los recursos naturales, los cuales les permiten reproducirse y subsistir. Supongamos que estos mamíferos obtienen los recursos de manera cooperativa, cazando en grupo por ejemplo, distribuyéndose las labores de mantención y permitiendo la satisfacción de las necesidades de todos los individuos, esto a pesar de que los recursos se distribuyen de forma jerárquica, lo que genera que un grupo de individuos de esa población, a la que llamaremos “élite”, tenga mayor acceso a recursos que el resto de la población, que llamaremos “comunes”.

En la medida que la población crece, producto de la cooperación entre individuos,  hay un incremento en el acceso a recursos, lo que trae como consecuencia que la población siga creciendo y siga cooperando y siga extrayendo más recursos.  A pesar del aumento de la accesibilidad, producto de “normas jerárquicas”, los recursos extras no se distribuyen equitativamente entre los “comunes”, si no que  por el contrario, la “élite” aumenta más y más sus niveles de consumo. 

Es importante destacar que los estatus “comunes” y “élites” no son estáticos, y existe cierto dinamismo dentro de la población. Un individuo “común” que adquiera ciertos rasgos de dominancia, puede devenir en “élite”. Al mismo tiempo,  un individuo de la “élite”, puede venir a menos y perder los rasgos de dominancia, transformándose en un “común”. En el seno de población de mamíferos que estamos imaginando, empieza a surgir una pugna interna por obtener esos rasgos de dominancia, los cuáles irán ligados directamente a la obtención de más recursos para su consumo.

En la medida que la población va creciendo y va cooperando, incrementa la accesibilidad de recursos, y en ese proceso, algunos miembros de los “comunes”; los más capacitados o dominantes, devienen en “élites”, aumentando su “nivel de vida”  y aumentando los niveles  de consumo de la población en general; sin embargo no de todos los individuos. Si bien el ambiente particular tiene cierta capacidad regenerativa, existe un punto crítico en el cual, dicha capacidad no logra suplir el incremento en el ritmo de consumo de las “élites”. Entonces, a medida que se incrementa la tasa de consumo de la población en general, la misma se va  a aproximar a la tasa de regeneración, por lo que la disponibilidad de recursos  per cápita empieza a disminuir.

Serigrafía en madera por Peter Gourfain

Al disminuir los recursos per cápita, la interacción entre los individuos de la población de la especie de mamífero pasa de cooperación a competencia. Así, la “élite” ejerce con mayor peso su dominancia, acaparando más recursos mientras que los “comunes”; individuos recesivos, disminuyen su tasa de consumo. Pese a ello, la tasa de consumo poblacional sigue escalando, dado que la “élite” busca mantener su estilo de vida (niveles de consumo) a costa de los “comunes” y de las generaciones futuras.

Si la escasez de recursos aumenta, llega un punto en donde los niveles de consumo de la élite no son sostenibles, por lo que se inician conflictos o competencia intra-élites, donde sólo los individuos con más “rasgos dominantes” permanecen dentro de su estatus, mientras que aquellos “más recesivos” dentro de la élite devienen en “comunes”. Sin embargo, en las poblaciones de nuestros mamíferos imaginarios, esta competencia entre individuos “élites” pueden llegar a ser cruentas, generándose episodios internos de violencia y reducción de la población. Estos escenarios se pueden traducir en hambrunas, epidemias, “choques “ violentos y aumento de la precarización.

Si bien lo anterior pudiera sonar a ficción apocalíptica,  una revisión histórica de los conflictos y colapsos poblacionales en sociedades  humanas, parecen indicar que el relato anterior se ha presentado más de una vez en escenarios pasados, en distintas épocas y diferentes sociedades. Al menos esta es la postura del ecólogo de poblaciones Peter Turchin y su grupo de investigación interdisciplinario. Este autor, en varios de sus libros (por citar algunos:  Secular Cycles y Historical Dynamics), desarrolla la denominada hipótesis demográfica-estructural, la cual a su vez surge como una adaptación de las ideas del historiador Goldstone. En dicha hipótesis, el autor correlaciona colapsos poblaciones, caída de Imperios, guerras civiles, hambrunas y conflictos armados con crecimiento poblacional,  incremento de la desigualdad, colapso económico de Estados y conflictos intra-élite.

