Solemos sentirnos pequeños cuando estamos en medio de la vastedad de un paisaje solitario y salvaje, y tomamos conciencia de lo grande que es el mundo. Esa sensación de pequeñez, quizás sea la manifestación de nuestro deseo de salir del encierro –de expandirnos–, o quizás sea la evidencia de la inmensidad de lo desconocido dentro y fuera de nosotros mismos.

En el proceso de este proyecto me di cuenta que sentirse pequeños es de alguna manera, estar “desconectado” como especie de la totalidad. No importan los tamaños, ni razas, ni medidas comparativas, importa la astucia por sobrevivir; las alianzas entre especies y la convivencia entre sistemas de vida en constante búsqueda de balance.

Viviendo en una ciudad, olvidamos generalmente que estamos asentados en una naturaleza inmensa, y que a su vez, la ciudad ya es parte orgánica de esta naturaleza; es en sí misma una inmensidad de la que somos parte. Por ello es fundamental alejarse de vez en cuando e ir al campo abierto, así recuperar la conciencia de nuestra inmensidad íntima, y la conciencia de ser una especie más dentro del gran sistema del mundo. Creo que esta experiencia implica coraje, y a la vez, nos humaniza.

Realizar “La piedra dorada” fue, a mi interpretación, una alianza con la naturaleza, y una interacción entre mi cuerpo y esa piedra, como otro cuerpo.

La piedra dorada (junio 2017)

“Era un poco como si me hubieran transportado de una aldea cualquiera a un paraje arqueológico donde las piedras ya no fueran tan solo elementos de una casa, sino testigos.” Tristes Trópicos – Claude Levi-Strauss

En Cafayate, Salta, Argentina, desarrollé este proyecto de land art llamado “La piedra dorada”, en el cual descubrí lo que realmente implica trabajar en la naturaleza usando solo la fuerza y estrategias del cuerpo, y donde descubrí que lo estético es realmente sólo un reflejo efímero de algo más profundo y necesario, que es crear símbolos.

Proceso:

Durante mi estadía en Cafayate, descubrí que el río Chuscha, que atraviesa la ciudad, transportaba mica dorada. Me impactó lo sutil de su brillo y me pareció un rasgo singular de esta naturaleza y cultura: sus casas son construidas con arena de ese río.

Poco a poco, en el proceso de las caminatas que hacía por distintas alturas de ese paisaje fui descubriendo que en ciertos puntos por donde pasaba ese río, la mica cubría algunas rocas, y las hacía brillar. Me interesó esta acción: modificar una piedra de gran tamaño, cubriéndola de dorado. Que sea una piedra solar.

Por un lado, quería transformar una superficie opaca en brillante, haciendo que refleje su propio brillo y que al ser tocada por los rayos del sol irradie luz dorada natural, relacionando el dorado a lo sagrado. Finalmente, me inquietaba que al ser ajena a esa tierra, pudiera concretarlo.

En ese período conocí a Nico Rupay, nativo de Cafayate, de la cultura Calchaquí y guía turístico, quien me invitó a conocer El Paso, un lugar a 22 km de la ciudad, dentro de los valles calchaquíes. Los Valles Calchaquíes son tierras que antes de los Andes estuvieron bajo el océano, por ello que en medio de esos valles se encuentran caracoles y fósiles marinos. Otra característica es que son tierras sedimentarias, con distintos tipos de arcillas, yesos, óxidos, etc., entonces están en erosión continua, cambiando de forma por los vientos y lluvias.

Caminando por esa zona, se encuentran piedras gigantes entre medio de los caminos, y también, subiendo montañas –y producto de la erosión pluvial– se descubren suelos plagados de cuarzos que forman alfombras blancas resplandecientes en esos suelos rojizos.

Se me ocurrió que aquí podría realizar el proyecto, moviendo esa mica, a esta zona del desierto, conectando dos espacios distantes dentro de esta misma ciudad. Le propuse a Nico colaborar en este proyecto por sus conocimientos del territorio, y como aval de permiso para intervenir esas tierras sagradas. Aceptó con gran entusiasmo pero teníamos pocos días para realizarlo, y debíamos recolectar suficiente mica como para cubrir una piedra de gran tamaño.

Elección de la piedra:​

El día de inicio del proyecto coincidió con el solsticio; consideré este detalle como un rasgo simbólico de este proceso. Primero debimos pedir permiso a la Pachamama, acto ritual tradicional de los habitantes de esta zona. La roca que eligiéramos quería que este semi oculta; deseaba que sea plana, con cierta inclinación y de gran formato; y debía estar iluminada por el sol. Esta búsqueda nos llevó varias horas de caminata a lo alto, ancho y largo de El Paso.

