Los líquenes se encuentran prácticamente en todas partes, siendo organismos pioneros en lugares desolados, componentes de la diversidad de los bosques y encontrándose incluso en las ciudades y construcciones humanas. Esta impresionante capacidad adaptativa se hace posible al unir las facultades individuales de diferentes organismos. Un liquen es la simbiosis -relación de beneficio mutuo- entre un hongo y un alga o una bacteria, los cuales a través del apoyo mutuo afrontan con éxito los desafíos de la vida.

Liquen fruticuloso con forma de copa. Fotografía de Bastian Gygli.

La asociación requiere un sustento mecánico donde existir. Esto lo provee normalmente un hongo (Ascomycota o Basidiomycota), llamado el micobionte, los cuales tienen una gran resistencia a la radiación solar y altas y bajas temperaturas, que es lo que permite a los líquenes su enorme capacidad de colonización de ambientes. El problema para el hongo es que necesita alimentarse y muchos de estos lugares no tienen sus fuentes de alimento usuales, la parasitación de otros organismos y la descomposición de materia orgánica. Este problema nos lleva al segundo componente clave de los líquenes: un organismo fotosintético llamado el ficobionte. Normalmente se trata de un alga o una cianobacteria, las cuales pueden realizar fotosíntesis, produciendo alimento a partir de la luz del sol, pero cuya resiliencia ambiental es mucho más reducida que la del micobionte. Así, micobionte y ficobionte se unen intercambiando sustento mecánico y comida, respectivamente, para general una asociación que tiene mucha más probabilidad de sobrevivir que sus componentes individuales.

Estructuralmente encontramos varias formas de crecimiento. La más simple es la de los líquenes crustosos, que crecen fuertemente pegados al sustrato. Luego encontramos los del tipo folioso, donde vemos estructuras laminadas que aumentan la superficie que capta luz. Finalmente encontramos los fruticulosos, donde se han desarrollado estructuras alargas parecidas a ramas.

Liquen crustoso. Fotografía de Bastian Gygli.

La reproducción puede ocurrir en conjunto, donde partes del liquen se desprenden como “esporas” en estructuras pensadas para esta finalidad o bien en trozos que se desprenden por acciones mecánicas externas. También es posible que los componentes fúngicos individuales de la asociación se reproduzcan de forma independiente, para luego encontrar otro compañero.

Liquen fruticuloso conocido como “Barba de viejo”, que suele colgar de los Nothofagus. Fotografía de Bastian Gygli.

Evolutivamente se cree que esta estrategia de vida ha aparecido en multitud de ocasiones, debido a su eficacia, pero por lo menos existe desde la era devónica (Thomas et al. 1997), hace unos 400 millones de años. Hoy en día existen más de 11.000 especies de hongos que participan en asociaciones liquénicas. La capacidad de colonización de los líquenes es una función ecológica fundamental para la salud de los ecosistemas, pues permite la entrada de materia orgánica a lugares inhóspitos para la vida, como un escorial volcánico, donde eventualmente los líquenes pioneros favorecerán la formación de suelo. También se han usado líquenes como indicadores de calidad de aire y niveles de contaminación, esto debido que la mayoría de los nutrientes los obtienen del aire, siendo muy sensibles al estado de este.

Liquen folioso. Fotografía de Bastian Gygli.

 

Referencias:

Gargas A. et al (1996) Multiple origins of lichen symbioses in fungi suggested by SSU rDNA phylogeny. Science, 268.

Thomas, N. et al. (1997). A Cyanolichen from the Lower Devonian Rhynie Chert. American Journal of Botany, 8(84): 992-1004.

Monge-Nájera et al. (2002). Twenty years of lichen cover change in a tropical habitat (Costa Rica) and its relation with air pollution. Rev. Biol. Trop. 50(1): 309-319.