Hace ya cinco años que Andrea Torres compró su primera prensa tipográfica, y comenzó a realizar creaciones al ritmo de los engranajes y el golpeteo del metal. Cada día en su taller se remonta a otra época, estableciendo desde la experiencia encarnada un diálogo entre lo antiguo y lo nuevo, el hacer a mano y la máquina industrial, la lentitud y la eficiencia de los procesos. De esta manera, Andrea se vuelve parte del movimiento mundial que rescata el antiguo oficio de la impresión tipográfica (también conocido como letterpress). En conversaciones con Endémico nos cuenta más acerca de la experiencia de actualizar este oficio.

©Tipo Móvil

A modo de resumen. Cuéntanos un poco sobre este oficio.

La impresión tipográfica es el método de reproducción inventado por Gutenberg en 1450, y con el cual se imprimía todo —desde el diario hacia abajo— hasta hace unos treinta o cuarenta años atrás.

Es un invento fundamental en la historia, ya que la imprenta viene a revolucionar la manera de hacer copias, pues hasta ese momento la única manera de reproducir un material eran las transcripciones que hacían los monjes copistas a mano. Como resultado, masifica el acceso a la palabra escrita con consecuencias que son difíciles de dimensionar.

A la máquina se le llama prensa tipográfica y funciona a base de unos tipos (letras o caracteres) individuales y móviles —y por tanto reutilizables— con los cuales se compone líneas de texto, que luego son entintadas y estampadas sobre el papel; aunque también puede funcionar a modo de prensa de grabado utilizando matrices o clichés de ilustraciones. Como buena máquina de su época, es una mole de fierro de 900 kilos, preciosa, llena de engranajes, que tú dices “cómo a alguien se le puede haber ocurrido inventar una máquina que haga todos estos procesos”.

En Chile la prensa tipográfica seguía vigente hasta hace poco, imprimiendo boletas y facturas, aunque con las boletas electrónicas es algo que ya va en retirada. Y sin embargo surge, en muchos países (Estados Unidos, Europa, Argentina, entre otros) este deseo de recobrar o actualizar el oficio para que no se pierda.

¿Cómo llegas tú a la impresión tipográfica?

Desde que salí de la universidad (de la carrera de diseño) sentí siempre el déficit del ‘hacer a mano’, de alguna forma el diseño gráfico se convierte en estar sentado ocho horas frente a un computador, y eso a mí me hace mucho ruido, no es algo que me acomode en absoluto.
Entonces en esa búsqueda “volver al origen”, aparecen en escena la prensa tipográfica, me puse a investigar acerca del oficio y me di cuenta que tiene un porcentaje súper importante de diseño mezclado con ese proceso manual —de terminar con las manos entintadas— que era lo que me hacía tanta falta. Por otro lado, está la intención de recuperar un oficio que está en peligro de desaparecer, y volver a echar a andar todas esas máquinas de las cuales las imprentas se están deshaciendo.

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¿De dónde crees que viene la nostalgia que impulsa al movimiento que busca recuperar la impresión tipográfica?

La tecnología ha reducido cada vez más el tiempo de producción, para poder imprimir más páginas por segundo. Hoy vas a una imprenta grande, que imprime revistas, libros, diarios; y el operador tiene las uñas más limpias que cualquiera, porque son máquinas a las cuales les haces clic en una pantalla, que claro, es súper eficiente, pero se pierde algo en cuanto al tipo de experiencia.

Hay un romanticismo en estar allí frente a la máquina y ser parte del proceso que se lleva a cabo para concretar cada impresión. Es distinto el tipo de interacción entre el operador y las máquinas antiguas, que la interacción que se produce con las máquinas de hoy: son otros los tiempos de cada cosa y también es otro el grado de inmersión al que se llega.

Una analogía podría ser lo que pasa hoy con los zapatos hechos a mano. Lo más probable es que en China haya una súper máquina que hace zapatos en veinte segundo con unos robots, pero aún así sobrevive el zapatero tradicional, ese que se demora días, por que clava cada clavo con su martillo. Sobrevive porque hay una belleza en ese hacer a mano, en esos tiempos pausados de cada proceso, en el conocimiento y la intensión detrás de cada transformación que suceda a la materia, y también porque tiende a resultados de mucha más calidad.

¿Siempre se logran resultados de mejor calidad?

No necesariamente, como te decía en Chile para lo último que se estuvieron utilizando estas máquinas era para imprimir boletas y facturas, que en el fondo son de las cosas más desechables que se imprimen.

Sin embargo, en este resurgimiento del oficio, la calidad es algo que aparece, porque el movimiento viene desde las artes, entonces la intención tiene mucho más que ver con crear objetos que tengan un valor en sí mismos.

