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Más allá de la megasequía: Los tesoros ancestrales de Petorca

Texto y Fotos: Petra Harmat     

 De los tres años que viajé cada semana a trabajar a este territorio nunca me dejó de impresionar de que ninguno de mis conocidos haya visitado la provincia. Sabían de La Ligua, por supuesto, por sus tejidos y famosos dulces. Yo también me incluía en esa categoría.

Del Valle de Petorca, no sabía nada.

Dos cuencas alimentan la provincia de Petorca, la más extensa de la región de Valparaíso, de cordillera a mar: Petorca por el norte y La Ligua por el sur. Cordillera, valles y playas son parte de su diversidad y riqueza geográfica. Su geomorfología habla de un territorio en movimiento, que cambia y evoluciona a su propio ritmo. Antaño hubo aluviones, épocas lluviosas, también años de sequía.

“Pero nada como lo que vivimos hoy”, me cuenta Vladimir Vicencio, quien es Coordinador territorial del proyecto Geoparque Valle de Petorca,  “aquí estamos viviendo la sequía más fuerte de los últimos 700 años.”

“Muchos de los espacios donde hubo bosque ya no tienen, pero todavía hay lugares donde existen. Eso habla de la circulación del agua que está por dentro de los cerros. El valle está seco pero arriba de los cerros hay agua. Eso se explica porque al interior de la tierra hay agua que se mueve muy lentamente, que entra a la cordillera gracias a la infiltración por el derretimiento de la nieve, y esa agua lluvia se mueve por el interior de la tierra hasta llegar al océano”, explica el geólogo.

El geólogo Vladimir Vicencio sostiene que el Valle de Petorca está sufriendo una sequía histórica.

Resulta inevitable relacionar esta sequía con la explotación del recurso hídrico por parte de la industria agrícola, donde, en la provincia de Petorca, los frutales acumulan 7.959,6 hectáreas de superficie plantada (datos del 2017). Hace más de 10 años que se cultivan especies extranjeras, pero de gran valor comercial: cítricos y paltos. El gran empresariado, productores medianos y pequeños se la juegan por sus buenos precios en el mercado de exportación, lo que, con el paso de los años, ha transformado notoriamente el paisaje autóctono. Se han erosionado los suelos y explotado las aguas subterráneas.

Me movía por aquel entonces sola o acompañada, en recorridos que podían durar horas, donde apenas me cruzaba con autos, algunos buses interurbanos y varios camiones aljibes que abastecían de agua potable a poblaciones que sufrían por la escasez hídrica y también por la precaria conectividad de la zona interior de la provincia.

Los verdes oasis aparecidos entre el arenal infernal eran cada vez más frecuentes en la medida que la carretera dejaba atrás pueblos rurales y miradas desconfiadas, entre montículos de cerros donde la vegetación xerofítica como cactáceas era lo predominante, y otros con vegetación típica del bosque esclerófilo.

Un campo de rocas grabadas

Saliendo de Cabildo por la ruta E-35 que conecta con Petorca, continuando el curso del río Petorca, existe un destino que concentra vestigios de pueblos originarios que vivieron hace miles de años.

Después de dejar atrás la ciudad de Petorca y los pueblos de Chincolco y Chalaco, se ve directamente de frente el macizo cordillerano, imponente como siempre, con cumbres que superan los 3 mil metros de altura. De allí el rumbo continúa hacia el norte, paralelo al río Pedernal.

Cactáceas y quintrales son parte del escenario natural de esta ruta arqueológica.

Sequedad, sol y poquísima nubosidad. El viento permanente que, a pesar de su dureza, refuerza tu vitalidad. Me sobrecogió la ausencia de seres humanos, pero, más que eso, la gama de coloraciones rojas, verdes y cafés de los minerales cordilleranos protegidos por laderas solitarias, mientras el camino de ripio zigzagueaba lentamente entre rocas enormes y cactáceas adornadas de furiosos quintrales (Tristerix tetrandrus).