El grueso de la evidencia empírica de esta hipótesis se sustenta en las oscilaciones o “ciclos seculares” de las poblaciones en sociedades agrarias pre-revolución industrial. Turchin observó que diversas sociedades agrarias, en diferentes latitudes y continentes, presentaban fases de crecimiento poblacional, con expansión y florecimiento de imperios, y fases de decrecimiento o colapsos poblacionales, los cuales guardaban relación con conflictos armados, epidemias, hambrunas, guerras civiles, entre otros. Estas oscilaciones (crecimiento/decrecimiento) se presentaban en sociedades con un periodicidad de 200-300 años.

Para Turchin y Golstone, el mecanismo que está detrás de la periodicidad anteriormente comentada es similar al que generó conflictos en la población de nuestro mamífero social imaginario. Haciendo una simplificación, Turchin asume que las sociedades agrícolas presentan un grado de desarrollo tecnológico relativamente bajo, por lo que la tasa de incremento en la disponibilidad de recursos es menor al observado en las sociedades contemporáneas. Por ello asume, que la cantidad de recursos disponibles permanecen constante y la tasa de regeneración es marginal. 

Por lo tanto, al crecer la población, la cantidad de recursos per cápita va a disminuir. Esta disminución progresiva torna la interacción de cooperación en competencia, incrementando tensión en el seno de la sociedad.

Al mismo tiempo, los Estados, en la medida que se incrementa la población, aumentan sus gastos, ya que necesitan invertir en fuerza pública para contener a la población creciente, y en infraestructura que permita el flujo de productos y en gasto social, y empieza a experimentar crisis que precipita en colapso económico del mismo. Las élites, agobiadas por la competencia de recursos y la necesidad de mantener los estatus de consumo inicia revueltas y rebeliones que, ante la carencia de un Estado fuerte, terminan en grandes conflictos armados, en donde aumenta la mortalidad, disminuyen la natalidad y aumentan las migraciones. Estas últimas consecuencias generan un colapso poblacional, la cual disminuye el número de individuos élites y comunes, y con ello reduce la presión sobre los recursos, dando pie al comienzo de una nueva etapa de crecimiento.

En la hipótesis demográfica estructural, el mecanismo asociado a los colapsos poblacionales es similar al observado en otras especies en escenarios donde se intensifica la competencia biológica producto de un aumento de la razón requerimiento de “requerimiento de recursos/acceso a recursos”. Si bien, las sociedades industriales y post-industriales son más complejas que la agrícolas, existe evidencia que parecieran indicar que los mismos mecanismos estructurales podrían estar operando. Si bien, por un lado, el incremento de la tecnología y el desarrollo de innovaciones han permito incrementar el acceso a recursos a niveles que no tienen precedente en la historia, lo que se traduce en que un aumento en el crecimiento poblacional no necesariamente va a conllevar a un aumento de la razón “requerimiento/acceso”, por el otro, los niveles de requerimientos y consumo de recursos también han alcanzado niveles antes nunca vistos. A diferencia de lo que ocurría en sociedades agrícolas, la mayor parte de la energía consumida en las sociedades modernas no va dirigida a satisfacer necesidades metabólicas, sino que son dirigidas para mantener y aumentar los actuales niveles de producción, construir maquinarias, generar capital humano avanzado, infraestructura y medios de transporte. Por tanto, las sociedades modernas y contemporáneas no se libraron y se libran de la competencia por recursos.

Lo que se entiende por recursos también se ha complejizado. En sociedades agrícolas, el acceso a recursos (comida, empleo y beneficios económicos por ejemplo) dependía principalmente de la tierra arable disponible. Posterior a la revolución industrial, se generaron dos grandes cambios. La expansión y desarrollo del capitalismo y el surgimiento de un Estados fuertes, los cuales cuentan con un aparataje jurídico, legislativo y militar, que les permite jugar un papel preponderante en el flujo de recursos y la fijación de “normas jerárquica” de distribución de los mismos dentro de la sociedad. Por tanto, surgen dos nuevos e importantes recursos: poder económico y poder político, ninguno constituye en recurso en sí mismo, pero son las monedas de cambio que permiten la obtención de los mismos en una economía de mercado. El poder político, o el poder de influenciar sobre el Estado, es preponderante para jugar un rol determinante en la distribución de recursos, y el poder económico, capacidad de comprar y/o de inversión, que es la moneda de cambio que va a permitir tener acceso al mercado de recursos.