Por ejemplo, yo solo imprimo en papeles de algodón que tienen alto gramaje, y que dan como resultado una experiencia táctil —además de la experiencia visual del color, la tipografía y el tamaño— porque la máquina apretó el papel dejando hecho un puño, y entonces eso añade valor estético. Luego a eso podemos agregarle el valor de la historia ligada al proceso y a la máquina con la que se creó el objeto.

Además, sucede algo muy interesante con el error en este tipo de procesos, ya que se generan diferencias entre las copias, y eso se traduce en que cada copia sea a la vez una copia y algo único, lo que es finalmente una virtud. Las familias de tipos móviles que tengo son reutilizadas de imprentas antiguas, lo que hace que estén aplastados y no impriman de manera perfecta, pero eso provoca que cada copia sea única.

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Si pudieras describir la experiencia de encarnar este oficio…

La máquina está pensada para procesos seriados, entonces cada proyecto se desglosa en sus distintas fases de impresión, y luego cada una se repite muchas veces, precisando terminar una fase para empezar otra, porque para cada procedimiento hay que entintar y ajustar la máquina de manera distinta.

Por ejemplo, para la serie constelaciones, que tiene un círculo plateado de fondo, había que imprimir todos los círculos plateados (que en este caso fueron cien impresos) antes de completar una sola constelación.

A mí, este tipo de trabajo me produce una máxima satisfacción, siempre bromeo que para mí, venir al taller es como ir a hacerse un masaje. Es un momento de muchísima concentración, porque en el fondo es una máquina que igual avanza rápido, y tienes que preocuparte de meter y sacar el papel a mano, sin que se te quede la mano apretada. Además, me gusta sentir que estoy haciendo algo con mis propias manos y que soy parte de ese proceso. Me pasa hasta el día de hoy que cada vez que hago una impresión nueva aparece un hallazgo y me emociono con el resultado.

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Hace un tiempo recuerdo que una amiga me contó sobre una obra de danza entre una máquina y una mujer, ¿te identifica esa descripción de alguna manera?

Claro, una danza es algo que solamente funciona cuando están las partes en sincronía. Por otro lado, siento que recién ahora, después de todo el aprendizaje durante estos cinco años de trabajo, veo que tengo la máquina bien calibrada y está imprimiendo realmente como yo quiero, entonces se podría decir que al fin hemos llegado al punto cúlmine de nuestro romance máquina-humano.

Además de estar rescatando un oficio en peligro de extinción, también tienes una colección de impresos de flora nativa en peligro de extinción. Cuéntanos acerca de cómo nace esta colección.

Yo trabajo en dos modalidades, una es hacer servicios de imprenta por encargo, y otra es la línea de productos propios, diseñados por mí o en colaboración con algún ilustrador o diseñador.

En el caso de Flora Nativa, surgió porque me gusta mucho ir a hacer senderismo, y uno de mis amigos con los que salgo es fanático de los árboles, y por influencia de él comencé a querer aprender más sobre flora nativa. En eso me compré un libro de Riedemann, específicamente el de la zona sur y austral, y al ver las especies en peligro decidí hacer esta serie, y hablé con la ilustradora Daniella Ferretti para hacer la colaboración.

Es una serie que me gusta mucho y de la cual quisiera seguir haciendo impresos, quizás hasta llegar a retratar las especies de flora en peligro de todo Chile. Pienso que podría ir trabajando con distintos ilustradores, y así ir capturando distintos estilos —pero bueno, ideas tengo miles y el tiempo se hace corto.

©Tipo Móvil y Daniella Ferretti

¿Cuál crees que es el rol del arte en rescatar procesos u oficios en peligro de extinción?

Para querer rescatar algo, primero tienes que conocerlo, y luego comunicarlo. En ese sentido, el arte es una tremenda herramienta de comunicación. En el caso de Flora Nativa, estamos difundiendo especies que quizás no se conocen tanto, y en eso contribuimos a crear conciencia de la fragilidad de nuestra flora endémica.

En el caso de Tipo Móvil, lógicamente no va a pasar que todas las imprentas vuelvan a usar estos sistemas de impresión. Pero sí pensarlas para imprimir otro tipo de cosas, que pueden tener más bien un valor decorativo o con otro tipo de calidad.

De hecho, el caballero que me vendió la máquina, vino hace un tiempo a ayudarme a arreglarla, y vio las colecciones y dijo “ahhh, es que ustedes son artistas”. Él nunca se imaginó para que la íbamos a usar, porque para él esto no cuenta como servicios de imprenta, serían más bien servicios de arte. Me tiene impresionada cómo este proyecto ha podido llegar a otras personas y, sin que me conozcan ni estén ligados a las artes gráficas, entiendan que este es un proyecto apasionante y se interesen por aprender acerca del trabajo en prensas tipográficas. Despertar este tipo de interés es fundamental para la conservación de lo que sea.

©Tipo Móvil