En algún punto a mano derecha vi el cartel que reza “Campo de Petroglifos. El Arenal”. Y entre que no supe si bajarme a mirar o continuar hasta que apareciera alguna otra indicación más adelante, decidí estacionar al paso y comenzar la exploración.

Este campo de petroglifos es uno de los más desconocidos y menos visitados de la región.

Los petroglifos son representaciones gráficas realizadas por el ser humano a través del grabado en roca. El campo de petroglifos situado en la localidad El Pedernal es una antigua llanura aluvial, que tiene una pendiente leve hacia el cerro, ubicándose justo entre éste y el río. Es un sector de forma triangular donde por siglos han sobrevivido 80 bloques de roca con petroglifos. Hay muchos bloques fragmentados, trizados y otros han sido usurpados.

En la caminata por la ladera en acenso, aparecen piedras grabadas por todas direcciones; hay con diseños de figuras antropomorfas que parecieran soñar con ser extraterrestres en la tierra; o quizás representaciones de alteraciones de la conciencia por el consumo de alguna sustancia alucinógena, plantas o ritos (por cierto, prácticas extendidas entre los pueblos originarios). Otras presentan sólo líneas, serpenteantes o en círculos, pequeñas circunferencias encerradas en otro círculo más grande, soles y mapas.

Cuenta Vladimir que los antepasados hicieron estos diseños golpeando las piedras unas con otras, piedras puntudas que golpeaban sobre rocas que tienen una cáscara superficial. “Sin embargo, aún no se han realizado investigaciones concluyentes para definir de cuándo son los petroglifos que abundan en estos valles. Pero sí existen algunas dataciones que indican que este arte rupestre pudo haberse iniciado el año 800 d.C.”, sostiene él.

Los petroglifos se hicieron con rocas que se golpeaban con rocas puntudas hasta lograr hacer los dibujos.

Se han contabilizado más de mil rocas con petroglifos, sólo en la comuna de Petorca. En los valles vecinos del Choapa y Putaendo, así como a lo largo y ancho del país, se suman muchas más manifestaciones de arte rupestre prehispánico. Por su valor cultural en la zona provincial, hoy el Museo de La Ligua tiene a disposición del público un muestrario de réplicas de estos petroglifos, con entrada liberada.

La sola acción de estar ahí, atrapada en un lugar entre el presente y pasado, lleva a imaginar cómo veían el mundo los seres humanos que vivieron en estos valles pedregosos. ¿Habrán visto la misma luna, el mismo sol? Juega a favor que no hay límite de tiempo para permanecer ahí; sólo depende de la voluntad del visitante y del clima. Pocos lugares compiten mejor que un campo de petroglifos para poder contemplar la historia y hacerse esas y otras preguntas.

Miles de manifestaciones de arte rupestre prehispánico como éstas se encuentran a lo largo de la región.

Es bueno saber que en esta periferia áspera y rural de la región de Valparaíso quedan estas voces que no han sido consumidas por el desierto precoz ni por la codicia humana. Ecos de una humanidad que, quién sabe, por cuánto más serán testigos del paso del tiempo.

Un bosque de palmas chilenas en resistencia

El cruce de la frontera provincial entre Petorca y Choapa (región de Coquimbo) es un camino serpenteante de muy poco tránsito, desolado. Desde el lado de Tilama y Quelón, túneles rudimentarios de corta distancia, sin luz y construidos en curva perforando cerros en ascenso, desafían la ingeniería y la seguridad al volante porque ofrecían sólo una vía de acceso.

Bosques de Palma chilena y bosque esclerófilo son parte del patrimonio natural de la la zona central del país.

Mientras asciendo lentamente, el ripio y sus pequeñas piedrecillas saltan disparadas por la tracción del vehículo. Realizar avistamiento de cóndores (Vultur gryphus) que planean sobre las cumbres puede ser una gran actividad de compañía en el trayecto.