En Latinoamérica, en comparación a Europa y Estados Unidos, el proceso de desarrollo del capitalismo y del Estado moderno se dio de forma tardía, prácticamente durante finales del siglo XIX y todo el siglo XX. En consecuencia, estas naciones experimentaron cambios en un contexto en donde ya existían grandes potencias. El resultado de estas diferencias fue que la región, en la distribución del trabajo a nivel mundial, le correspondió la función de ser economías extractivistas y rentistas, en donde se obtienen los commodities que posteriormente serían trasladados y vendidos a otras naciones donde serían transformados en bienes y servicios que posteriormente serían exportados. Por tanto, una parte de la élite nacional e internacional, se concentró en la transformación de recursos naturales en capital financiero, adueñándose de los mismos para beneficio propio.

En líneas generales, las sociedades capitalistas, y más aún las neoliberales (como la chilena) presentan niveles de consumo elevados, los cuales son principalmente altos en los estratos élite de la población.  Tal como se comentó anteriormente, para mantener estos niveles de consumo la élite necesita “rasgos de dominancia”: poder económico e influencia política. Sin embargo, las materias primas, los mercados, clientes, capital humano,  capitales financieros y funcionarios públicos sobre los cuáles ejercer presión son limitados. De esta manera, en el seno de las sociedades industriales y postindustriales, existen los mismo condimentos para que existan las misma tensiones internas que las sociedades pre-industriales; élites que necesitan mantener niveles de consumo elevados a costa de comunes y  de otros miembros de la élite.

En un sistema capitalista, que la élite busque niveles de consumo cada vez mayores no es problema únicamente moral, es una cuestión de supervivencia de estatus (niveles de consumo). El hecho de que un miembro de la élite decida obtener menos utilidades de su producción, por ejemplo, implicaría menor disponibilidad de capital para invertir, lo que se podría traducir en una menor capacidad competitiva, conllevando a una pérdida paulatina de lo que hemos denominado “rasgos de dominancia”, es decir, la capacidad de influir en las esferas de la clase dirigente y menor poder económico. En consecuencia, aumenta la probabilidad de que estos individuos devengan en “comunes” ante escenario de competencia. Por tanto, lo común en un sistema capitalista de producción es que las élites busques continuamente “ser más competitivos” y por tanto requieren “acaparar recursos”. Como resultado de estos procesos hay un aumento de las desigualdades sociales entre los diferentes estratos que componen la sociedad, así como una gran concentración del poder político y económico de la élite.

Existe evidencia de que procesos similares al anteriormente descrito se ha presentado en Chile, país que presenta grandes niveles de  concentración del poder económico. Prácticamente todos los sectores productivos y financiaros están dominados por “las élites”, tanto nacionales como internacionales.  Desde la minería, la industria forestal, las pesqueras, la construcción, los seguros de vida, las telecomunicaciones y la banca, entre otros, están controlados por grandes grupos económicos, los cuáles, a través de  holdings” y directorios entrecruzados de diferentes sociedades anónimas controlan todos los rubros de la economía chilena (Lagos, 1962; Claude, 2006).

Un ejemplo de esta gran concentración es que sólo el 1% de las megaempresas realizan 80,5% de la facturación total del país y el 96,1% de las exportaciones, a pesar de que únicamente aportan 10% de los puestos de trabajo (Claude, 2006).  Esta gran concentración es responsable de la gran desigualdad existente en Chile, que a es una de las mayores a nivel mundial, donde el 20% más desposeído tiene un ingreso mensual de 75 mil pesos promedio y un hogar del 20% con mayores recursos cuenta con ingresos que están por encima del millón de pesos.  Al mismo tiempo, mientras que el 85% de los chilenos tiene una renta que no supera el 350 mil pesos mensuales, los grupos Luksic, Angelini y Matte acumularon, para el 2005, una riqueza de 9 mil 800 millones de dólares (Claude, 2006). 

Esta concentración de poder económico evidentemente  tiene implicancias en las esferas políticas. Desde la década de los 50 ya existía evidencia de los vínculos estrechos de la política y los grupos económicos, y varias parlamentarios formaban parte directa o indirectamente de diferentes directorios de sociedades anónimas dominadas por las “élites”. Al mismo tiempo, no se puede subestimar la influencia que tienen los grandes medios, controlados por los grandes capitales, en la opinión pública, lo que constituye otra formar de concentración del poder político (Lagos, 1962).

