Partimos en las nubes, y desde allí —cómo si estuviéramos despertando de un sueño— comenzamos a descender suavemente, hasta avistar una pastoril y verde pradera en Aveyron (Francia). Los árboles y el pasto se mecen con el viento, mientras nosotros seguimos bajando hacia el suelo, bajamos tanto que las hojas de pasto se alzan altas como los árboles de un bosque: hemos aterrizado en el microcosmos.

Desde aquí todo se percibe diferente, los pasos de las hormigas retumban y pequeños escarabajos asemejan dinosaurios blindados, los colores se viven sorprendentemente vívidos y el patrón de las alas de un insecto se vislumbra claro como un mosaico plasmado en un mural; todo es extra cotidiano y alucinante, y la clave reside meramente en el cambio de escala.

El documental Microcosmos dirigido por Claude Nuridsany y Marie Pérennou fue lanzado en 1996. Sin embargo, demoró en su realización más de quince años. Gran porcentaje de este tiempo fue ocupado en la investigación, tanto entomológica como tecnológica, para la realización del film. Por una parte, el espacio delimitado (la pradera de Averyon) debió ser estudiado meticulosamente para conocer su biodiversidad en detalle; luego, fue fundamental calendarizar los ciclos anuales de todas las especies registradas, ya que el documental buscaba captar aquellos momentos claves en la vida de la multitud de habitantes del territorio, como por ejemplo el nacimiento de un mosquito y el apareamiento de las libélulas.

Por otra parte, fue necesario estudiar la oferta contemporánea de cámaras microscópicas, y descubrir cómo mejorar esta tecnología, o bien, los protocolos de montaje, para lograr con éxito el ambicioso cometido de los directores: contar visualmente las historias de “la pequeña gente de la pradera”. El resultado, Microcosmos, ha sido llamado “un ejercicio de observación de sublime belleza”, y fue ganador en varias categorías de los premios Cesar, un equivalente al Oscar para el cine Francés. En resumen: este documental es único, tanto por su manera de abordar su tema como por su finalidad.

Primero que nada, se desmarca de los documentales de naturaleza tradicionales: si estamos acostumbrados a observar un sujeto (ya sea insecto, animal o vegetal) y conocer el trasfondo de sus acciones intermediados por una voz en off, Microcosmos nos arrebata este recurso, y en esto abre una ventana para que surja una experiencia determinada no por la racionalización, sino por la empatía. Este empeño lo acompaña la música, compuesta por Bruno Coulais, especialmente para ambientar las escenas de este documental e impregnarlas de pathos. Así, dos caracoles apareándose,  se vuelve mucho más que dos gastrópodos desempeñando una función biológica, se vuelve un acto de belleza inexplicable, y el retrato de una historia de amor. 

En este sentido, el propósito de Microcosmos, no es una cruzada educativa de divulgación científica; por el contrario, su aspiración es intrínsecamente estética, incentivando que cualquier curiosidad y necesidad de respuestas, surjan únicamente desde la capacidad de asombro que las precede. Podemos, por ejemplo, ver a una araña que construye, bajo la superficie del agua, un nido hecho de burbujas de aire. La observamos subir a la superficie y luego bajar con nuevas burbujas, una y otra vez; enseguida el documental sigue con una nueva historia, dejándonos anonadados y maravillados, pero no por esto más informados.

La narración de Microcosmos es también muy particular, ya que los elementos que cuentan la historia son: la imagen, el movimiento de la cámara, el sonido, y la música, dejando fuera el texto (de una hora y cuarto de documental, solo hay treinta segundos de voz). Y los recursos utilizados, bordean muchas veces aquellos empleados por el cine: movimientos de cámara como paneos (movimiento mediante el cual se recorre un cuerpo) suman protagonismo a los sujetos, enfatizando la idea de que ese mundo —tal como el nuestro— está lleno de historias que contar y de personajes dignos de conocer. A su vez, efectos sonoros como la amplificación de los sonidos, contribuyen a crear en el espectador la sensación de que está inmerso en el mundo que ve en su pantalla, y que realmente está percibiendo la pradera de Averyon desde la perspectiva de los habitantes del microcosmos.

El relato está compuesto por una multitud de pequeñas historias de vida, que podemos apreciar con nuevos ojos gracias a la apelación a la empatía a la cual nos invita esta obra. Vemos que cada criatura enfrenta diversos problemas en su vida diaria, y que busca resolverlos lo mejor que puede, desde el escarabajo de estiércol que intenta desatorar una de sus bolas, hasta una colonia de hormigas que se enfrentan al bombardeo de gotas un día de lluvia.

“Cada actor es diferente” nos dicen los directores en el “making of” del documental, y cuentan que para el casos de los montajes (escenas grabadas en ambientes simulados) utilizaban varios ejemplares de una misma especie para hacer una toma, y pudieron notar cómo las acciones de los mismos variaban según cada individuo—¿Será la individualidad una cualidad transversal a todas las escalas?

Microcosmos nos lleva a plantearnos la vasta extensión de nuestro mundo; los alcances de su biodiversidad y la riqueza que existe en las formas de experimentar una misma realidad material. En este planeta tierra que tanto creemos conocer, hay otros universos que existen paralelamente al nuestro pero en otras dimensiones, gobernados por reglas levemente distintas a las que rigen a quienes compartimos escala, pero, a la vez, con muchas similitudes: objetivos, logros, frustraciones. Cuanta belleza hay en estos mundos, cuanto espacio para maravillarnos y cuanto sentido.