En el punto más alto, se atraviesa el túnel Las Palmas indicando el cambio fronterizo y el comienzo del descenso por la otra cara del cerro. Aquí se estableció un semáforo como sistema para controlar el tránsito.

Saliendo del túnel, golpea la vista un bosque de palmas chilenas (Jubaea chilensis). Acompañando ambos lados del camino y las laderas de los cerros circundantes, el Palmar de Petorca es uno de los refugios menos visitados de esta especie endémica de la zona centro del país.

La Palma chilena está fuertemente amenazada por la megasequía.

La palma chilena, palma de coquitos o palma de miel, es una planta perenne de tronco de hasta 2 metros de diámetro, que puede alcanzar 35 metros de alto y vivir más de 400 años de edad. Su tronco es de un liso color grisáceo opaco.

Resistentes e inmensas, por décadas han sufrido de explotación por la obtención de su miel y su fruto, proceso que implica su muerte porque se les sacan sus frutos lo que impide su renovación. Y además, ahora le toca dar su propia lucha contra la megasequía. A pesar de ser una de las especies protegidas a nivel nacional, su estado de conservación actual es vulnerable.

Para Jocelyn Hernández, vecina de la localidad de Palquico y productora de distintos cultivos, es innegable que son un patrimonio de la naturaleza que todos deberíamos apreciar, visitar y proteger. Jocelyn se preocupa, y no solamente de su campo azotado por la escasez. “Mi pregunta es qué pasará con ellas si no llueve este año (…) ¿Cómo las entidades correspondientes de flora y fauna dejarán que muera tremendo legado natural que nos ofrece el último rincón de la quinta región?”.

En el descenso, atravesando la localidad de Las Palmas, hay ejemplares juveniles y adultos y la majestuosidad del bosque va quedando atrás. Se ven fuertes, pero conscientes también de su fragilidad ante la amenaza humana. En esta ruralidad seca, ellas se elevan como protectoras del entorno endémico que sigue hasta hoy dando la lucha contra el cambio climático y la explotación del ser humano.

Sobre la Autora

Petra Harmat Vergara es comunicadora social y periodista. Trabajó cuatro años al interior de la Región de Valparaíso, desarrollándose en la difusión y gestión del agro y recurso hídrico, especialmente con productores locales. Es colaboradora en revistas y apoya a emprendimientos locales en el área de comunicaciones. Paralelamente, se ha dedicado al dibujo y al arte.

 

Entrevistados

Vladimir Vicencio Riveros. Geólogo, Magíster en Ciencias mención Geología. Presidente de la Fundación Escalera del Diablo y coordinador territorial del proyecto Geoparque Valle de Petorca.

Jocelyn Hernández Saavedra. Productora del sector de Palquico, localidad rural a los pies del palmar. Comuna de Petorca.

Bibliografía consultada

“Catastro Frutícola principales resultados región de Valparaíso”. Ministerio de Agricultura, ODEPA y CIREN. 2017.

“Diagnóstico de la gestión de los recursos hídricos en Chile. Banco Mundial. 2011

“Distribución, tamaño y estructura poblacional de Jubaea chilensis en “Las Palmas”, comuna de Petorca, región de Valparaíso – Chile”. Cristian Youlton, Cristina Hormazabal, Ignacio Schiappacasse, Patricia Contreras, Carlos Poblete-Echeverría.

“Flora silvestre de Chile. Zona central”. Adriana Hoffmann J. Quinta edición. Ediciones Fundación Claudio Gay.

“Guía de uso eficiente del recurso hídrico. Programa “Difusión técnica de usuarios de aguas en la Provincia de Petorca”. Gobierno Regional de Valparaíso, Ministerio de Agricultura, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y Federación Nacional de Productores de Frutas de Chile. Año 2019.

“Manual de Eficiencia hídrica energética región de Valparaíso”. Gobierno Regional de Valparaíso, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y Universidad Técnica Federico Santa María. 2014.

“Radiografía del agua: brecha y riesgo hídrico en Chile”. Fundación Chile. 2018.

 

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