El capitalismo y el desarrollo tecnológico- industrial, traen como consecuencia a su vez, una mejora de las condiciones de vida de la población en general, lo que se traduce en mayores niveles de consumo. En las sociedades desarrolladas, una mayor inversión en capital humano genera una mayor retribución. Diversos estudios han mostrado que, en una economía de libre mercado y globalizada, uno de los principales componentes que explican las diferencias de ingresos entre los diferentes estratos sociales es la educación. De manera que, aquellas personas con mayor formación, más estudios o más habilidosos; rasgos de “dominancia” cuya adquisición requiere un gasto energético y de recursos mayor,  podrán obtener mayores ingresos y beneficios, pudiendo acceder al estatus de consumo de la élite.

Ilustración: Davide Bonazzi

 

Por tanto, existe un escenario en donde, por una lado, las “élites establecidas”; los grandes grupos económicos, requieren competir y acaparar recursos para mantener y elevar el consumo requerido para permanecer en el contexto político y económico, y por el otro lado, los “aspirantes a élite”; que producto de su formación demandan mejores condiciones de vida.  Este escenario constituye un caldo de cultivo para que, al igual que la población de mamíferos que imaginamos al principio de este texto y a las sociedades pre-industriales, ocurran conflictos e inestabilidades socio-políticas como consecuencia del incremento de la competencia intra-élite por recursos, la cual estaría asociada al aumento de la razón requerimiento/accesibilidad. En otras palabras, competencia de “élites” por recursos  limitados.

La relación de la competencia intra-élite con las inestabilidades sociopolíticas en sociedades industriales nunca ha sido puesta a prueba, con esta aproximación, en el contexto chileno y Latinoamericano. Turchin, en su libro  Ages of Discord” aplicó estos conceptos a la sociedad estadounidense del siglo XIX, encontrando conexión entre el incremento de tensión en el estrato de la “élite” y la guerra civil de ese país. En Chile existen algunos síntomas que podrían estar indicando conflictos de “élites” como podrían ser  las manifestaciones estudiantiles de las últimas décadas, la precarización creciente de los académicos y  las cada vez más frecuentes manifestaciones de trabajadores públicos y privados por aumentos en los salarios, pensiones dignas y mejores condiciones salariales. Parte del choque entre la “vieja” y “nueva” política podría estar siendo explicada por estos fenómenos.

Comprender este tipo de procesos es de gran relevancia para el desarrollo de políticas de conservación. Como se comentó anteriormente, un sector de las élites latinoamericanas y foráneas, buscan apropiarse de recursos naturales públicos para transformarlos en utilidades y capital financiero privado.  Es precisamente en este contexto donde se da la competencia intra-élite regional, incluyendo la chilena, en donde grupos económicos buscan concentrar cada vez más recursos naturales para sí a costa de pueblos originarios, comunidades aledañas y la colectividad en general. Al mismo tiempo, dadas las exigencias de modelo económico, “las élites” requieren incrementar utilidades, buscando para ello abaratar costos de producción, lo que puede llegar a implicar  explotar  los recursos naturales sin tomar los resguardos medio-ambientales correspondientes.   La masividad sin precedente de los incendios forestales vividos durante comienzos de este  2017 es sin duda una evidencia de lo comentado anteriormente, así como también lo son los desbalances de los ecosistemas marinos, entre otros.

Estos grupos económicos, gracias a los enlaces que tienen con el sector Estatal, son capaces de actuar de manera impune, pudiendo influenciar sobre funcionarios para aprobar legislaciones que les convengan y ganar concesiones.  Lo intrincado y extenso de las conexiones de los grandes grupos económicos con los otros sectores de la productividad nacional, hace aún más compleja la problemática e incapacita aún más al Estado para adoptar soluciones en favor de la conservación de los recursos medio ambientales,  ya que ciertas medidas necesarias, por “efecto mariposa”, podrían generar grandes consecuencias en otros sectores de la economía

Por todo lo anterior, la conservación de recursos naturales, que es una pugna política,  no debe desmarcarse de la lucha contra el capitalismo, ya que este modelo alimenta el incremento del consumo y la competencia entre estratos e intra-élite, características que no van en consonancia con las prácticas necesarias para un desarrollo sostenible.

Imagen: Steve Cutts

Referencias

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-Lagos, R. 1962. La concentración del poder económico. Su teoría y realidad chilena. Memoria de Prueba para optar por el Grado de Licenciado en Ciencias Jurídicas y sociales de la Universidad de Chile. Disponible: http://repositorio.uchile.cl/tesis/uchile/1962/lagos_r/html/index-frames.html

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