Por último, la elección de la roca debía ser viable en relación al tiempo pautado, y al esfuerzo físico que solo dos personas podríamos soportar para concretarlo.

Recolección de la mica y arcilla:

Durante varios días fuimos caminando por la ribera del río Chuscha, recolectando la mica, descubriendo donde podríamos sacar ese mineral sin que se mezcle con la arena de tal manera que estuviera lo más pura posible. El proceso fue intenso, y las capas de mica se quebraban pero aun así logramos encontrar sectores bordeando rocas, donde el río acumuló mica.

Recolectar la mica, llevar agua y trasladar todo a ese lugar en medio del desierto fue una tarea de mucho esfuerzo físico, cargando peso y llevando nosotros mismos el material a ese sitio. Además, cuando el agua no era suficiente, teníamos que caminar aproximadamente 50 minutos hasta el río Calchaquí del otro lado de la ruta para recogerla y regresar para continuar con el proyecto.

La arcilla, que usaríamos de medio para conectar la mica con la piedra, la recolectamos en El Paso, y buscamos el tono más claro posible. En ese territorio solo se le está permitido extraer este material a los alfareros locales, pero no a empresas con maquinarias; detalle que me hizo reflexionar sobre proporciones orgánicas de consumo.

Intervención:

La intervención en si misma duró dos días. El primer día consistió en preparar la mezcla de arcilla y mica, para luego cubrir la piedra con varias capas usando de herramienta solo nuestras manos. Era fundamental cuidar la fuerza de mi mano sobre la superficie de la piedra para cubrirla sin que se destruya. A su vez, para que la mica se adhiera bien y quede lisa, debía ser un movimiento cuidado con la palma de la mano.

En el segundo día, de forma espontánea, invitamos a que participen del proceso final de acabado de la piedra, a mujeres de distintas culturas del mundo que estaban hospedadas en el hotel donde me alojaba. Esa mañana, salí bien temprano, antes que todos, ya que era fundamental ver como la luz del sol reflejaba en la piedra. Estar sola en ese lugar fue realmente especial, no me sentí más extranjera. Me puse a trabajar y luego llegó el grupo a colaborar. Fue muy emocionante y enriquecedora toda esta experiencia, la acción del trabajo colectivo e intercultural como cierre de la creación de la piedra me abrió una nueva perspectiva de trabajo. Una semana después fui a tomar registros de la piedra dorada, y allí estaba, brillando.

Reflexiones:

Para mi, este trabajo simbolizó la fuerza y estrategia del ser humano que persistiendo logra lo que se propone, con lo más elemental que tiene para hacerlo: su cuerpo y herramientas básicas. También reflexioné sobre balances; cuántas personas se necesitan para lograr un determinado trabajo en la naturaleza sin usar máquinas sofisticadas.

La piedra dorada implicó un intercambio cultural no solo por el aprendizaje y respeto de sus rituales y mirada de su naturaleza como una entidad viva, sino que los ritmos del cuerpo y comunicación eran diferentes. Logré lo que quería al principio: descubrir el cambio de la luz solar de acuerdo con la hora del día y cómo estaba revelando diferentes brillos de la piedra por incidencia directa, o por el reflejo de las cercanas montañas rojizas.

Con este proyecto tomé real conciencia de que intervenir el espacio natural no es tarea fácil ni decorativa. Es fundamental aprender a leer el paisaje y la luz; y es esencial hacerlo con sumo respeto por la cultura que allí habita. Realizar la piedra dorada en un medio tan solitario, desértico y escondido tuvo la característica fundamental de ser una muestra de humildad y fuerza; de no querer perpetuar esta obra, sino soltar la acción y que se funda con el entorno.

La piedra dorada fue la afirmación simbólica y sagrada de la presencia humana en esta naturaleza; a través de una acción ritual y guerrera, una piedra se convirtió en símbolo.

Cuando pienso en la relación entre ser humano y naturaleza lo hago desde la intuición de encontrar en esta, una vía de descubrimiento profundo de uno mismo, un espejo de los más íntimos y crudos aspectos de nuestra personalidad.

El proyecto “Cuerpo Expandido” a través del cual iré viajando por distintas culturas y paisajes, creando a partir de estas vivencias distintas series artísticas, tiene esa esencia, revelar tantos aspectos de mi misma como los paisajes que habité, y hacerme descubrir nuevas formas de ver, comunicarme, e interactuar con el mundo.